Martín Castriello y Blas de LezosteemCreated with Sketch.

in spanish •  3 years ago 


(Pergamino de Gregorio Illuminator)

A propósito del artículo anterior, por qué no publicar uno de los capítulos importantes en los que Martín, el protagonista de la novela “El enigma de Baphomnet”, narra una de sus peripecias en Armenia en el momento que quedó cojo un tiempo después de haber sufrido las heridas que le desfiguraron la cara.
No creo que, tanto la editorial que la publicó en papel, como Amazon, donde está publicado como libro electrónico tengan reparos en ello:


(Ilustración del libro "El enigma de Baphomet". El viaje de Martín. Ida y vuelta desde Ponferrada, León)


(Armenia. Monte Ararat 5137 metros)

No tuvimos más remedio que seguir viajando, sin apenas descanso, hasta el monte Ararat, en cuya cima se decía que se conservaba el arca de Noé intacta con esqueletos de algunos animales. Pero nuestro ánimo decaído, por carecer de esperanza, no estaba para comprobar los pasajes bíblicos. Lo rodeamos cruzando corrientes de ríos numerosos y cristalinos con peces grandes que se dejaban acariciar y pescar con las manos.
Descansamos entre el verdor de una inmensa llanura y después de otra larga caminata subimos al monasterio de Khor Virap.


(Reconstrucción de las ruinas del Monasterio de Khor Virap. Armenia)

