Los niños de Lilith (Parte VII)



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«El valor de una frase está en la personalidad de quien la dice, porque nada nuevo puede ser dicho por un hombre o una mujer.»

— Joseph Conrad

 


Augurios del final

 
Las catacumbas, su entrada era un túnel bien tallado con faroles iluminando el camino. Jonathan y la Hermana Agatha se prepararon para entrar, estremecidos por la sorpresa y el miedo.

La monja entró primero y Jonathan fue detrás de ella. El camino era largo y lleno de escaleras hacia abajo. Descendieron unos treinta metros hasta toparse con una gran puerta de acero la cual abrieron sin mucha dificultad.

La Hermana Agatha no sabía si entrar, había un conflicto en su interior entre el miedo y el valor, no sabía cómo condensar la discordia dentro de sí. Jonathan en cambio estaba más preparado para lo que sea, su entrenamiento como agente de criminalística lo mantenían listo para enfrentarse a cualquier cosa escabrosa.

La monja tomó prestado un poco de su valor, y ambos incursionaron en lo desconocido de las profundas catacumbas. Se encontraron con una especie de sala amplia y poco iluminada, tuvieron que usar sus linternas para poder vislumbrar la mayoría de las cosas que allí se encontraban.

En el lugar había estatuillas; ídolos representando a una mujer en distintas ilustraciones. Muchas veces se le veía rodeada de otras pequeñas esculturas de niños, como si fuera una especie de virgen católica. En otras tenía alas, colmillos y garras, atacando a hombres o teniendo amoríos pasionales con ellos.

En el fondo de aquella sala vetusta y escalofriante había tres estelas anchas, con inscripciones talladas en piedra, escritas en latín. La Hermana Agatha se fijó en ellas y comenzó a traducir lo que decían.

—¿Qué es eso? —dijo Jonathan observando las estelas mientras la monja las traducía.

—Es una especie de presagio… esta habla sobre el fin de los días. —dijo la monja a punto de traducir la siguiente estela.

—¿Cree que este lugar sea el punto de reunión de lo satanistas?

—Pues por lo que hemos visto a lo mejor. Es posible que los niños estén aquí.

La Hermana Agatha no dejaba de leer aquellas palabras en latín de las estelas, lo que decía la inundó de curiosidad y duró varios minutos leyendo. Al terminar, Jonathan le preguntó ansioso con la sensación de que algo no andaba bien.

—Ya cuénteme Hermana, ¿qué es lo que dicen esas inscripciones?

La monja tragó saliva ya que había quedado atónita y le explicó al agente Semprún lo que había leído.

—Son versículos, hablan sobre el día del juicio. Según esto, la llegada del falso cristo será posible gracias a la mano de uno de los caídos.

Jonathan quería interrumpir, pero no podía, su curiosidad había enjaulado por completo su escepticismo, por lo que permitió que la monja prosiguiera.

—Lilith y Satanás engendrarán al anticristo a este mundo, pero no será posible hasta que Lilith posea el cuerpo de una mujer virtuosa para luego tener sexo con el diablo.

»Primero se preparará un ritual y los primeros caídos estarán presentes en el, pero no podrán hacerlo sin ayuda de los acólitos, los cuales, son los que preparan todo esto.

—¿Quiénes están detrás de todo esto entonces?, ¡hable ya Hermana! —preguntó Jonathan con los ojos sumamente abiertos esperando la respuesta.

—Los niños… —dijo la Hermana Agatha con el rostro lleno de horror.

De repente, las luces de las linternas comenzaron a parpadear, incluso los faroles poco luminosos del lugar. Un ruido se escuchó detrás de las estelas mientras la claridad iba y venía. La monja y Jonathan se pegaron cada vez más el uno al otro mientras observaban una pequeña figura que se movía entre los monumentos.

Jonathan preparó su arma apuntando en aquella dirección listo para disparar. La silueta se reveló dejando contemplar, a un niño vestido de rojo, con los parpados ennegrecidos y la piel muy pálida.

—¡Espere agente Semprún no dispare! —gritó la hermana Agatha y luego se acercó lentamente al extraño niño. —Marquitos… ¿eres tú? Soy la Hermana Agatha, ¿sabes quién soy verdad?

El niño miraba a la monja con frialdad, sin un avistamiento de emoción. Jonathan también se quedó observando al pequeño, pero luego vio algo detrás de él, que lo cargó del más gélido horror.

Las luces aún parpadeaban pero esta vez con más rapidez. Jonathan vislumbró que detrás del pequeño, había unos enormes ojos rojos fulgurantes. El miedo hizo que tomara del brazo a la monja para alejarla del pequeño.

—¡Vámonos Hermana! ¡Corra! ¡Tenemos que salir de aquí! —gritó Jonathan con todas sus fuerzas. En ese momento, las luces del lugar completamente se apagaron. Llegaron por la puerta de donde vinieron y comenzaron a ascender por las escaleras. Jonathan golpeó la puerta de la trampilla y ambos salieron disparados hasta el bosque. La Hermana Agatha se había quedado sorprendida por la inesperada reacción del agente.

—¿Pero qué pasó? ¿Por qué actuó así?

—No podíamos quedarnos mucho tiempo más, vi algo… algo que me dejó la sensación, de que si nos quedábamos más tiempo no sobreviviríamos…

Continuará...

 

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Me he puesto al día y no me arrepiento, de verdad que no. La historia se pone cada vez más interesante. No sabía que dominaras estos temas referentes a demonios y demás. Disfruto leer al respecto.

Sigue haciendo un buen trabajo hermano, estaré pendiente el próximo sábado, he quedado intrigado. Saludos.

Que bueno que la estés disfrutando, a mi también me gusta como va quedando.

Si de hecho me gusta leer sobre demonología y esoterismo, lo hago para encontrar inspiración y funciona de maravilla.

Gracias por el apoyo hermano, el próximo sábado viene la siguiente parte sin falta. Saludos.

Muy bien hilado, amigo. Se nota que tienes información de lo que estás contando. Has dejado la tensión a tope. Esperaré la continuación.

¡Un abrazo!

Gracias amiga por también apoyarme.

Mantendré esa tensión.

¡Saludos y un gran abrazo!