El Zángano VI

in steempress •  4 months ago  (edited)


Ilustración



El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith
II. Judith (continuación)
III. María
IV. Alicia
V. Alicia (continuación)

Obras originales realizadas por mí.




MATILDA

 
Desde hace varios días mi boca se llena de abominación al mencionar a mi prima Matilda. Una persona que en antaño quise mucho, con quien compartí los mejores momentos de mi niñez, pero ahora, esos recuerdos son una laguna de reflejos borrosos, influenciados por un horror, una pesadilla que alimenta mis sopores nocturnos con diabólicas fantasías de almas en desgracia. Pienso en Matilda y mi cuerpo tiembla por el escalofrío que me provoca, convirtiéndome en una criatura endeble con solo pensar en su perversa imagen.

Matilda y yo nos criamos juntos en la casa de nuestra tutora materna, aquella mujer no tenía ningún parentesco con nosotros, era solo nuestra madre de crianza contratada por nuestra familia. Venimos de una raza acaudalada de visionarios, cofundadores del comercio y de todo el estilo de vida de San Jaén. Nuestra casa se encontraba en la urbanización más aislada, construida para las personas más pudientes de la ciudad. Al norte de dicha urbanización, en la calle 7ª de Los Jazmines, cerca de la avenida principal que da hacia al centro, llegando a la entrada norte a solo dos casas, fue donde desarrollé gran parte de mi vida.

Había perdido a mis padres a corta edad, al igual que Matilda perdió a los suyos. Una terrible enfermedad nos apartó de ellos, derivada de la gripe porcina. Un patógeno que atacaba el sistema neuronal, que destruía todas las células nerviosas hasta dejar a su anfitrión en completa vigilia temporal, para luego dejarlo sucumbir en la muerte. Solo la mitad de la población poseía inmunidad y la otra que estaba expuesta, fue salvada por una vacuna. Mis padres y los de Matilda lamentablemente no corrieron con aquella suerte.

A causa de tal tragedia mi prima y yo quedamos solos, y ante tal soledad nos volvimos hermanos, inseparables criaturas que jugueteaban por los pasillos de la casa, o por los floreados jardines exteriores y calles de asfalto. Teníamos la misma edad cuando nos quedamos huérfanos, o eso pensaba, al ver los espantosos sucesos recientes, quedé varado en una realidad alterna donde todo es un objetivismo incierto.

Al cumplir los doce años otra tragedia cayó como una tempestad destructora. Quedé invalidado de mis piernas al correr por la avenida principal sin ningún cuidado, arrollado por un automóvil conducido por un conductor incauto. Los médicos dijeron que no había solución a mi estado y que quedaría parapléjico por el resto de mi vida, lo que me arrojó a la más oscura depresión. Matilda, ante mi desgracia, se quedó a mi lado y me brindó todo el apoyo de su amor fraternal, y yo sentía como poco a poco mis ganas de continuar se devolvían, pero, aquella alegría no duró instalada en mi pecho.

Con el pasar de los años, Matilda se aislaba cada vez más de mí. Ya no la veía como a una hermana, sino como una indiferente compañera de hogar, ya no veía nuestro lazo grueso de cofradía, sino al aura de un ser abstracto y familiar. Ya no escuchaba su alegría y ocurrencia, sino los pasos de una sombra materializada, que alguna vez, perteneció a la persona que más amé.

De nuevo quedé apartado en la soledad, y con tristeza, recorría los rincones y habitaciones de aquella casa, deambulando sobre mi silla de ruedas como un errante fantasma, guiado por ilusiones reminiscentes de una vida que se terminó. Ocupaba mi tiempo en estudios e intereses intrínsecos que dominaban mi ser, entre ellos, estaba el de observar las actividades de mi prima, por la cual, yo aún sentía un ardiente afecto.



Matilda era una adolescente con un nivel de cultura muy poco común en una chica de su edad. Su interés literario se enfocaba en los trabajos más rigurosos de los pensadores más destacados de lo intangible. Pasaba horas leyendo en su habitación sobre los ensayos ontológicos de Locke, Leibniz y Schelling, su comprensión sobre el hombre y su propósito en el mundo, pasando por los trabajos empíricos de Voltaire y Kant, llegando así, a las tesis dialécticas sobre el espíritu de Hegel. Una vez comprendida esa masa de información cognitiva, comenzó a estudiar la relación entre la «Inmanencia» y la «Trascendencia» de Deleuze y Jullien. Tal parecía, que Matilda intentaba llegar a la salida de lo palpable a través de la filosofía, para así poder encontrar la llave y atravesar el umbral hacia mundos inhóspitos e intocables.

Todo aquel vasto conocimiento lo dominaba magistralmente, convirtiéndose en la persona más retirada y culta de la casa. Yo la observaba en su habitación a través de su puerta entre abierta. Muchas veces me preguntaba si ella notaba mi presencia, si estaba consciente de que yo pasaba horas observándola mientras leía aquellos libros tan complejos. Ni siquiera pude atisbar reacción alguna de parte de ella al escuchar un chillido o graznido emitido por las ruedas de mi silla, me sentía ante ella repudiado y era algo que bastante me dolía.

Pasaron los años y las cosas seguían igual, imperaba la misma indiferencia en la casa que por mucho tiempo llamé hogar. Matilda y yo llegamos a la adultez siguiendo el mismo patrón cotidiano de siempre. Ella leía, apartada del resto de los seres humanos, y yo la observaba. Solo hubo un cambio aparentemente sin importancia que se produjo en todo aquel transcurso de tiempo.

El interés sapiencial de Matilda comenzaba a explorar una cultura cada vez más insólita. Palabras como esoterismo, brujería, demonología, ocultismo, espiritismo, entre otras; comenzaron a arraigarse en su vocabulario. Empezaba a manejar un extraño pero extenso lenguaje cabalístico difícil de definir con mis propias palabras. Aquella terrorífica particularidad, comenzaba a acecharme con espanto, a tal punto, que me alejaba por completo de mi demente prima y su nuevo ambiente de maldad, evocando a seres alternos de alas extensas que sorben la vida.

El día de inicio de las angustias comenzó, cuando apareció aquella criatura de ojos vacíos, lucidos en ese rostro cadavérico de ave. Con forma de hombre y de buitre a la vez. Con manos largas y nudosas haciendo alusión a garras de rapiña. Con vestimenta de plumajes largos y ofuscados de suciedad. Parásito devastador, engendrador de ruina. Todo comenzó desde aquél fatídico día. Jamás podré perdonar a Matilda por el mal que liberó sobre nuestras cabezas.

 

Continuará...





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Yo no se porque el Nombre Matilda siempre termina con cuentos oscuros, de brujas, de cosas dementes, de cosas feas, jajaja, de cosas que nos gustan. Matilda, Matilda, Matilda, que clase de mal has desatado mujer?

Ja ja ja, si es verdad, algo tiene ese nombre, al igual que el de Agatha, ese nombre también suena como perdición.

Ya verás lo que sucederá en la continuación ;)


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