Alfa y Omega habían pasado allí una larga temporada después de la anterior cruzada instruyendo a los monjes sobre cómo sanar heridas, pues estaban tan atrasados que todavía confiaban en que únicamente la voluntad de Dios era la dueña de las curaciones.
Decidimos dividirnos por si acaso… Mientras que ellos se adelantaron a tantear la entrada y los alrededores, yo me quedé rezagado vigilante debajo de unos árboles en flor que sólo había visto por estas tierras dar unos frutos amarillos como el oro y carnosos, riquísimos.
Aproveché el momento en el que me quedé solo para enterrar, al pie de uno de esos árboles, el fardel con todo el oro que llevaba dentro. Tuve que cavar un hoyo con la piedra más puntiaguda que encontré. No lo cavé muy profundo, solamente lo justo para taparlo dos cuartas con tierra y arrastré las piedras más grandes que encontré en los alrededores para colocarlas encima.
Los vi entrar en el monasterio, y al cabo de un rato salió Alfa, diminuto a lo lejos, para decirme por señas que me acercara, que no había peligro.
El fraile que nos recibió era nuevo y sólo él y otros tres permanecían en el monasterio. El resto hacía penitencia en lauras de las montañas hasta que llegara la celebración de la Pascua.
Les dijeron sus verdaderos nombres pero yo seguí llamándolos Alfa y Omega.
En nada se parecía el recibimiento al de los benedictinos de San Pedro en los montes Aquilanos. No obstante, el fraile con hábito negruzco y larga barba nos preguntaba doctrina, pero, como si a la vez nos quisiera instruir, si Jesucristo tenía una o dos naturalezas, dándonos a entender lo que teníamos que responderle: que sólo tiene naturaleza divina; porque ya se había encontrado con otros cruzados duros de mollera caídos en la herejía de considerarlo no sólo Dios sino también hombre.
Alfa y Omega chapurreaban y chapurreaban con él, pero no supieron qué responderle, porque, a pesar de que lo entendían, no quisieron meter la pata por si acaso eran malinterpretados, y optaron por darle la razón aceptando los dogmas que él quisiera, y reconociendo, incluso, que, hasta ahora que habían encontrado la verdad, habían estado muy equivocados.
A pesar de que ellos habían tirado las capas antes de llegar al monasterio, el fraile los identificó antes que a mí como templarios, porque conservaban la cruz paté en el mango de la daga. Todavía no sabíamos si simpatizaba o no con los cruzados, porque nos desorientaba: por una parte nos acogía en el monasterio y por otra se enfurecía cuando Alfa y Omega lo contradecían. Pero se escudaban, con éxito, en que no habían entendido perfectamente el idioma. Había que proceder con cautela, y los médicos respondieron asintiendo a las preguntas retóricas que les siguió formulando, con lo que el fraile quedó satisfecho y nos dejó dormir y comer en el monasterio.
Yo envidiaba aquel don de lenguas que a mí Dios me había negado, y que a ellos les había concedido, así como a los dos apóstoles del mismo Jesucristo, San Tadeo y San Bartolomé, que llevaron la predicación a aquella tierra, como dice el Evangelio de San Marcos y el libro de los Hechos.
En otros momentos, terminada la última cruzada, enseñoroeándome victorioso cerca de aquellos territorios, cuando había aprendido unas cuantas palabras y frases cortas y esenciales para entender lo más rudimentario en la lengua de los mahometanos, al cambiar de lugar, otra tribu o comunidad islámica me sorprendía con otras palabras distintas para decir lo mismo, como si los mahometanos hablaran distintas lenguas. En esas tierras de Babel, cada pueblo tenía su lengua propia, por lo que yo nunca podía pasar de aprender tres o cuatro palabras de cada una.
Los frailes orto-doxos, como a sí mismos se llamaban, que quiere decir que no se han apartado del camino recto, como se apartaron los apóstoles que marcharon a evangelizar Roma, nos asignaron tres celdas en las que sólo había un camastro de palos y un jergón de pajas presididas por una cruz de doble brazo.
Como la mayor parte de los monjes permanecían todavía en las lauras en la montaña, y bajarían al monasterio cuando terminara la Cuaresma, podríamos quedarnos en sus celdas vacías para hacer oración hasta que regresaran y nosotros necesariamente tuviéramos que abandonarlas.
