ÉRASE UNA MUJER EMIGRANTE QUE EN EL CAMINO HACIA “EL DORADO” SEMBRÓ UNA CRUZ.

in spanish •  3 months ago  (edited)

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Colega steemiano, si comienzas a leer, te sugiero que culmines la lectura de esta historia. El emotivo final se constituye en la razón de mi publicación.

Hombres y mujeres emigran de países centroamericanos con la esperanza de hallar mejores oportunidades de trabajo. En los hogares de esas personas, se escucha el tintineo de la gota de agua que cae dentro de una perola cuando, por misericordia de Dios, les llueve. El agua recogida servirá para calmar la sed, y, en el mejor de los casos, para echarse un bañito sin jabón. Esa misma perola es la que debería usarse en la cocina. Sin embargo, desde hace varios días, la improvisada olla no lleva candela; ni siquiera para hervir los frijoles negros y el pellejo de res que antes calmaban el hambre de los numerosos miembros de la familia. Sin frijoles y sin pellejos, toca salir a la calle, y buscar sobras de comida en los basureros de los restaurantes. O peor todavía: toca esperar que pase el camión recolector de basura para sacar de las fauces de la trituradora las bolsas amarradas que (si hay suerte) contendrán algunos desperdicios comestibles.

Es notable el vertiginoso aumento en el número de féminas que asumen el riesgo de perder la vida en el intento de emigrar. En ocasiones, dejan a sus hijos al cuidado de unos parientes que apenas pueden cuidar de sí mismos. En otros casos, se ven obligadas a exponer a sus niños a los peligros de una travesía incierta a la que hasta un adulto temería con toda la fuerza de su corazón.

Las osadas mujeres centroamericanas que van en la caravana de emigrantes (reseñada en medios informativos) caminan cientos de kilómetros, atraviesan ríos caudalosos y sortean parajes pantanosos impulsadas por el instintivo deseo de escapar. Saben que en las barriadas, sus hijos corren peligros mayores: una bala perdida disparada por la inseguridad; la falta de medicina en un centro ambulatorio o en un hospital, la indiscriminada represión gubernamental con visos de legalidad; la desnutrición asida a la falta del alimento más esencial…

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A estas guerreras no les queda más remedio; es menester buscar la felicidad. Seguir la ruta de El Dorado es el propósito de las mujeres que a sus hijos quieren salvar. Se supone que, cruzando algunas fronteras, encontrarán trabajo, casa, seguridad, alimentación y libertad. He aquí, El Dorado de las viajantes cuyo amor de madre les impide descansar.

Hace años, en Venezuela se ubicaba El Dorado, no solo de los suramericanos y centroamericanos, sino de los ciudadanos del mundo entero. A Venezuela llegaron portugueses, españoles, italianos, chinos, árabes, colombianos, ecuatorianos, salvadoreños, hondureños, guatemaltecos, peruanos, dominicanos, brasileños…y paremos de contar. En la tierra de Bolívar, los extranjeros sembraron sus esperanzas y cosecharon prosperidad. Un elevadísimo porcentaje eran hombres que evadían los males de la guerra. Las mujeres venían cuando el esposo, el padre o el hermano estaban asentados en sus nuevos hogares y tenían capacidad para velar por sus familiares.

Hoy en día, El Dorado venezolano desapareció del imaginario del mundo. Pocos vienen a buscar un futuro mejor. Por el contrario, los connaturales huyen, y llevan consigo su propia historia de horror y dolor. Aunque parezca increíble, Venezuela cuenta veinte años desangrándose ante la mirada compasiva, pero muy calmada y relajada del resto del orbe. Los venezolanos, se ven obligados a integrar caravanas de hermanos que escapan de la miseria y la opresión.

Yo soy Serena Hierro. Soy brasileña, pero me duele Latinoamérica entera. Viví en una de las favelas más peligrosa de mi ciudad natal, y conozco bastante la tragedia que a diario sufren sus habitantes. Sé del hambre y del miedo repartidos entre todos los miembros de la comunidad. Pero esa desventura no me impide soñar. Y sueño con países prósperos y libres que estén unidos por los fuertes lazos de la hermandad. Tengo la certeza de que que Samantha Hopkins, aunque es gringa, se identifica con mi sentir y modo de opinar.

Ustedes están enterados de que hace tres años llegué a Venezuela por una razón muy especial. Ya la tragedia estaba en pleno apogeo cuando me instalé en Caracas, y comencé a trabajar en “La perla negra”. Aún no he pensado en regresar a mi patria. Creo que dormir no es morir. Venezuela solo duerme, y pronto despertará. Habrá de levantarse como El Dorado que otrora fue el destino de los hacedores de progreso y bienestar. Y yo quiero estar aquí.

Al conocer mi vida (Diario de una teibolera), seguramente los steemianos pensaron que mi sensibilidad era nula. No es así. Detrás de bastidores, existe un ser humano dispuesto a apoyar a sus congéneres que, obligadas por las circunstancias, reúnen cada centavo para costear un periplo cuyo final tal vez no sea tan idílico como se quisiera creer.

En este cuento, referido a la mujer emigrante, entra Julieta. Ella es una hondureña que llegó muy jovencita a Venezuela. Vino colgada del brazo de un caraqueño adinerado. Hace dos años, a ese hombre le negaron su “derecho a comisión gubernamental”. Él la abandonó con sus hijos. Y a Julieta (ciudadana venezolana) no le quedó más alternativa que acercarse a su familia tegucigalpense. Se fue hace tres meses a Honduras para integrarse a la caravana que pretende arribar al norte del continente. Viajaría con sus hijos, padres y vecinos. Se suponía que bien lejos encontraría la salvación.

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La última vez que supe de Julieta, mi pobre amiga, estaba llorando. Durante el viaje, murió su hijito menor. No aguantó la tos que le sobrevino después de una lluvia feroz. De nada sirvió el agüita de salvia ni el pedacito de jengibre que una compañera de marcha le suministró. En el caserío más cercano, ahí mismito, Julieta a su hijito querido enterró.

Julieta, es una mujer emigrante que buscaba una vida mejor, y que ahora lleva consigo una historia de horror y de dolor.

Colegas steemianos, connacionales y paisanos… el éxodo centroamericano y la diáspora venezolana nos han dejado una gran lección:

Nunca más deberíamos sembrar una cruz mientras huimos de la miseria y de la opresión.

Nunca más deberíamos dejar atrás nuestra heroica historia mostrando un dejo de resignación.

Nunca más deberíamos saltar un muro teñido con la sangre de la discriminación.

Nunca más deberíamos levantar un rancho-favela para albergar la desidia propia y la de la gobernación.

Pero…sobre todo, nunca más deberíamos conferir el poder a un tirano que se proclame “el salvador” de una nación.

La historia de Julieta no se puede quedar guardada en el corazón. Debe salir a luz e inspirar a los ciudadanos para que en sus acciones prevalezcan la virtud y el honor.

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