Los niños de Lilith (Parte V)


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«Quien se enfada por las críticas, reconoce que las tenía merecidas.»

Tácito

 


La declaración de Rosalía

 
Estaba ya muy llegada la tarde, un frío comenzaba a imperar en Caricao, algo muy inusual en aquella zona y más aún, en aquella región del país. Jonathan era guiado por la monja por las calles ya desiertas del pueblo, y lo llevó hacia a una casa muy deteriorada en su fachada, quizás era una de las peores que haya visto.

La Hermana Agatha tocó y esperaron pacientemente a que alguien abriera la puerta. La monja miró a Jonathan con mirada fija y le soltó una advertencia antes de conocer a la persona que allí moraba.

—Por favor señor agente, no se impresione demasiado con lo que aquí vayamos a encontrar. Esta persona es una de mis más queridas, y se dará cuenta, que no está bajo el abrigo de la cordura.

Al escuchar la advertencia, Jonathan no sabía que decir, frunció el ceño como si se hubiera topado con la situación más insólita, y en ese momento, alguien abrió la puerta. Una mujer se asomó y recibió con suma cordialidad a la Hermana Agatha y luego a Jonathan, les invitó a pasar y ambos esperaron en la sala.

—Buenas tardes, Hermana Agatha que bueno que vino de nuevo, ¿ha visto a Ezequiel?, ese muchacho me tiene preocupada, sale demasiado temprano a jugar y no me dice nada, no sé porque llega siempre tan tarde en la noche.

La monja hizo un gesto negativo a la pregunta de la mujer, al mismo tiempo en que Jonathan soltó una pregunta sobre lo que ella había dicho.

—Disculpe… ¿Dijo muchacho?, se refiere supongo a un niño o adolescente.

—¡Ay pero que grosera soy! Mucho gusto, me llamo Rosalía, la Hermana Agatha me había dicho que vendría, voy a preparar café ya vengo, disculpen.

Jonathan miró a la monja con extrañeza y ella retuvo su mirada por un momento, hasta que el agente preguntó.

—Dijo ella «muchacho» ¿cierto?, significa que el hijo de ella no está perdido, ¿por qué no me lo dijo antes hermana?

—Señor agente, Rosalía no tiene hijos, hace algún tiempo quedó embarazada pero tuvo un aborto prematuro y perdió al bebé.

—¿Qué está queriendo decirme? ¿Qué esta mujer está loca?

—Traumatizada, sí. Haber perdido a su bebé fue demasiado para ella. Ella nunca lo aceptó y su negación se convirtió en una ilusión demente. Ella piensa que su bebé si nació y que creció y todo el tiempo en su mente lo ve.

—Vaya, esto sí que es una verdadera calamidad, ¿y el padre del bebé que perdió?

—La abandonó desde que ella sucumbió a la locura, nunca supo a donde se fue. Desde entonces yo y mis Hermanas nos hemos encargado de ella, más que todo yo vengo a visitarla a menudo.

—¿Y le sigue el juego con su enajenación? Esta mujer debe ser internada Hermana, no mantenida aquí.

—¿Y que más podíamos hacer señor agente? No teníamos los recursos para llevarla a otro lugar, tampoco tengo el corazón para todo los días decirle la cruda verdad sin causarle dolor. Eso la mataría. Preferimos tomar este camino que es mejor.

—Supongo que tuvieron razón, pero solo por un tiempo. Sigo firme en que debieron internarla, quizás algún día se haga daño.

—Ni Dios lo quiera agente Semprún. —Dijo la monja estremecida por la preocupación.

Después de haber discutido, quedaron en silencio por un rato hasta que Rosalía llegó por el café.

—Aquí tiene Hermana, señor agente, por favor siéntense. Siempre es bueno recibir visitas, en especial la de la Hermana Agatha, han sido un amor conmigo y con Ezequiel, es difícil en estos días ser madre soltera.

—Sí, bueno… —interrumpió Jonathan después de haber colocado la tasa con café en la mesita frente a él. —Debo ser sincero con usted señora Rosalía, la verdad, no sé porque la Hermana Agatha me trajo hasta aquí con usted, así que debo suponer que usted sabrá.