Me dormí, por fin, con tanta tranquilidad y seguridad de la que tanto tiempo había carecido, que el jergón crujiente y duro me parecía lecho de plumas, de tal manera que no desperté hasta la tarde siguiente en que oí gritos y ruidos de peleas. Creí oír las voces de Alfa y Omega entre el alboroto. Cuando, para salir, abrí la puerta de la celda, dos mahometanos me sorprendieron con las cimitarras en alto, ante los que me arrodillé diciendo repetidas veces: “¡la ilahu ilah Alah! ¡Alah akbar! Esto me lo entendieron perfectamente. Aflojaron los brazos y me perdonaron la vida, pero me tiraron a una mazmorra después de quitarme mi daga; al dar en el suelo desde aquella altura, creí que se me habían roto todos los huesos.
Persistían las voces, que no logré descifrar, se oían carreras con jadeos y el retumbar de zancadas en vaivenes constantes como si saltaran chasquidos de hierros: eran ruidos de lucha encarnizada.
Después de unos alaridos desgarradores se impuso un silencio abismal. Yo no podía mover la pierna izquierda y me dispuse a morir con grandes dolores por todo el cuerpo.
Al recordar a Gelvira renegué de Dios, pero no tardé en volver a la cordura del arrepentimiento, llorando como un niño y rezando el “Señor mío Jesucristo” para morir con la Gracia Divina.
Pasaba el tiempo y no sabía si era de noche o de día. Al principio sentía hambre, pero, pasados no supe cuántos días, ya no sentía nada, ni siquiera dolores en los huesos.
Llegué a preguntarme qué habría sido de los pergaminos que habían quedado metidos en el zurrón en la celda. Quizá Alfa y Omega los habrían recuperado. Llegó un momento en que le pedí a Dios que me llevara con Él cuanto antes. Llamaba con la poca voz que me quedaba a Alfa y Omega, pero seguía el silencio.
Caí en un desánimo infinito, hasta que, por fin, al cabo de muchos días, alguien respondió a lo lejos; me lanzó una soga pero ya no tenía fuerzas. Al querer mover los brazos, se me derretían. Al cabo de un rato lanzó una escala y descendió por ella. Me hablaba como preguntándome pero no le entendía nada. Era otro fraile del monasterio según más tarde supe. Clavó unas tablas y me colocó encima, las ató con la soga y tardó una eternidad en montar el andamiaje con una polea, pero, al fin, logró sacarme de la mazmorra.
A la salida, estaban los cadáveres de Alfa y Omega llenos de gusanos.
Intenté preguntarle por los cuatro frailes, pero no nos entendimos.
Yo sólo le entendía: “San Gregor Iluminator”, entre todo lo que hablaba. Por los gestos y ademanes, como si diera gracias al cielo arrodillándose y persignándose fervorosamente, traté de entender que su santo había hecho el milagro de mantenerme con vida. Me llevó a mi celda arrastrándome y me colocó con el máximo cuidado encima del jergón, en el suelo, sin cama, porque cuando intentaba subirme me produjo tal dolor en la cadera que me quedé sin sentido hasta que desperté con el fraile dándome agua a traguitos pequeños y otros dos frailes mirándome desde arriba rezando oraciones en idioma armenio, bendiciéndome. Cada vez que intentaba mover la cadera, el dolor seguía siendo terrible y me volvía a quedar dormido sin sentido. Así pasé muchos días. Me daban de comer sopas insípidas al principio, que luego fueron pareciéndome riquísimas. Los dolores cedían tan despacio que no notaba mejoría de un día para otro, hasta que, poco a poco, se convirtieron en cojera de la pierna derecha.
Me sacaron al patio ayudado por dos frailes mozalbetes; y más tarde, ya me tenían hechas dos muletas. Entre rezo y rezo llegué a bajar a una campiña verde donde estaban nuestros tres caballos, gallinas, y vacas de leche. Cuando ya no tenía dolores podía andar y correr incluso, pero tullido. Quedé con esta cojera que he arrastrado para siempre.
Un día me sorprendieron con una celebración litúrgica colorista entre cientos de velas encendidas y cantos del coro de frailes quemando incienso. Me colocaron en la pequeña iglesia pétrea, entre las lápidas de las sepulturas donde habían enterrado a Alfa y Omega,


