Año nuevo
Nos acercamos al fin de año, pero la continuidad del tiempo no se verá alterada. Yo ya tengo el nuevo calendario colgado en sustitución de el del 2017. Pero esto de contar años se me hace tan trivial como contar piedras, o tapitas de botellas. De niño uno, que no recibía juguetes lujosos y a veces ni siquiera superfluos, lo que hacía era coleccionar tapitas tiradas en la calle. Caminar con el orgullo de que en la bolsa de la pantaloneta sonaran las tapas metálicas chocando entre sí, quejándose del hacinamiento a gritos agudos y crujientes. Luego llegar a casa y meterlas todas en la bolsa de la colección. Pero eso era de niño. Ahora de grande ya colecciona uno otras cosas, como libros sin leer, fragmentos de la integridad emocional que se han ido cayendo a cada error monumental, botellas de vino vacías o proyectos sin terminar. Y por lo visto años. Uno colecciona años, y los va poniendo en un escaparate. Discretizamos la dimensión del tiempo en una rejilla regular de años, días y meses. También horas. Esto para hacer del tiempo algo manejable y olvidarnos por un instante, cada vez que vemos un calendario o un reloj, que las aporías de Zenón acechan a la vuelta del momento, al reverso del presente en su dualidad casual. Es como la concepción de la infinitud de Borges, que en un espacio infinito, cualquier punto es el centro de tal espacio, y así, de este modo, no importa mucho el número del año ni su cambio arbitrario e inevitable, ya que el 2017 es tan año como el 2018. Es nada más y nada menos que una simetría de transición infinitesimal. Pero nos gusta la bulla. Bueno, a mi no tanto. Nos gusta quedar dentro de una casilla de dimensiones regulares, con límites bien definidos y bien identificada, una casilla que a veces es el año, otras veces es el sueldo y otras hasta el baño. Allí en la casilla de tamaño previsible se está cómodo. Pero renunciar a ésta, quitar la rejilla puede llegar a causar angustia. Imaginá, por ejemplo, que quedás flotando en medio del mar y no ves nada más que agua en todas direcciones, sin saber en qué año o en qué lugar. Es algo que puede resultar agobiante, digno de algún relato alegórico de Kafka. Pero estas quejas que escribo son sólo parte de mi tradición para recibir los años nuevos y despedirme de los viejos, para la transición entre casillas regulares, entre cubículos atemporales a los que imponemos una estructura convencional e imaginaria. Digamos que es mi manera de celebrar. Brindo por la próxima casilla que hemos de ocupar con esta copa de palabras reposadas, y el tañido resuena con liviandad.
De aquí a media noche habrá rodado de nuevo hasta la base de la montaña, la piedra de Sísifo.
Subidos en un planeta que a miles de km. por hora nos lleva en este viaje; no sé a donde; pero ¿falta mucho para llegar?
Y si ya nos pasamos? Abrazo, @valki
Exacto, hemos decidido discretizar el tiempo en casillas a las que llamamos años. Yo también las veo como ciclos, donde todo el mundo comienza de nuevo con proyectos y las estaciones del año lo van llevando en un ritmo de escuela, trabajo, vacaciones, verano, etc. cada ciclo con diferentes experiencias y años acumulados que lo hacen viejo a uno.
Un saludo.
PD. Oye acabo de publicar un avance sobre mis análisis del sistema de recompensas de steemit, aquí me he adentrado más matemáticamente en la parte de curación. Espero te guste.
Así es, @jga. Ciclos con límites arbitrarios. A mí me gusta más celebrar mi año en mi cumpleaños que a fin de año, y de hecho no me gusta hacer gran alboroto para mi cumpleaños tampoco. Muy bueno tu post. Saludos.
En la variedad está el gusto y cualquier forma en que uno celebre ciertos acontecimientos, me parecerá siempre de lo más respetable. Como se decía en la pequeña iglesuela de Roncesvalles, la puerta siempre está abierta, tanto para cristianos como para paganos. Que la piedra de Sísifo te sea leve y si en algún momento te resulta demasiado pesada para subirla a la cima, silba y acudiremos en tu ayuda.
Gracias @juancar347 ... es sólo el modo grinch hablando jaja
No hay de qué, amigo. Un abrazo