El Vagabundo (Cuento) (Capitulo 4)
Estaba ensimismado en la lejanía y creí que no me había visto ni oído llegar, pero cuando estuve lo suficientemente cerca, sin voltearse a ver quién era me sorprendió saludándome.
-¿Cómo está? Parece que la lluvia lo trae a menudo por estos lados.
Me coloqué a su lado y sin vernos la cara charlamos un momento.
-Se ha hecho famoso, hoy hablaban de usted en el banco.
-¿De mí?
-Sí, decían que incluso hace milagros.
Pensé que se iba a reír o a hacer un comentario malhumorado pero solo me respondió.
-Los milagros solo los hace Dios y para eso quienes lo reciben deben estar dispuestos para ello.
-Y ser merecedores.-le completé con aire de importancia.
-¿Quién cree usted que no merezca un milagro?
La pregunta me dejó por unos segundos callado, buscando poder darle una respuesta contundente.
-Los asesinos por ejemplo.
-¿Por haber matado o por no ser hijos de Dios?
-Quien se aparta de la ley aunque sea hijo de Dios debe pagar por eso y el quinto mandamiento dice: No matarás.

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Las conversaciones frecuentes con el cura de mi sector me ayudaron.
-¿Y el castigo es no merecer un milagro? ¿Me hablas de cual ley?
Antes de poder refutarle continuó.
-¿La misma que le aplicas de diferentes maneras al soldado y al ladrón? ¿La misma que gracias a un “don” dado permite que el policía mate impunemente o que en nombre de Dios se justifiquen actos parecidos? ¿Cuál de esas personas crees que no sea merecedora de un milagro?
Seguro de mis respuestas le respondí.
-Ninguna lo es porque todos han faltado al mandamiento de no matar, aunque algunos tengan justificaciones.
Se volteó y quedamos frente a frente.
Pude notar la marca de un golpe en su pómulo que lucía amoratado.
-Todos lo merecen porque todos somos iguales a los ojos de Dios y quien lo decide es él y nosotros no tendremos nunca argumentos para reprochárselo, porque su omnisciencia es total.
El celular cortó la plática.

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Me retiré unos pasos para responderlo. Fue mi esposa quien llamó preocupada porque estaba a oscuras porque el corte eléctrico había afectado el sector donde vivíamos también.
Le dije que iba en camino y regresé a despedirme del hombre.
No me atreví a preguntarle sobre el posible golpe en su cara.
Indeciso saqué unos billetes del bolsillo y le pregunté.
-¿Puede aceptarme este dinero? Le servirá para algo.
Me miró a los ojos, estiró su brazo y los tomó respondiéndome.
-¡Gracias!
-Otro día continuamos, debo irme.
-Cuando guste.
-¿Dónde puedo localizarlo?
-Cuando llegue el momento adecuado me encontrará sin buscarme.
En el trayecto intentaba interpretar si la respuesta indicaba que vivía en algún lado o si hablaba de la casualidad como forma común para localizar las cosas que buscamos.
Por segunda vez me sentí derrotado ante las refutaciones cortas y concisas dadas por él sobre mi opinión del tema que platicamos.
Anoté en mi mente hablar la próxima vez con el cura sobre el merecimiento de los milagros, para ver si compartía mi punto de vista, como estaba convenido, o difería.

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