HETAIRAS (relato) Parte final
Al ver las dos figuras en acción, recordé la segunda pintura que me llamó la atención en el salón de arriba, donde ambas tenían una posición muy parecida sino idéntica. Estuve un rato allí, practicando un voyerismo masoquista, y sinceramente no sabía si irme derrotado o hacer un ajusticiamiento colectivo; Echándomelos a todos al pico. Subí hasta la sala, era demasiada la indignación que estaba sintiendo, y al mirar una de las paredes vi una espada muy bien conservada, poseído por una determinación diabólica, la tomé y baje lo más rápido que pude; pero justo antes de entrar a la habitación todos se empezaron a desmayar de uno en uno. La última fue mi mujer, no sin antes tener un orgasmo como el que yo nunca había logrado que ella tuviera cuando estaba conmigo.
Me sentía dolido, engañado y manipulado; ahora el poseído era yo. Tenía a Atila, Genghis Khan, Hitler y a Charles Manson en una misma persona. Me acerque resuelto a terminar con todo. El hombre que estaba con ella no se había desmallado, y solo alcanzó a decirme que él aceptaba su destino; pero que no le hiciera daño a ella, que hace unos minutos estaba poseída por una griega de nombre Aspasia una hetera (cortesana-prostituta) muy influyente en la época de Pericles. Y que todo lo que vi no era hecho por mi esposa, sino por el espíritu de aquella.
No lo escuché más, y empujado por una fuerza sobrenatural, le hundí la espada en su estomago. Me pareció que lo que me dijo era otra burla o engaño de los tantos que había recibido desde que mi mujer asistía a ese lugar. Asombrado por mi determinación y sin pensarlo mucho, consciente del crimen que había cometido, cargué a mi esposa que todavía seguía desmallada, y subí las escaleras saliendo de la casa lo más rápido posible. Paré un taxi que pasaba y este nos llevo hasta mi casa.
Durante todo el trayecto ella no se despertó. Más tengo que admitir que se veía más hermosa que nunca con ese quitón. Yo a su vez con sentimientos encontrados no sabía qué hacer. Si golpearla, dejarla o simplemente quedarme y hacerle la vida imposible, hasta que me suplicara perdón. Cundo volvió en sí no recordaba nada, se miró y al darse cuenta que estaba semidesnuda, en seguida me preguntó, - ¿Qué hacía en la casa?, que lo último que recordaba era que estaba en el centro espiritista. Yo con un tono irónico y mirándola con odio, le pregunté que si de verdad no se acordaba de nada, o me estaba tomando el pelo.
De la rabia, le solté de un solo tirón todo el espectáculo que había presenciado, sin pasar por alto ni un solo detalle. Con sus ojos desorbitados y con lágrimas rodándole por las mejillas, negaba cada una de mis acusaciones, lo cual servía para que yo me encolerizara más y la ofendiera de las mil y una formas. Terminé por decirle que había matado a su novio y que si no me creía que llamara a su amiga. Ella incrédula enseguida agarro el teléfono y después que hablo con su compañera colgó indignada llamándome asesino. Yo le solté una cachetada, gritándole que no la mataba a ella también porque la amaba demasiado; y que me iba porque de lo contrario cometería otra locura.
Recogí mis cosas y me marché, sin decir una palabra. Ella después de un tiempo, me solicitó el divorcio y me enteré de que seguía frecuentando el centro espiritista. Yo todavía desconcertado, invadido por un remordimiento que no me abandona, pero no estaba dispuesto a pagar cárcel por un ser que había destrozado mi vida; por lo que decidí dejar el país. Lo extraño de toda esta locura, fue que ella no me denunció. Quizá todavía me ama y también de alguna forma esta tratado de asimilar lo que sucedió. Todavía me considero un escéptico; pero no me dejan de asombrar los recovecos y las zonas oscuras que se encuentran en el inconsciente de la mente humana.
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