El guayabo eterno de Pedro Vásquez

in spanish •  last year 

Saludos, comunidad de Steemit. Hoy vuelvo con un relato que forma parte de un libro inédito y aún sin título.

En cuanto a este relato, valga un comentario sobre su título. El término guayabo tiene diferentes significados en Latinoamérica; en el caso de Venezuela, es sinónimo de despecho o mal de amores. Con este último sentido lo usamos aquí.

 

Fuente 


Regresaba de repartir mercancía en varias poblaciones andinas; durante todo el camino lo acompañó la lluvia, en algunos trechos más recia que en otros; faltando poco para llegar a Nueva Asunción despertó al ayudante, que dormía desde el último pueblo donde se detuvieron. 

-Estamos por llegar y te voy a dejar en la entrada de Nueva Asunción. 

-¿Y no tenemos que llevar el camión a la compañía?- preguntó el muchacho, desperezándose. 

-No, todavía no. Lo llevo después, primero tengo que hacer algo por ahí- Pedro no le quitaba la vista a la carretera y le hablaba con aspereza. 

-¿Y me va a dejar ahí con este aguacerito? Usted sabe que vivo en el polo opuesto- el muchacho estaba nervioso y desconcertado: notaba algo extraño en Pedro, sobre todo por la manera de hablarle. 

-No te preocupes, muchacho, te voy a dejar en la arepera de la entrada y te voy a dar plata para que te vayas en taxi. 

Así fue, pero antes de seguir le pidió al muchacho que le comprara tres cervezas y como éste lo miró sorprendido, pues Pedro no acostumbraba beber mientras manejaba, le dijo con una sonrisa forzada: 

-Para refrescarme por dentro. 

Antes de arrancar, destapó una y se la bebió en dos tragos; vio cuando el muchacho se montó en un taxi y espero que se alejara; se aferró al volante y arrancó rumbo a San José de Tucupío: llevaba horas recordando a Maryorí, la incesante lluvia le hizo recordarla, sin que pudiera quitársela de la cabeza por más que intentará pensar en otra cosa. Llegando al peaje del este de San José de Tucupío, habiéndose tomado las tres cervezas, los ojos se le aguaron y se le anudó la garganta. Entró a la ciudad corriendo por las calles mojadas y solitarias hacia el barrio 27 de Febrero, hacia el bar Los Samanes, donde solía ir cuando se disgustaba con Maryorí, casi siempre por los celos de él, para pasar el mal rato hasta emborracharse. Los Samanes ya no era igual, pero seguía siendo oscuro y de mala muerte y con el mismo dueño, el portugués Manuel, coetáneo de Pedro; ahora, en vez de la rocola, había, dentro de la barra, un aparato de sonido con varias cornetas en el techoraso del salón. Apenas entró Pedro, Manuel lo reconoció y le dijo, verdaderamente emocionado: 

-¡Caramba, Pedro Vásquez, dichosos los ojos que lo ven! 

-Lo mismo digo, Manuel. 

Durante un rato estuvieron dándose parte de sus vidas y recordando los días en que Pedro esperaba a que Manuel cerrara el bar, a la una de la madrugada, y se iban a visitar los burdeles de San José de Tucupío hasta el amanecer. Sin quererlo, Manuel ayudó a enturbiar más las aguas sentimentales del corazón de Pedro Vásquez: 

-No te veía desde que dejaste a la morenaza aquella del 5 de Julio. Hasta llegué a pensar que habías muerto. 

-Ya me ves, vivito y coleando, pero vuelto mierda por dentro.  

Entonces Pedro le refirió cuanto le había pasado desde el día en que dejó a Maryorí hasta al momento presente, casi medianoche de aquel jueves. Durante la conversación Pedro se había tomado dos rones secos y pidió un tercero, que también se tomó de un solo trago, y le preguntó a Manuel: 

-¿Tienes por ahí algún disco de Gilberto Santa Rosa? 

-Claro Pedro, y cómo no voy a tener discos de Santa Rosa, si ese es el papá de los helados. 

-Pon el que tiene “Por más que intento”. 

Manuel lo complació, le sirvió otro ron y lo dejó solo en esa esquina de la barra. Pedro puso la cabeza entre las manos, se entregó a la canción, sin importarle que la poca gente que estaba allí lo viera llorar. 

…qué puedo hacer para encontrar una razón 

para poder seguir viviendo con tu adiós 

qué puedo hacer para olvidar 

qué puedo hacer para borrar 

tantos recuerdos que me llenan de dolor 

qué puedo hacer para explicarle al corazón 

para escapar a las heridas de este amor 

qué puedo hacer para seguir 

qué puedo hacer para vivir 

por más que intento al saber que ya no estás 

sólo consigo amarte más… 

El desamor, Pedro Altadill Jiménez


Una y otra vez le pidió a Manuel que la pusiera, y más rones puro. En una de esas Manuel se atrevió a decirle: 

-¡Qué guayabo cargas, Pedro! 

-Sí, Manuel, un guayabo eterno- dijo Pedro con voz quebrada, y aprovechó para pedirle un cigarrillo. 

-¿Y ahora fumas, Pedro? Yo nunca te vi fumando. 

-Sí fumo, Manuel, cuando me duele el alma. 

Manuel destapó una cajetilla y le dio uno. 

-Si quieres te dejo la caja, pero me parece que no deberías estar fumando. 

-Sí, déjala ahí y vuelve a poner la canción. 

-Menos mal estamos casi solos, porque ya perdí la cuenta de las veces que la he puesto y a todo volumen. 