(Epitafio de Alfa)

a los que nombraron precursores del milagro. En el retablo habían colocado una pintura de San Gregorio Iluminator, una copia perfecta —pintada en una tabla a tamaño de una persona—, de la que llevaba yo en mis pergaminos desaparecidos. Con miles de gestos y algunas palabras que había aprendido, les entendí el significado de la fiesta. San Gregorio Iluminator había estado preso en mi misma mazmorra hacía nada menos que 1000 años, y había hecho el milagro de conservarme la vida. Aquel día comimos panes dulces con higos y pasas como algo extraordinario. Y me entregaron uno de los caballos y las dos dagas de Alfa y Omega.
Yo les preguntaba por los pergaminos, pero, nadie sabía nada o no querían decírmelo. No lo supe. Tampoco pude enterarme del destino de los cuatro frailes que desaparecieron con ellos.
Al principio pensaba que me mentían, pero a medida que los fui conociendo, me fueron pareciendo unos hombres virtuosos y compasivos. ¡Eran buenines! No albergaban la más mínima malicia. Se santiguaban al revés: en la frente, en el pecho, en el hombro derecho y en el izquierdo; y no como nosotros, que primero pasamos la mano por el izquierdo. Terminé absolutamente convencido de que no sabían nada y no me mentían. Aquellos cuatro frailes habían desaparecido misteriosamente con los pergaminos. Quizá los habrían matado, persiguiéndolos, los enemigos del Cristianismo.
No tenía más opción que volver con Gelvira para siempre sin los pergaminos y dejar el Temple y a Roderico abandonados a su suerte.
En la biblioteca, que también hacía de scriptorium, uno de ellos me enseñó el alfabeto armenio y llegué a entender muchas palabras sueltas pero no a hablar la lengua. Sólo envidiaba a los que Dios les había dado el don de aprender otras lenguas rápidamente. A mí me parecían todos los sonidos iguales.
A nadie revelé el pie del árbol donde tenía escondido el oro de Gelvira, protegido por cuatro piedras enterradas, pero de lo que más me interesaba, los pergaminos que alguien me había robado, nadie me daba referencia por más que preguntaba.
A pesar de todo, me asaltaba una y otra vez la duda y pensaba y analizaba todos los detalles de la vida cotidiana. Lo más misterioso para mí era el paradero de los cuatro frailes de los que tampoco sabían más que habían desaparecido. ¡Sin duda, ellos me los habían usurpado! Alguien tenía que saber el paradero de los pergaminos, pues el nuevo santo que había aparecido en el retablo de la iglesia era una copia exacta de la miniatura que me pertenecía. Lo más seguro sería que un fraile del monasterio, al ver “El Iluminator”, pensara que era suyo y no fue intención robarlo sino que interpretó que el ladrón había sido yo, que lo habría robado de una iglesia o de otro monasterio de la Iglesia Armenia de San Tadeo y San Bartolomé, discípulos y apóstoles de Jesucristo, porque Iluminator les pertenecía. Por más vueltas que le di, no llegué a otra conclusión verosímil.
¿Qué podría seguir haciendo?
Me vi desolado cuando, después de pasar tantas calamidades, no tenía nada más que las monedas de oro, aunque era reserva suficiente para volver con Gelvira.
¡Cojo, y con la cara desfigurada!
Una tarde, contemplando el monte Ararat en la estampa más bella que pueda imaginarse, emergiendo de la llanura inmensa, cubierto de nieve en su mitad superior, lo comparé con el Teleno imaginando a Gelvira contemplándolo a la misma hora. ¿Qué estaría haciendo? Quizá mirando hacia el este y escribiendo en el aire un mensaje para decirme que me esperaba impaciente con un beso lanzado al mismo cielo que yo contemplaba encima de la nieve del cono de la cumbre.
Me sentí impotente para volver a los montes Aquilanos con mi pierna quebrada y dolorida. Mis posibilidades de subsistencia se reducían a la mitad, y me entró tal angustia que derramé yo solo lágrimas de desconsuelo. Al día siguiente, por la mañana, me sentí más animado a regresar —a ver de qué manera—, únicamente con la esperanza de reunirme con Gelvira para siempre. Cuando me quedaba en la biblioteca estudiando palabras en armenio, repasaba, uno por uno, los pergaminos y papiros del monasterio, pero no encontré los míos. Me culpé de haberlos perdido y hasta me sentí responsable del final del Temple, porque habérmelos dejado robar era lo mismo que haberlos perdido.
Me obsesionaba pensando, repitiéndomelo en la cabeza, que el fraile que me los habría robado al ver “El Iluminator” en una miniatura, habría pensado que era suyo y no fue intención robarlo sino que interpretó que el ladrón habría sido yo —machaconamente me lo decía a mí mismo—, que lo habría robado, a su vez, de una iglesia o de otro monasterio de los suyos, porque San Gregorio Iluminator sólo a ellos les pertenecía. Una y otra vez me lo repetía pero no encontré el modo ni el momento ni la expresión correcta para comunicárselo.
Sentí como un castigo del cielo la diferenciación de las lenguas.
Cuando parecía que la paz reinaba en el monasterio, llegaron los monjes de los monasterios del lago de la altiplanicie cabalgando con las colecciones de sus bibliotecas. Dieron el aviso: había que salir corriendo a esconderse en los agujeros de la montaña. Un ejército de mahometanos venía asolando los monasterios armenios. En un momento cargaron en alforjas de madera todos los escritos de la biblioteca. Yo cogí mi caballo y comprobé que mi cojera no me impedía montarlo. Me obedecía al tirar del ronzal pero no podía compararlo con Áureo. No le puse nombre porque lo intenté varias veces, pero no me obedecía. Sólo conseguí que anduviera cuando le decía: “¡Arre, caballo!”. Y que parara cuando le decía: “¡Soo, caballo!”.
A pesar de que tenían preparada la estampida de emergencia, tardaron un buen rato en cargar la biblioteca.
Encontré la ocasión de separarme de los frailes a los que les debo la vida, pero saqué fuerzas para seguir mi camino sólo y me dirigí al norte. Después de dos jornadas cabalgando, desde la lejanía, por la noche, vi arder el monasterio. Khor Virap fue quemado después de salir huyendo todos los monjes armenios con la biblioteca a cuestas, cuyos manuscritos eran más numerosos y más bellos que los de San Pedro en los Montes Aquilanos.


Fachada de San Pedro de Montes, Ponferrada. León)


(Ruinas de San Pedro de Montes)*


(Ruinas de San Pedro de Montes)**

¿Mis pergaminos habrían quedado allí dentro o habrían sido librados del fuego con el resto de la biblioteca?
Fueron jornadas de duros caminos a través de las montañas, pero encontré habitantes en poblados pequeños con los que me entendí dibujando en el suelo la Cruz de Cristo y pronunciando las pocas palabras que había aprendido. Pasé otros pueblos en los que hablaban otros idiomas y sólo me podía entender por gestos. No experimenté grandes peligros, más que duras montañas con barrancos profundos, pero alternando la dureza de las montañas con vergeles frondosos; y al final, palmerales en las llanuras. Llegado a la costa me dirigí a las playas de Batumi. Até el caballo para que paciera en la pradera. A la sombra fresca de una palmera me eché a descansar un rato. Busqué una piedra para afilar las dagas. Y otra más áspera para raspar la cruz paté esculpida en el hueso de la empuñadura. En lo sucesivo no podía cometer ni el más mínimo despiste que me delatara, porque cuanto más me acercara a Ponferrada, más peligroso sería para mi persona.


(Los padres de Martín. Ilustración del libro "El enigma de Baphomet)

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