REFLEXIONES DEL MISÓFONO — De los héroes parlantes

in entropia •  4 months ago 

Para conocer al personaje leer:


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Platón, en su diálogo Fedro, se ha ocupado en dejar por escrito su desprecio por la escritura. La considera, en una simple y acaso apresurada comparación que realiza con el habla, como una técnica que idiotiza al hombre, toda vez que viene a servirse de ella para no tener que recordar por sí mismo lo que va sabiendo. Pareciera que debemos entender que al volcar nuestros conocimientos por escrito tendemos a perderlos.

Este planteo, que probablemente una mayoría no tendría mayor inconveniente en rechazar, halla su raíz en una concepción del lenguaje, y en particular de la escritura, que acaso la mayoría no tendría inconveniente en aceptar.

Y es que para el filósofo (Platón y sus aves leales), la escritura no es más que una representación del habla, en tanto que el habla (que para estos resulta más o menos lo mismo que el lenguaje) es valorada como una manifestación en estrecha relación con el pensamiento, tan estrecha que se confunde con él, como si se tratara del “anverso y reverso de una hoja”.

Platón, sin embargo, escribe. Pero ciertamente presenta su escritura de modo subsidiario al habla. Sus textos son diálogos y su héroe es Sócrates, el que no ha escrito. Al igual que Cristo, claro. Porque quien encarna la verdad la enseña con su presencia, la cual en lo concerniente al verbo se revela con la voz.

Y bajo este paradigma cabe conjeturar que es gracias a que ni Cristo ni Sócrates escribieron que han podido convertirse en piezas fundacionales, el uno de la moral cristiana, el otro del saber filosófico.

No obstante, la escritura es necesaria para propagar en el tiempo y el espacio la verdad que una vez fuera pronunciada. Si bien el mismo pasaje a la letra impresa significará irremediablemente el final de la presencia. La letra es apenas el reflejo de una voz ya ausente, su representación, “signo de signo”. Pero la voz ausente de nuestros héroes de la verdad resulta tanto más convincente si aquellos permanecen con su aura intacta, sin haberse rebajado jamás al ámbito de la palabra escrita. Así que el proceso de escritura recae en otros, en testigos: aquí los evangelistas, allí Platón (evangelista de Sócrates), segundos o subordinados que personifican en definitiva la subordinación de la escritura al habla.

Quiebre

Sin embargo, es lo escrito lo que llega nosotros. El orden cronológico presentado, según el cual el habla precede a la escritura, no nos consta. Al fin y al cabo, tanto da suponer reales o ficticios a estos héroes parlantes. Lo que les otorga vida es el texto escrito que insufla al héroe parlante de valor literario. Y, en realidad, es debido a que son presentados literariamente que se vuelven sujetos susceptibles de alcanzar la altura del ideal.

El más ferviente deseo de un creyente nostálgico podría ser presenciar el sermón de la montaña. Lo ha leído en el evangelio según San Mateo y se ha imaginado un Cristo santo, inmaculado, en posesión de la verdad, pronunciándose desde la altura de una ladera ante una multitud que lo escucha absorta. Él supone que quisiera haber estado allí, ante esa presencia sublime. Pero en realidad en donde quisiera haber estado es en la representación que su propio pensamiento se ha formado a partir de su lectura. Si realmente fuera transportado a ese preciso tiempo y lugar quedaría inevitablemente decepcionado. Si Sócrates enseñara en una academia de nuestros días, le haría falta un Platón para crear el mito en torno a su figura. Porque nada cambia que la historia les reconozca un lugar como seres reales; han trascendido como personajes literarios, al igual que el Quijote, Bovary, Fausto, Edipo, Hamlet, Segismundo y tantos otros.

Son personajes literarios, afirmamos, aun cuando se los pueda vincular con identidades históricas. Y como tales ya no puede considerárselos como la manifestación encarnada de una verdad (o de La Verdad), poseedores de una voz singular y preclara que la expresa sin mediaciones, tal como la metafísica de la presencia lo pretende, sino que adquieren un existencia múltiple, polifónica (o más bien hipertextual), cambiante, siempre expuesta a la reinterpretación.

Quienes han escrito, aunque pretendan estar plasmando lo dicho por el héroe parlante, han sumado su propia “voz” (¿acaso no se pronuncia el propio Platón a través de su Sócrates?, ¿no difieren entre sí los cuatro evangelios?), lo que resulta en una contribución, sea voluntaria o involuntaria, a la proliferación de sentidos.

Podríamos ir más lejos en nuestra postura y conjeturar que el habla, en tanto medie entre esta y el pensamiento una cuota de discernimiento, de reflexión, deja de ser esa pretendida manifestación directa o espontánea del pensamiento y pasa a tener visos de lo que es atribuible a la escritura. Todo aquel que antes de pronunciarse hiciere un mínimo repaso respecto de lo que dirá estará entonces “escribiendo”. Primero escribe, luego habla. Se invierte aquí el orden jerárquico que se había supuesto: la escritura, afirmada como reflejo, se antepone a un habla que ya no se nos presenta como el reverso inmediato del pensamiento, sino tan solo como una voz que pronuncia lo que previamente se ha escrito.

El hablante puro se identifica con aquel que se pronuncia sin mediar reflexión alguna, vale decir, con quien habla con absoluta espontaneidad. Podría sostenerse entonces que el común de las personas participa de esa pureza en su cotidianidad. Y es que puede observarse que la mayor de las veces que una persona promedio habla nada aporta, lo que resulta por demás esperable en el caso de una operación irreflexiva. Y, en efecto, el contenido se nos revela o bien nulo o repetición de fórmulas (las cuales, no obstante, es de suponer que en alguna primera oportunidad habrán sido reflexionadas, es decir, “escritas”). Pero puede resultar un tanto más dificultoso sostener esto cuando quien habla está fundando las bases éticas de una religión o un sistema filosófico.

Acaso los creyentes (celosamente aferrados a su deseo de significado trascendental) quieran todavía defender tal espontaneidad en todas las enseñanzas manifestadas por Cristo, habida cuenta de que en ningún caso necesitaría reflexionar quien no es más que instrumento de Dios, una voz humana de la que Él se vale. En tal caso, el sujeto reflexivo debería buscarse en Dios, si es que la capacidad de reflexión se encuentra entre sus atributos (discusión esta que no nos concierne)[*]. Pero tal especulación no es atinente en relación a Sócrates, filósofo, buscador racional y consciente del saber, de quien debiera decirse, después de todo, que ha escrito.


[*] Derrida indica: “Dios es el nombre y el elemento de lo que vuelve posible un saber de sí absolutamente puro y absolutamente presente consigo” (De la gramatología). Luego, la posibilidad de entrar en contacto con Dios, con el saber puro y original, está en cada uno y la vía sería la introspección, la presencia plena y sin mediación con uno mismo. Cristo, en este sentido, no es ya un ser privilegiado, sino un caso ejemplar. La búsqueda de esa deseada presencia absoluta implica entonces el rechazo de toda mediación, de toda reflexión. El misticismo, evidentemente, se fundamenta en esta idea. Pero también ciertos movimientos artísticos, como el surrealismo por caso, parecen suscribirla.

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