Historia de una columna infame

in spanish •  16 days ago

La historia de la Columna Infame de Milán es un ejemplo de los extremos a los que puede llevar la psicosis colectiva, de las atrocidades que llega a cometer una comunidad enloquecida por el miedo. (Este es un texto que escribí en mi blog Senderos Ocultos.


Detalle de la cubierta de la ed. Bruguera de 1984 para la Historia de la columna infame.

La peste de Milán de 1630

Todo sucedió durante la peste que azotó la capital lombarda en 1630. El Milanesado formaba parte de la Corona Española y eran los tiempos ominosos de la guerra de los Treinta Años; una época de campos arrasados y ciudades en llamas, de hambre, plagas y enfermedades, de luchas religiosas y persecuciones de brujas.

Milán, que se había librado de la primera gran epidemia, sufrió ese año una manifestación de la peste especialmente virulenta y contagiosa. Frente a un mal tan feroz, la gente necesitaba explicar y dar sentido a tanta muerte. Cuando apareció la enfermedad en 1348, hubo quienes vieron en la peste un castigo divino o una señal milenarista, pero la reacción de la mayoría fue buscar culpables, algo que también permitía la liberación de la tensión colectiva. Extranjeros, marginales y, sobre todo, leprosos y judíos, pasaron a convertirse en sospechosos. La furia de las comunidades se encauzó especialmente hacia estos últimos, a los que se acusaba de envenenar los pozos. Y se multiplicaron los progromos y asaltos a juderías.

En el caso de esta epidemia de Milán, no tardó en cundir el pánico, y pronto se extendió por la ciudad el mito de los untadores de pestíferos, una creencia que ya se había dado antes en algunos otros lugares. Los habitantes creyeron que las murallas y las puertas de los edificios estaban impregnadas de una sustancia venenosa compuesta de extractos de sapos, serpientes y de pus y baba de los apestados: una receta que el diablo daba a los que pactaban con él.

Pronto aparecieron los primeros chivos expiatorios. En cuanto se desató la psicosis, cualquier acto, hasta el más trivial, resultaba sospechoso a los ojos de unos vecinos aterrorizados. Varias personas sufrieron las iras de la gente, fueron torturadas o linchadas por los motivos más inocentes, solo porque algún gesto había resultado extraño. Fue lo que le sucedió a un pobre anciano al que vieron en la iglesia limpiando el banco con un paño antes de sentarse.

Una vieja chismosa

Pero el caso más sonado fue el que llevó a la erección de la famosa columna. Un día, una anciana acudió a las autoridades para denunciar que había visto a un hombre haciendo movimientos extraños con un papel y restregando los dedos contra la muralla. Se investigó el asunto y finalmente fueron detenidos el comisario de salud pública, Guglielmo Piazza, y el barbero Giangiacomo Mora. Se les acusó de extender ungüentos mortíferos que acabaron con la vida de muchos ciudadanos; es más, se les juzgaría, incluso, por conspirar contra la ciudad y por sedición.

Los dos infelices, que lo negaban todo, por supuesto, fueron torturados según la práctica de la época. Pero también fueron engañados con falsas promesas de impunidad. Al final cedieron y terminaron confesando ser los autores de un acto tan execrable. A continuación, el senado de la ciudad los proclamó enemigos de la patria y fueron condenados a muerte.

Una muerte cruenta y una columna infame


Detalle de un grabado de Les Misères et les malheurs de la guerre de Jacques Callot, Paris 1633

Pero no iba a ser, tampoco, una muerte normal. Dado el carácter diabólico de su caso, y la cantidad de víctimas que se les imputaban, el método elegido para su ejecución fue especialmente cruel y cruento. Cuando llegó la fecha indicada, se llevó a los reos al cadalso y allí, una vez atados, les atenazaron las tetillas con unos hierros al rojo, y luego los brazos, muslos y pantorrillas. A continuación, se les cortó la mano derecha, con la que habrían cometido su crimen. Y, por último, les quebraron todos los huesos a golpes y los dejaron allí durante seis horas de largo suplicio. Finalmente se les dio muerte, quemaron los cadáveres y lanzaron sus cenizas al río.

Pero no bastaba. La gravedad del delito exigía la perpetuación de la infamia de los delincuentes. La barbería de Mora fue arrasada y, en el solar, se levantó una gran columna que denominaron Infame. Con una inscripción en latín que reseñaba los hechos. Porque, además de servir de advertencia, la intención era dejar grabado para siempre los nombres de los dos criminales en memoria de su vileza.

Durante un siglo y medio, la columna se erigió en aquel solar del centro de Milán. Pero, con la llegada del Siglo de las Luces, los avances en los campos de la ciencia y del derecho fueron cambiando la percepción de aquel monumento, que se convirtió en la vergüenza de Milán. No se perpetuaba la infamia de Mora y Piazza, sino la infamia de los milaneses, que fueron los que cometieron el verdadero acto criminal con aquellos dos inocentes. Así que en 1778 las autoridades la mandaron derribar.

Este caso sirvió, en el siglo XIX, al escritor italiano Alessandro Manzoni para denunciar el uso de la tortura y atacar las ejecuciones de su tiempo con su obra Historia de la columna infame, que se publicó por primera vez como apéndice de Los novios, su gran novela.

Fuente
Jean Delumeau: El miedo en Occidente, Taurus, 2012

Artículo de Javier Alcaraván (@iaberius)

A la hechicera daimieleña Ana López, la Larga, también la torturaron en el siglo XVII, en las cárceles inquisitoriales de Toledo, para que confesase sobre sus hechicerías. El desenlace, sin embargo, fue bien distinto. Y es que también hay mucha leyenda negra con respecto a la Inquisición.

(Este post está adaptado de un artículo de mi blog, en el que he puesto un enlace a steemit. Por favor, antes de comentar un posible plagio, compruebe que no sea yo mismo el autor de ambos textos.)

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La ignorancia, dicen, es muy atrevida. Según quienes pretendieron acabar con la obra de Spinoza, había que escupir sobre la tumba del filósofo, pero ese epitafio se convirtió en la vergüenza de sus enemigos, como veo que le sucedió a la columna de Milán. Me alegro.

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En ocasiones, el ser humano es tan celosamente gregario que acaba rápidamente con cualquier oveja negra que se escape del redil. Aunque sea para levantarle, más tarde, una estatua ecuestre, como en la fábula de Monterroso, que quedase muy bien en el parque: "Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura".

Cuando la realidad supera la ficción, tremendo post compañero!! Te sigo!!

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Ojalá no fuera así. O estas situaciones se hubieran quedado en el pasado. Pero todavía hay mucho que aprender sobre la tolerancia. Gracias por comentar.

Qué miedo dan las turbas. En nuestros días al menos se dan más las virtuales que las físicas. Esa columna milanesa se ha transformado ahora en un hashtag en twitter.

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Lo peor es cuando las turbas virtuales alientan las turbas físicas. Como está empezando a ocurrir. Y cuando los manipuladores enardecen a las masas apelando a sus pasiones por encima de la razón... Sí, mucho miedo.

Buenos días @iaberius
La historia humana está llena actos atroces movidos por la ignorancia y creo, por desgracia, que seguirá estándolo, aunque a mucho menor nivel que antaño:
La historia de los hechos y la columna resulta interesante; también como lección aprendida o a aprender.
Saludos.

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Cuando preguntan para qué sirve la Historia, pues precisamente para esto: para evitar en el futuro los errores del pasado y avanzar como humanidad. Gracias por comentar. Un saludo.