La vampiresa.

in #spanish9 years ago (edited)

Fuente.

Esa noche a la vampiresa le tocaba la acera del hotel Gilmar en El Rosal. Y digo: “le tocaba” porque dentro de la prostitución también hay reglas. Yo la conocí hace dos años. No supe cómo se llamaba, no quiso decírmelo. La encontré un jueves en la madrugada temblando bajo la lluvia. Llevaba un vestido negro muy corto y ajustado, medias de malla y tacones rojos. El dueño fue claro: “Puedes pararte frente al hotel, pero no puedes entrar si no vas a pagar”. Así que tuvo que mojarse, rogando que apareciera un cliente que la sacara de la tormenta y aparecí yo. Nunca tuve sexo con prostitutas. La moralidad que me inculcaron en casa no me permitía acostarme con “mujeres de la mala vida” como les decía mamá. Papá no las llamaba así, les tenía lástima. El día que la conocí yo iba manejando. La vi con tan poca ropa, temblando de frío, empapada y sola, que recordé a mi padre y su inmensa compasión con los que no tenían un techo donde pasar la noche. Seguí de largo y manejé al menos 5 cuadras mientras pensaba qué podía hacer por ella. Di la vuelta y me dije: “si sigue allí, le daré dinero y me iré”. Regresé y no se había movido. Paré el carro y bajé el vidrio, ella se acercó y le vi la cara con detalle por primera vez. Era alta y de piel muy blanca, tan blanca que parecía que el sol jamás la hubiese tocado. El cabello negro, largo y suelto le caía hasta las caderas. Los ojos, rodeados de una capa espesa de pestañas, eran grandes, oscuros y estaban muy rojos. Se notaba que estaba llorando y además el rímel le chorreaba. Su mirada emanaba un brillo que contrastaba con la inmensa tristeza que despertaba. Parecía una muchacha y a la vez una mujer, su edad era incalculable. Quiso pasarse la mano por la cara como tratando de limpiarse las lágrimas pero tenía el rostro mojado por la lluvia. Creo que se dio cuenta porque rápidamente bajó la mano para que no lo notara. Me quedé sin palabras y no supe qué hacer. ¿Qué se le dice a una puta? El vigilante me hizo señas para que entrara al estacionamiento y lo hice. Estaba casi vacío y me estacioné a la izquierda. Cerré la puerta del carro, me aseguré de que todo estaba en orden y de que me había estacionado bien. Luego caminé y abrí una puerta que daba directamente a la recepción del hotel. Ella seguía afuera mojándose y mientras yo pagaba el alquiler de un cuarto lanzaba mirabas nerviosas a través del cristal de la puerta principal. Me dieron la llave de la habitación 237. Le hice señas, corrió hasta la puerta y entró. Como por decencia trató de secarse los tacones en la alfombra de la entrada, pero era inútil. Creo que de verdad no se daba cuenta de que su ropa estaba completamente mojada y que sacudirse en la alfombra no servía de nada. Empecé a subir las escaleras. Me temblaban las piernas y tuve que agarrarme con fuerza del pasamanos. Cuando ya llevaba unos 10 escalones y no escuchaba sus tacones miré hacia atrás y ella seguía de pie al comienzo de la escalera. Seguí subiendo y escuché sus pasos detrás de mí. Eran dos pisos nada más, pero cuando llegué al segundo me di cuenta que había ascensor y me sentí idiota. Las manos me temblaban y no pude abrir la maldita puerta. Ella me quitó las llaves y lo hizo con facilidad. Entramos. Al igual que el hotel, la habitación era decadente, pero al menos la cama se veía limpia y el cuarto era amplio. Había dos cuadros mal pintados que pretendían ser mujeres desnudas en la playa pero en realidad parecían morsas aplastadas en la arena. Un sofá mediano, una mesa y una silla que me parecieron completamente innecesarias. Le dije: “deberías quitarte la ropa, te vas a resfriar”. De verdad lo dije sin mala intención, sentía que había rescatado a una muchacha que estaba bajo la lluvia y no a una prostituta. El vestido que llevaba se cerraba con una hilera de botones de metal en la espalda, se volteó, se acomodó el pelo hacia adelante y señaló los botones. Entendí que me estaba pidiendo ayuda para quitárselo, aunque