El Zángano IV

in spanish •  4 months ago  (edited)


Ilustración


El zángano es una serie de relatos basados en la mítica leyenda urbana del Estado de Mérida, Venezuela, sobre un brujo que absorbe la vitalidad de sus víctimas hasta arrastrarlas al umbral de la muerte.

Relatos anteriores:

I. Judith II.Judith (continuación) III. María  

Obras originales realizadas por mí.


Alicia

La injusticia también posee sus armas decadentes alimentadas por la desgracia, ecuánime con la beldad, su antagonista de historias donde participes siempre se disputan por las almas incautas de los seres comunes. Me pregunté por años como sería mi vida en este momento si hubiera tomado otras decisiones, y si tras ese destino el mundo se alzaría en brazos afables hacia mí. ¿Qué tipo de situaciones vislumbrarían mis ojos de acuerdo a aquellos designios que tomé, y no a aquello, que me ha arrastrado estupefacto a permanecer voluntario en la ignorancia?

Nunca lo sabré, y sin embargo, bajo este enigma me quedé. Alicia nunca fue la más integra de nuestra familia, pero era la único que me quedaba en la vida. Si la lucha entre el bien y el mal de verdad existiese se encontrarían en una batalla con ella como protagonista. Como si las abrasadoras llamas del cielo anduvieran moviendo sus ejércitos de arcángeles airosos y castigadores contra el injurioso mal de sanguinarios demonios.

14 de septiembre del 20…

 

Era una madrugada penumbrosa, el sol no había salido a otorgar la magnificencia de su esplendor. Salí temprano ese día hacia mi ciudad de nacimiento, Aisit, a cuidar de mi hermana Alicia que recientemente ha sido torturada por la demencia. Yo había enviudado hace poco y la soledad me tenía bastante cansado. Mis hijos e hijas estaban dispersos en el mundo bajo sus propias preocupaciones y yo, para no perturbar la tranquilidad de sus vidas, decidí volver a la casa de mis padres por Alicia.

Mi hermana nunca fue muy social con nosotros después de los diecinueve años, sin embargo, poseía una inteligencia y un nivel de entendimiento cultural indiscutible. No era de las mujeres más atractivas de la ciudad, pero si una de las personas con el léxico más pulcro y educado que jamás haya oído en mi vida.

En aquel entonces, Aisit gozaba de belleza, y de sus calles, —Ahora ruinosas— prosperaban el comercio y la amistad, producto de una sociedad alcista desde lo social hasta lo académico. Pero aquello no duró para siempre y con tristeza atestigüé como fue descendiendo a su declive. Al volver, ese sentimiento de agobio atravesó de nuevo mi corazón, y más aún, al ver de nuevo mi casa donde pasé mi niñez y juventud.

Me preparé mentalmente luego de tantos años sin ver a Alicia, estaba trémulo y entusiasmado al mismo tiempo. Me paré frente al portal y vislumbré las paredes y el porche. La decadencia también había hecho su trabajo en mi hogar natal dejando que una acumulación de maleza tomara su fachada de manera imperiosa.

Me abrió la puerta una mujer de mediana edad, regordeta y de rostro severo, quien trabajaba para el psiquiátrico como enfermera encargada del cuidado de Alicia. Me dirigió hacia mi hermana otorgándome indicaciones estrictas antes de estar en su presencia. Evitar estar alterada o pronunciar palabras confusas ante ella era fundamental para su salud mental.

Entré en la sala donde ella se encontraba y por fin la vi, después de tantos años. Sentí un poco de pena al ver su rostro ofuscado por el miedo y la melancolía, pero, después de verme, se alzó refulgente y me abrazó con briosa alegría y yo le respondí con la misma energía. La abracé con fuerza y olí sus castaños cabellos con intensidad como era de costumbre de niños. La dicha me arropó al saber que ella me reconocía a pesar de sus fuertes delirios insuperables.

Hablé un rato con ella, pero antes, hablé con la enfermera. Le dije que me instruyera sobre el completo cuidado de Alicia, a lo cual, ella estuvo de acuerdo, ya que mi hermana necesitaba a alguien con una conexión afectiva para desenvolverse en un entorno más agradable. La enfermera me dio las últimas indicaciones prioritarias y que estaría pasando dos veces por semana para evaluar la situación.

Luego de que hubo marchado, me senté con Alicia en la vieja sala de estar y hablamos inicialmente con entusiasmo. Le hablé de que recientemente había enviudado y sobre los últimos acontecimientos de mi vida, que no poseía mucha novedad. Ella sintió con pesadumbre mi perdida y apretó mis manos con consuelo. Pude notar terriblemente como nuestro momento de alegría rápidamente se extinguía, al hablarme ella del problema que la acongojaba. Estaba paranoica y asustadiza, miraba hacia los lados con pánico, como si algo acechante la vigilara desde las sombras.

