LA NIÑA QUE SOLO COMÍA CEREAL

in spanish •  2 months ago

(El primer cuento de una inédita colección dedicada a mi amada Camila.)

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Maikal es el nombre de un valle bien bonito que entre enormes montañas se formó. Hombres y mujeres se juntaron en ese lugar para cultivar la tierra más fértil conocida por la humanidad. De generación en generación, se transmitió que cada mazorca cosechada era un regalo de Dios. Con el paso del tiempo, un reino se fundó. Era famoso en el mundo porque ahí vivía la niña que solo comía cereal.

El anciano monarca del reino tuvo una hija cuando ya no tenía oportunidad. Los brazos de su esposa no habían podido acunar. No llegaban los niños que deseaban criar con amor y devoción. Entonces, los reyes hicieron una promesa en la época de recolección. Juraron que si, después de nueve meses, nacía una hembra o un varón se alimentaria solo con el regalo de Dios.

Transcurrieron los nueve meses de gestación, y nació una princesa que Camila se llamó. Blanca su tez y el pelo rojo como un encendido tizón. Sus ojos eran grandes, y cambiaban de color si mucho brillaba la luz del sol.

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La promesa del rey se cumplía sin objeción. En un principio, exprimían el zumo del grano de maíz, y preparaban el biberón. La chiquilla crecía, y se acentuaba su natural aspiración a variar lo servido en la mesa del comedor. Sin embargo, no podía ceder ante ninguna provocación. Arepas, cachapas, atoles, bollos y hojuelas eran las únicas comidas que estaban a su disposición.

Ella sabía que si rompía la promesa real, Dios la iba a castigar. Sus padres se pondrían tristes, y en su reino se secaría el maizal.

Ese maizal hermoso representaba el bienestar de Maikal. De la cumbre más alta, se podía observar el espacio verdecito en el que las mazorcas crecían hasta madurar. Al desnudarlas, aparecían los granos amarillos y jugosos de los que hasta en otros pueblos se oía hablar.

Desde pequeñita, Camila iba a mirar la preparación de las hojuelas doradas y crujientes que debía desayunar. Ya contaba ocho años de edad cuando alcanzó un tarro con miel puesto en una alhacena Ese néctar lo había visto untado en el pan, y para llevárselo puso todo su empeño y afán.

Noche tras noche, acariciaba el tarrito sin atreverse a abrir el cofre del tesoro guardado. Hasta que una vez, pensó: “solo lo abriré para oler”.

No se juega con la tentación. En una de esas noches, se le ocurrió que si sumergía las hojuelas en la miel, y luego las dejaba secar, podría comerla sin que Dios lo pudiera notar. Todo parecía perfecto, nada podía fallar.

En la fecha escogida para probar la miel, se fue a dormir más temprano de lo normal. Ya había sacado de la cocina un puñado de cereal.

El silencio llegó con la obscuridad. Camila se acercó a la ventana de su cuarto, y levanto la cortina. Entró un rayo de luz. Después, vertió la miel de abeja sobre las alumbradas hojuelas. Las colocó en el pretil para esperar que la brisa nocturna secara el cereal.

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Mientras vigilaba, notó que llegaban unas hormigas a saborear. Las alejaba con delicadeza antes de que pudieran su propósito alcanzar. Pero no se daban por vencidas, y lo intentaban sin descansar. La niña, semejante avidez quiso recompensar. Ella supuso que a unas hormigas chiquitas o viejitas debían alimentar. Partió en pedacitos una hojuela; y las tenaces azucareras comenzaron a transportar la ofrenda dada por la niña que solo comía cereal.

Pasaron algunas horas, y Camila se quedó dormida. Por el cansancio había sido vencida. Cuando despertó, pudo observar que todo seguía igual. A pesar de que durante un rato estuvo afligida, salió a los lindos jardines a pasear y a jugar.

Se dispuso a aguardar la nocturnidad. Anhelaba que después de tanto tiempo la miel en las hojuelas no se pudiera notar. Invitó a la luna menguada vestida de complicidad, y vio que su deseo era una realidad. La miel ya no estaba; se había hecho parte del cereal.

De pronto, escuchó una voz que al oído le decía: “una mentira nunca podrá ser verdad aunque se disfrace de felicidad”.

La niña que solo comía cereal entendió el mensaje; y comenzó a llorar. Había traicionado a la gente de su pueblo natal. Sus padres no la iban a perdonar.

Nada de eso era cierto. La promesa del monarca había sido honrada. El rey y la reina habían criado a una princesa capaz de respetar la vida de una hormiga que la gente suele maltratar. Un gesto de esa naturaleza es difícil de apreciar en los integrantes de cualquier realeza. Pensar en el bienestar de niños y ancianos es una manera de demostrar que se es un gran ser humano.

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La niña que solo comía cereal inventó una original manera de desayunar y de merendar. Ahora, podía también degustar las frutas y verduras que le proporcionarían vitalidad.

El reino mejoró su prosperidad. Tenía un nuevo producto para comercializar: hojuelas de maíz endulzadas que con leche se podían mezclar. Visitantes de diversos lugares venían a buscar la receta de tan delicioso manjar.

Y colorín colorado, este cuento dedicado a mi amada Camila se ha terminado.

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