Ese día estaba lloviendo, así como hoy, hoy que ha llovido todo el día y yo también estoy lloviendo. Está lloviendo y yo llorando como si estuviera lloviendo, ¿y cómo es posible que yo me haya enterado mucho tiempo después que el gran amor de mi vida murió hace años? Me enteré por casualidad, de una forma absurda, de una manera que nunca entenderé. Y yo que creía que podía solucionarlo todo, que podía enfrentar cualquier cosa, que me sentía invencible y no fui lo bastante entero para entenderla y esa canción me la recuerda y esa canción nos retrata y esa canción dice lo que soy ahora y también dice lo que no soy. Ahora estoy aquí en el bar de Manuel, en Los Samanes, y quiero emborracharme. Desde cuándo no estaba aquí, hace años, muchos años, y me parecen días, me parecen meses. Aquí estoy otra vez en San José de Tucupío, como un alma en pena, escuchando esa canción. Aquí dejé familia que más nunca he visto, pero sólo vine a recordar a Maryorí, a escuchar esa canción, a ver a mi viejo amigo Manuel, a emborracharme, que es lo único que me puede dar la paz. Debo llevar el camión a la compañía, pero voy a escuchar esa canción una vez más y me voy. Esa letra me derrite por dentro, me revienta. Una vez más esa canción. Ya debo irme. 


Manuel le puso la canción una vez más, la última. Fumó varios cigarrillos y tomó más rones secos. 

-Manuel, me voy. Nos vemos otro día. ¿Cuánto te debo? 

-No me debes nada, pero es mejor que no te vayas. En la parte de atrás hay una habitación, junto al estacionamiento. Quédate ahí y te vas mañana, después de dormir la pea. 

Manuel no pudo evitar que se marchara: de nada le valieron sus advertencias acerca del peligro que se corre en la autopista por la noche; lo vio partir a toda marcha por la avenida Los Mangos, como si manejara un carro deportivo y no un camión cava 350. Por momentos pensó dirigirse al barrio 5 de Julio; de hecho, ya había avanzado algo en esa dirección. Y qué carajo voy a buscar allá, para qué seguir removiendo recuerdos y a lo mejor ni siquiera la casa de Josefina Blanco existe. No vale la pena. Y con tanto barro en las calles tal vez no haya paso o va ser difícil llegar. Decidió regresar a Nueva Asunción; le costó conseguir la salida a la autopista porque la ciudad había cambiado bastante, nuevas calles y avenidas lo confundían, y, al fin, insultado por otros conductores por las imprudencias que iba cometiendo llegó a la autopista. Los ojos se le cerraban solos, cabeceaba, se sintió en una infinita recta oscura donde de vez en cuando destellaban algunas luces en el pavimento mojado; apenas podía ver las rayas blancas que separan los canales, entró a un túnel oscuro que se le hizo interminable hasta que pudo salir de nuevo a la noche fresca; con los ojos a duras penas entreabiertos veía luces rojas que lo pasaban y otras blancas, raudas, en sentido contrario, del otro lado de la autopista. Seguía manejando, aferrado al volante, y recordó la vez, quién sabe cuál, en que regresaba con Maryorí de la costa en su viejo y fiel Volkswagen: llovía recio, las gotas se oían como piedras contra el techo del carro; en la cumbre de la montaña que separa a San José de Tucupío de la costa a Pedro se le perdió la carretera y se vio obligado a detenerse, aunque asustado por la oscuridad de la incipiente  noche y por el estruendo de las quebradas crecidas, a punto de desbordarse,  abrazó a Maryorí y le dijo, alicorado y de todo corazón: 

-Si uno de estos cerros se nos viene encima o nos arrastra el agua de una de estas quebradas, al menos moriremos queriéndonos, enamorados. 

-No digas eso Pedro, todavía nos queda mucha vida por delante. 

Pedro la abrazó y la besó en esa inolvidable y carnosa boca que ahora recordaba con tanta claridad. 


Nunca le había dicho a una mujer que la amaba. Eso me parecía una debilidad. Esa piel tan suave la de Maryorí, ese color canela, ese cabello negro, esa boca hecha para el goce. Esas piernas hermosas, torneadas, que se abrían como una orquídea cuando quería gozar y ser gozada. Maryorí yo fui un gran pendejo, Maryorí te fuiste y yo no estaba ahí para despedirme de ti. Ahora me parece que te veo a cada rato, te siento cerca, pareciera que vas a aparecer y cómo carajo si estás muerta. Con Maryorí era distinto hacer el amor, era como entrar a un lugar desconocido, a un mundo que sólo aparece en sueños. Ella me decía, Pedro, mi Pedro, te quiero mi Pedro…Maryorí te dejé por pendejadas, por prestarle atención a lo que quizás no fue verdad, pero yo era demasiado orgulloso, demasiado altanero… Maryorí, Maryorí, Maryorí, tal vez nunca me engañaste y ahora sé que el amor no tiene nada que ver con el orgullo, pero cuando uno es joven no entiende esas cosas y me faltará vida para arrepentirme de lo que hice y de lo que no hice… 

Los amantes, René Magritte

La autopista se le alarga, se le pierde, unas luces fugitivas destellan en el asfalto mojado… Maryorí, Maryorí, el amor de mi vida y qué puedo hacer si ya estás muerta… seguía lloviendo recio, la autopista desaparece, ya no ve más luces rojas ni blancas y el camión sale disparado hacia un voladero… Maryorí, Maryorí… sólo oye por última vez su voz en la cabeza, repitiendo el nombre de la mujer amada, y entre barro, piedras y plástico y hierros retorcidos quedó el cuerpo enamorado y arrepentido de Pedro Vásquez, a quien su parecido con Jorge Negrete le deparó un amor a cuya altura jamás alcanzó su orgullo varonil.      

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Creo que todo los lectores llegaremos a sentir la tristeza de Pedro y el gran amor que le tiene a Maryorí, gracias por compartir ésto con nosotros. Es un placer leerlo.


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