Elaica III. Tristán

in spanish •  2 months ago  (edited)



Elaica es una serie de relatos que se relacionan entre sí porque se desenvuelven en esta mítica y fantástica tierra. Cada relato es una historia distinta y a veces, una continuación.

Relatos anteriores:

I. El comienzo
II. Atalayas de la guerra

Obras literarias originales realizadas por mí.



Tristán

 
Pocos eran los nobles valerosos de Zaharán, también conocido como Valle de Serpientes; hogar de los más acaudalados y poderosos nobles de toda Elaica; quienes daban su apoyo a las mejores decisiones que se daban por los regentes, a la redacción y práctica de los mejores principios, a las iniciativas de orden y justicia. Eran ellos; los señores de innumerables y fríos castillos.

 
Muchos tenían inclinación hacia el egoísmo, y no les interesaban los asuntos relacionados con el resto de Elaica, escasos eran los que si salían de su círculo para llevar el bien común al resto del mundo.

 
Sadgón en su momento, fue uno de ellos, antes de caer en la demencia; antes era un rey bueno, recto y digno para dirigir desde el trono de Elam, ahora sueña despierto, a carcajadas por ver a su alrededor devastación y miedo. Su compatriota, noble de su misma estirpe, impetuoso alzaba su templanza por el bien del mundo.

 
Tristán era hijo de uno de los cortesanos más influyentes del Zaharán. Su voz era escuchada por todos los nobles del Valle, desde las casas de las Colinas Moteadas, hasta los imperiosos castillos del Lago de Mamba, donde estaba establecido el palacio del sumo señor de Zaharán, quien gobernaba con ojos ciegos dirigidos por sus dos hijos.

 
Tristán fue el primero de seis hermanos, a corta edad comenzó con las artes de la batalla y las distintas técnicas de la espada. Su padre vio potencial en él y le consiguió los mejores maestros de toda Elaica. Instructores de Cenontes, sabios de Calirio y entrenadores paladines, quienes otorgaban sus conocimientos sobre la luz y la lucha justiciera al joven prodigio merecedor.

 
A los diecisiete años, Tristán estaba enlistado en el ejército defensor de Elam, creado y formado para combatir la amenaza proveniente de Ururthur. Rápidamente, por sus habilidades y destrezas en el ámbito de la guerra, ascendió hasta convertirse en el capitán más joven de todo el Ejército de Frente de Ataque.

 
Luchó junto a Sadgón en aquellos días, e hicieron amistad; una amistad fraternal e irrompible. Si Tristán necesitaba cubrir sus espaldas, ahí estaba Sadgón para ayudarle, ningún demonio era rival contra su poderío unificado. Se volvieron hermanos de sangre mucho después de la última gran batalla, cuando la cabeza de Kahrs; malvado señor de todo Ururthur, rodó por el campo ennegrecido por la guerra decapitada por el filo de la espada de Sadgón. Aquello parecía el inicio de una era de paz que se suponía duraría para siempre.

 
Tristán se quedó al lado de Sadgón cuando éste ascendió al trono de Elam, para convertirse en rey señor protector de toda Elaica. Tristán así mismo, fue nombrado comandante de todos sus ejércitos y así ayudarle a sembrar los días benignos. El curso cambió cuando Sadgón, dominado por la locura se volvió un ser siniestro, y Tristán se apartó de su lado, convirtiéndose en el nuevo líder de la defensa contra Sadgón y sus tropas negras de hombres temibles.

 
El antes comandante Tristán ahora lleva aquellos recuerdos con desdicha, huyó a Cenontes con sus seguidores o lo que quedaba de ellos y la convirtió en su nuevo frente de fortaleza. Durante aquellos días, intentaba entender el cambio repentino de Sadgón, y su sed por la destrucción. Pensaba en la última gran batalla contra Ururthur; los rumores llegaban a sus oídos de criados que cuidaban al rey en sus noches somnolientas, diciendo, de que no paraba de hablar de ese día, cuando luchó cara a cara contra Kahrs invocándolo con agudo miedo.

 
Tristán aún tiene sentimientos por su hermano, aquél que fue su otra mano durante el campo de batalla, tiene deseos de salvarlo de aquel maleficio que asoló su mente; pensó que, aquel enfrentamiento fue demasiado traumatizante para él, y que algunas ideas se incrustaron en su conciencia para no salir jamás de allí.

 
Se quedaba pensando por horas en la torre más alta de Cenontes, apoyado en su enorme espada. Su cabello castaño y largo hasta sus hombros oscilaba con el viento. Sus ojos tan verdes como el pasto que lo vio nacer se fijaban directos hacia el horizonte. Siempre portaba su armadura de plata, heredada por su padre; la cual, reparaba y pulía después de cada lucha en la que salía con victorioso.

 
Entristecido se quedaba por pensar de que en Elaica no existen épocas de tranquilidad, sino Eras de conflictos en un ciclo de nunca acabar. Una brisa, más densa pero fresca atravesó su cuerpo y él cerró los ojos con suavidad, y luego los abrió con fuerza, decidido, a salvar de nuevo la tierra sagrada del esplendor y de reclutar las tropas necesarias para recuperar los territorios desolados en los que Sadgón solo sembró muerte.



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