yo sabía perfectamente que podía hacerlo sola. Las mujeres tienen brazos de contorsionista cuando de quitarse la ropa se trata. Comencé a desvestirla y poco a poco su espalda blanca quedó al descubierto. Su ropa interior era de encaje y sentí ganas de arrancársela pero me contuve. Mis dedos sin querer tocaron su espalda desnuda y estaba helada. Aún llevaba puestas las medias y los tacones. Se los quitó con gracia y se quedó en ropa interior. Sin ese vestido era mucho más menuda de lo que se veía cuando lo tenía puesto. Nos miramos fijamente durante unos segundos. No supe qué hacer, así que me senté en la cama. Ella vino a mi lado, pero cuando lo hizo me levanté bruscamente. Agarré su ropa, tendí sus medias en la silla y el vestido sobre la mesa. Le dije que no era necesario que tuviésemos sexo. Extrañada me preguntó: “¿Igual vas a pagarme?” Y por primera vez escuché su voz. “Te pagaré, tranquila. Duerme en la cama, yo dormiré en el sofá”. Me senté y saqué la caja de cigarrillos. Encendí uno tratando de actuar con naturalidad. Intentando que no se notara que era la primera vez que hablaba con una puta. Lo cierto es que empecé a cuestionarme por qué estaba allí. Pensé en Fabiola y su recuerdo me produjo vértigo. Me había despedido de ella un par de horas antes y habíamos fijado la fecha de la boda apenas dos noches atrás. Se sentó en la silla, rodó el vestido tendido y desocupó un pedazo de la mesa. Se sacó del sostén una bolsita con un polvo blanco, hizo un par de líneas con ayuda de una tarjeta que no sé de dónde sacó y las aspiró. No me ofreció. Se fue a la cama y la nariz comenzó a sangrarle a chorros. Fui al baño, agarré una de las toallas y la mojé para limpiarle la sangre, se echó para atrás y me la quitó. Se limpió. “Esta mierda la hacen cada vez peor” dijo en voz baja. Le pregunté cómo se llamaba y respondió sin inmutarse: “Me dicen la vampiresa”. “¿Qué hacías parada bajo la lluvia si podías entrar al hotel y no mojarte?” soltó una carcajada corta, su risa era hermosa. Recobró la seriedad y sin mirarme volvió a hablar: “Al dueño no le gusta que entremos si no traemos un cliente”. La vi darme la espalda y enrollarse en las sábanas. Se quedó dormida. Fumé tres cigarrillos seguidos, apagué la luz y me acomodé en el mueble. No sé en qué momento me quedé dormido. Desperté tan cansado como si ni siquiera hubiese cerrado los ojos. Miré la hora en mi reloj y eran las cinco. Me estiré. Escuché la ducha. Comencé a fabricar frases cargadas de un romanticismo absurdo y empalagoso que ni siquiera tuve con Fabiola. Imaginé posibles escenarios donde sólo estábamos nosotros. Pensé en invitarla a desayunar. El recuerdo de su cuerpo semidesnudo me hizo considerar pagarle por una noche más para estar con ella –sexualmente hablando- y quitarle la ropa que le había quedado puesta. Cerré los ojos de nuevo esperando que saliera del baño y me quedé dormido otra vez. Cuando desperté ya había salido el sol y la ducha seguía abierta. Me levanté, abrí la puerta del baño y ella no estaba. Busqué mi teléfono y mi billetera, estaban sobre la cama. Resignado, esperando lo peor, abrí mi billetera y vi que el dinero que llevaba la noche anterior estaba completo. De ella sólo encontré la toalla manchada de sangre y sus medias tendidas en la silla tal como las dejé. Nunca más la volví a ver. Desde hace dos años, todos los jueves en la madrugada manejo por El Rosal y paso frente al hotel Gilmar tratando de encontrarla. La vampiresa se fue antes de que saliera el sol, no se llevó nada, quizás es muy predecible que una puta robe.

Danie.
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Muy bueno y muy real ¿De verdad eres mujer? ¿Como puedes pensar como un hombre? Te felicito, dedícate en serio, tienes mucho futuro en esto.
Algún día me firmaras una novela.
Saludos.

Hola, @valki. Sí soy mujer, jajaja. Gracias por leerme. Ojalá llegue ese día de publicar en físico, con gusto te enviaré una copia. Saludos ♥

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