HETAIRAS (relato) segunda parte
Al momento de entrar, noté que era una lavandería con su olor característico; pero me llamo la atención unos vestidos de tela trasparente y de color azafranado de los cuales había un gran número, muy sensuales y que después supe que se llamaban quitón. De hecho para nada cónsonos con el supuesto objetivo de esas reuniones a la que asistía Sara. Asunto que me intrigó más de la cuenta, por lo que me adentre con decisión en la casa a ver que encontraba.
Al salir de la habitación, conseguí un pasillo con varias puertas, seguí caminando hasta llegar al centro de la casa donde había una especie de salón con bastantes sillas plásticas; pero estaban recogidas. El sitio tenía varias pinturas alegóricas al espiritismo y otras con figuras femeninas de las que hubieron dos que me llamaron poderosamente la atención por ser muy hermosas, y porque en una de ellas la modelo en cuestión, llevaba un vestido muy parecido a los que encontré en la lavandería. No aguante la tentación y me acerque para leer unas letras que tenía en la parte inferior que decía: Atenas (John William Godward) el hermoso cuadro, era de una sensualidad refinada, que producía un impacto a primera vista. El otro era un poco más subido de tono y de unas características difíciles de olvidar.
Cuando desperté de mi hipnosis, recordé que estaba sin autorización en el lugar y rápidamente busqué un sitio donde esconderme. Después de una prudencial espera, salí de mi guarida para seguir explorando la casa, en la cual me pareció extraño tanto silencio. Hasta llegué a dudar que hubiera alguien dentro de ella. Revisé las habitaciones y todas estaban vacías, algunas eran oficinas y otros dormitorios. Solo me quedaba una puerta por revisar pero estaba cerrada.
Ya estoy aquí y no me puedo rendir, me dije. Saque un carnet y lo metí dentro del marco, bajándolo con cuidado e insistiendo bastante, hasta que la puerta cedió y se abrió sin hacer mayor ruido. Era un sótano con unas escaleras que iban un piso más abajo, en forma de caracol; pero de concreto y no metálicas como la mayoría de estas escalinatas. Bajé con mucho sigilo, ya que estaba seguro de que iba a encontrar gente en la próxima habitación, y así fue. Por suerte antes de entrar al cuarto, había una pared que servía de pantalla o tapadera a los que bajaban por las escaleras, pero no había puerta al final y pude apreciar el rito que se llevaba a cabo en su interior.
Observé que estaban de pie, varias mujeres y hombres en una proporción dos a uno, o sea dos mujeres por cada varón, en un gran círculo. No los conté; pero creo que eran entre doce y quince personas. Estaban muy unidos pegados hombros con hombros y agarrados de la mano, las mujeres vestidas con los quitones azafranados y los hombres desnudos. Todos diciendo una especie de oración en un idioma que no entendía, pero algo me decía que era griego. Sus caras estaban como si estuvieran en trance, típico de las películas de terror, y yo no sabía si echarme a reír o salir corriendo. Y me hubiera decantado por la segunda, si no hubiera sido porque allí se encontraba mi esposa.
La busque entre las mujeres del circulo pero no estaba. No veía hacia dentro del mismo con claridad, pero pude distinguir dos siluetas. De pronto, como si leyeran mis pensamientos, dos personas de las que estaban en el círculo se separaron un poco y pude ver al centro del mismo. Y cuál fue mi sorpresa, era mi esposa en una posición nada convencional, practicando sexo anal con uno de los asistentes, mucho más joven que yo y más atractivo y más de todo pues. (continuará...)
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