El misófono - Presentación (I)

in spanish •  9 months ago  (edited)

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Me ocupa hoy la tarea de brindar una introducción sobre un singular personaje con el que me ha tocado en suerte entablar conocimiento, si bien, como luego comprenderán, a la hora de hablar de esta persona no es del todo lícito decir que por haberlo conocido uno ha en efecto entablado conocimiento con él.


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Poco o nada podemos decir acerca de su infancia primera, aquella etapa del lactante en la que a juzgar por la absoluta dependencia de la madre bien podría decirse que no se es mucho más que una extensión de ella. Explica la psicología que un bebe humano no se concibe a sí mismo como un individuo hasta después del año de vida, y acaso podríamos pensar que no es la psiquis del bebe la que equivoca los tantos, sino que somos nosotros, los adultos, los que nos engañamos debido a nuestra costumbre de definir como entidades independientes a todo aquello que delimitamos visualmente.

Como sea, para el caso de quien hoy me toca hablar me atrevería a sugerir como apropiada, aunque difusa, una fecha de nacimiento posterior a la de su expulsión del vientre materno, acaso cercana a los dos años de ocurrido dicho evento, porque es entonces y no antes que podemos hablar de él propiamente como de un existente.

Hasta esos momentos, el niño, a quien por economía llamaremos José, había tenido la evolución esperable en todo ser humano corriente. Entre otras cosas, había aprendido a erguirse sobre sus dos piernas para luego desplazarse en el equilibrio de dicha postura y también era ya capaz de articular algunos sonidos con su boca para expresarse por medio de ellos. Tenía sin dudas mucho por mejorar en relación a esas y otras habilidades naturales que se le observaban, pero entretanto sucedió que sus ojos comenzaron a detenerse en las letras escritas que iban hallando. Y esto que en un primer momento pudo haber sido interpretado por la madre como un dato curioso, le motivó al cabo alguna inquietud. Y es que en poco tiempo José tuvo tal atracción por esos signos escritos que pareció perder interés por todo lo demás. Se podía pasar horas ensimismado, sentado y sin pronunciar palabra, delante de cualesquiera caracteres impresos que hubiera por allí, ya se tratara de una receta de cocina, de un prospecto médico, de la cuenta del gas o, como descubrió una vez con terror su madre, de una carta con una declaración amorosa imprudentemente olvidada sobre el tocador.

Y conforme José fue creciendo, sus lecturas (que, si bien al comienzo podría alguien discutirnos el empleo de tal palabra para describir esos extensos, silenciosos e inmóviles espacios de tiempo que pasaba el pequeño José frente a los escritos, en el tiempo a que nos referimos ahora ya no hay duda alguna de que de lecturas se trataban); sus lecturas, decimos entonces sin temor a equivocarnos, lo fueron nutriendo de tal manera que no tardó en comenzar él mismo a escribir. Y era para entonces ya José un niño cuyos dedos podían sostener y guiar un lápiz o una lapicera con motrocidad suficiente como para que el trazo fuera casi sin desvío por donde él lo dispusiera.

Bien quisiera yo tener en mi poder alguno de esos primeros escritos suyos, sería en su caso algo así como presenciar los primeros pasos que se decidiera a dar el niño Usain Bolt. Pero él escribía en cualquier pedazo de papel que luego dejaba abandonado a su suerte, y la suerte de un papel dejado a su suerte no es otra que el olvido y la perdición o, para expresarlo sin eufemismos poéticos que José probablemente censuraría, la basura.

La falta de registro, además, responde a que nadie en su entorno acertó a comprender en esos años el prodigio que estaban presenciando. No se trataba de un niño digno de mayor atención por parte del resto, había un acuerdo general en hablar de él como un chico retraído, tímido, falto de iniciativa, algo limitado... y hasta por ahí terminaba la cuestión. Incluso aquella primera impresión o preocupación que identificáramos en su madre no tardó en resolverse en favor del juicio general. Pero que nadie se apresure en acusar a este o a aquel de ceguera o de ignorancia, debe admitirse que todos los adultos en toda época en relación a los niños han emitido y emitirán juicios así de simples, la mayoría porque son ellos mismos así de simples y el resto por considerar que los niños son así de simples.