—¡Oh claro por supuesto! —Dijo Rosalía colocando su tasa también en la mesa. —Dirá usted que todo esto es muy extraño, incluso que los demás niños estén desaparecidos excepto mi Ezequiel, bueno, él siempre ha sido muy escurridizo.

—Sí supongo que sí. —Dijo Jonathan mirando a la Hermana Agatha y esta apartó su mirada y se dirigió a Rosalía.

—Dile Rosalía, lo que me contaste esta mañana. Sobre lo que habías visto esa noche.

—Cierto, cierto. Disculpe por dar tantas vueltas. —Rosalía tenía una personalidad muy exaltada, como si no pudiera controlar sus emociones y energías, siempre sonreía, y a veces pensaba para encontrar las palabras correctas.

—Estaba en el patio llamando a Ezequiel para cenar porque lo mandé a echarle agua a las plantas. Cuando de repente, veo en el bosque unas linternas, eran tan luminosas que podía ver a las figuras que las sostenían, vestían todos de rojo y tenían baja estatura, como de niños, no pude divisar sus rostros ya que estaban algo lejos. Desde mi patio puedo ver el bosque a la perfección, venga, le muestro.

Rosalía condujo al agente y a la monja hacia la entrada de su patio trasero y señaló con su dedo la zona donde había visto aquellas figuras adentrarse en el bosque.

—Me asusté tanto que le grité a Ezequiel para que se metiera rápido a la casa, luego cerré todas las puertas con llave y lo dejé todo así hasta el día siguiente. No sabía a quién acudir. Sentía que si le decía a alguien pensarían que estoy loca, así que le conté todo a la Hermana Agatha quien es la única en quien confío.

Jonathan miró con incredulidad a la Hermana Agatha sobre el testimonio de la mujer, pero disimuló su expresión por un momento.

—Bien, gracias por su declaración señora Rosalía, y su hospitalidad, pero la Hermana Agatha y yo ya tenemos que irnos, nos cercioraremos de lo que nos ha dicho.

—¿Ya se irán? Oh, bueno. Espero haberles sido de mucha utilidad, ojalá encuentren pronto a los niños la gente ya no sabe qué hacer. Gracias por venir y Hermana Agatha, y por favor, si ve a Ezequiel dígale que venga inmediatamente, no me gusta que se vaya mucho tiempo con todo esto que estamos pasando.

—Tranquila Rosalía, lo haré. — Dijo la monja sosteniendo las dos manos de la mujer. —No te preocupes tanto, él siempre aparece. Te veré luego.

Jonathan y la Hermana Agatha se despidieron de Rosalía y se adentraron a la calle, para hablar con la monja de lo que acaba de ocurrir.

—No entiendo que pretendió Hermana al llevarme a la declaración de una demente, creo que hemos perdido el tiempo ahí.

—No lo llevaría allí señor agente si no lo viera como algo relevante. Rosalía solo muestra signos de demencia cuando habla de Ezequiel. Conozco a esa mujer desde hace mucho tiempo y siempre dice la verdad de lo que ve. Además, ella no lo mencionó pero lo que ella cuenta ocurrió la noche anterior de descubrir el cuerpo del señor Facundo, el sexagenario. Quiéralo o no, es lo único que tenemos hasta ahora.

Jonathan se quedó pensativo un momento sobre lo último que había dicho la monja, pero a la vez, estaba dudoso de si confiar en la declaración de una mujer demente. No sabía que pensar en realidad, pero lo cierto era, que no tenía otra cosa, así que tuvo que desistir su razón ante aquello.

—De acuerdo, usted gana. Investigaremos el bosque, creo que eso es lo que nos queda, y lo haremos esta noche. Si es verdad lo que dijo aquella mujer, tal vez nos encontremos con algo a oscuras. Así que será mejor que busquemos linternas y capuchas Hermana.

Continuará...

 

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Planteamiento intrigante...

Así es amiga, y lo haré más intrigante.

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