Las dopaminas y sedantes que el médico le recetaba no le hacían efecto alguno según ella, a veces abusaba e ingería mucho más de la dosis prescrita para así conseguir aunque sea un poco de tranquilidad, pero sin efecto alguno. Me contó que muchas noches era perseguida por una figura negra de cara blanca. Llevaba como una especie de sotana echa de plumas oscuras y grisáceas. Sus ojos eran tan vacíos como la «Nada» misma, y la forma de su rostro era igual a la de un buitre o zamuro.

La descripción que me dio en aquel entonces mi pobre hermana era aparentemente un mecanismo que empleaba su trastornada realidad. Veía con dolor como era devorada poco a poco por ese miedo. Su apariencia física estaba tan deteriorada como los muros y edificios de aquella decadente ciudad, y sus ojos, al describir aquel mal, se desbordaban en lágrimas afectados por la ignominia.

Después de conversar con ella preparé la cena sin mucha novedad, cuidé de ella esa noche como me lo indició la enfermera. Ella apretó mi mano antes de quedarse dormida, haciéndome saber lo alegre que estaba por verme de nuevo, y yo sonreí, como un niño de nuevo.

15 de septiembre del 20…

 

Parte de la mañana transcurrió normal. Yo me levanté muy temprano, a preparar el café como de costumbre y luego me dispuse con el desayuno. Al terminar, fui a la habitación de Alicia para ver si estaba despierta, y al estar a unos pasos de su puerta escuché unos gritos estremecedores. Alicia se agitaba y exhalaba con fuerza chillidos agudos, como tratando de alejar a alguien que la acosaba, en aquella horrible pesadilla.

Yo me abalancé hacia ella y la agité intentando hacer que despertara, según las indicaciones de la enfermera sobre estos casos. Por un rato le grité con fuerza, bajo el mismo plan, hasta que ella abrió los ojos y me miró con el rostro alarmantemente pálido y me abrazó.

Me habló de su sueño y mencionando a la misma entidad perniciosa que la persigue, y que esta vez, estuvo en un ambiente distinto.

Soñó que estaba atrapada en un féretro sin cubierta, y que aquel ser oscuro se acercó mirándola fijamente con sus ojos perpetradores de horror. Ella intentaba moverse de aquel ataúd para escapar, pero no podía, estaba completamente paralizada mientras que el exceso de adrenalina causada por el miedo hizo que se le nublara la mente por un largo momento.

Aquella entidad, al verla desprotegida, sacó sus manos larguiruchas y nudosas y, extendidas con malicia, comenzó a lanzar tierra sobre el rostro de Alicia, sobrepasando ésta los límites de la desesperación.

Rápidamente, intenté darle sus medicamentos, pero ella los rechazó. Solo quería un abrazo mío, uno intenso y arropador. Yo no pude negarme y la abracé con fuerza, con deseos infinitos de ayudar a mi desdichada hermana. Durante la tarde, otra cosa pasó. Yo había llegado del supermercado y dejé los víveres en la cocina, pensando en que Alicia estaba recostada en su cuarto, me dispuse a sentarme en la sala un rato para leer, hasta que la vi a ella posada sobre la ventana, mirando fijamente hacia un punto de la calle.

Le pregunté qué hacía y por qué miraba tanto hacia afuera, a lo que me respondió que aquella criatura, —la de sus pesadillas—, se encontraba parada frente al portal de la reja, mirando detenidamente la puerta de la casa. La alejé de la ventana y la senté en una silla, le preparé un té caliente y ella se lo tomó sin cuidado, pero no dejaba de posar esa expresión en su rostro, llena de horror y paranoia.

Ya no sabía que pensar, estaba cada vez más preocupado. Intenté llamar al doctor ese día pero la contestadora de su celular siempre me caía. La enfermera no me dejó su número de teléfono y Alicia no sabe nada sobre eso, ni siquiera sabía la dirección del psiquiátrico. No tuve otra opción que esperar un poco más.

16 septiembre del 20…

 

Ya había intentado muchas veces y el doctor seguía sin contestarme, Nunca supe lo que pasó, ni la enfermera había aparecido. No escribí mucho sobre este día puesto que ha sido una serie de acontecimientos tanto terroríficos como angustiantes y agotadores.  Alicia estaba cada vez peor, la veía más delirante e inquieta. Esa mañana me di cuenta que se había levantado temprano e intentó lanzarse de la ventana del cuarto de arriba. La tomé de su bata para dormir y la jalé con fuerza, conteniéndola, y luego la obligué a tomarse las dopaminas que le hicieron efecto después de unos minutos.

Tal parece que Alicia me había mentido, puesto que los calmantes si la tranquilizaban, pero solo por cierto tiempo. Estaba cada vez más asustado y temblaba al pensar lo que podía hacer más adelante. Sus pensamientos acariciaban los muros del suicidio, puesto que decía, que era la única forma de escapar de las garras de aquel demonio siniestro que supuestamente quería su alma. La revisé varias veces ese día y no me separé de ella. Pedía clemencia, a que la enfermera llegara pronto, no sabía cuánto más podía soportar.

Continuará...



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