Así las cosas, uno podría pensar que una vez que José diera cabal muestra de haber abandonado la niñez, estos juicios serían revisados de manera más detenida para descubrir entonces su falsedad de origen y lograr en consecuencia atribuirle una complejidad tanto mayor a la persona que se encierra con tal apelativo. Pero esas definiciones primeras tienen tal poder en el entendimiento de quienes las emiten, que es con ellas, las definiciones, y no con la persona en sí, con la que se relacionan cada vez que en apariencia intereactúan con esta.

De manera que José, como acaso cualquier otro niño, desde un principio estuvo condenado a ser para sus seres cercanos aquel que una vez definieran. Sucede que en la mayoría de los casos no hay conflicto y los niños crecen muy de acuerdo con aquella definición primera que se les ha otorgado, no se sabe si por acierto de la definición o por una suerte de fuerza que determina que el individuo en cuestión sea quien los demás dicen que sea, y entonces se transforman en los adultos que se espera que sean.

Pero hay otros pocos casos en los que tal cosa nunca sucede, al menos no desde el punto de vista del individuo en cuestión, porque en lo que hace al punto de vista de quienes lo han definido debe advertirse que nada les impide sostener hasta el final que ese es así y no asá, y, de hecho, salvo que sean advertidos por un tercero con suficiente influencia para hacerles ver su error es de esperar que no muden jamás esta su postura original en relación al sujeto. Pero, por eso mismo, lo que nos interesa es el punto de vista del individuo que crece sin aceptar jamás esa definición o rótulo que parece querer imponerle el colectivo de pertenencia y que, en consecuencia, vive su vida con este desacuerdo original. Son estos individuos verdaderos e ignorados rebeldes, que quienes son conocidos como rebeldes por la generalidad de la gente son aquellos que fueron definidos primeramente como tales y luego muy a gusto cumplen con aquello para lo que fueron mandados.

Esta circunstancia, ciertamente, puede producirles cierta congoja o angustia, al menos mientras son niños y adolescentes, puesto que son esas justamente etapas en las que no han desarrollado su individualidad al punto de alcanzar el poder para desestimar como falsa (o incompleta y por lo tanto falsa) la definición a la que lo hace acreedor el colectivo. Acaso pueda decirse que la llegada a la adultez en estos individuos esté relacionada con el momento en el que ya no se ven afectados por aquella falsa definición con la que se pretendía darle identidad.

Pero volviendo a José, él claramente era un individuo de esta última especie. Aquello que definieran como timidez en realidad estaba más cerca de ser un caso muy particular de misantropía. Si ya de por sí es difícil, acaso imposible, que las personas puedan modificar el juicio que del individuo se formaran una vez, imagínense en este caso, en el que estos jueces para andar más cerca de la verdad debían pasar de suponer que aquel individuo les temía a admitir que los despreciaba. Pero no he de caer yo también en definiciones insuficientes o falsas, porque sería en efecto falso hablar de desprecio en relación a José.

Con el fin de evitar juicios apresurados, me limitaré a describir su persona a partir de lo que me ha sido transmitido por él mismo.

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Este relato tiene un muy buen tono dieciochesco.
Me gustó mucho.
Un abrazo

Gracias por tu valoración, Adriana.
En unos días lo continuaré. Me ha faltado tiempo para ponerme en ello.

Esperando ya la continuación.

Sí, continuará...
Gracias por pasarte a leer, Héctor.

Vaya, interesante personaje. Da gusto encontrarse con una narrativa tan enrevesada capaz de describir a un personaje tan complejo como José. Estaré muy atento para adentrarme en la vida de tan peculiar individuo. Realmente es interesante... Saludos.

Gracias, estimado Psi. Ciertamente es complejo, debo decir que también para mí resulta interesante ir enterándome de cómo ve el mundo este personaje.

¡Gracias por el apoyo, Cervantes y Don Quijote!

A la expectativa.