La puerta al final del pasillo. Periplos, Revista de Arte y Literatura. N° 3

in equipocardumen •  9 months ago

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La puerta al final del pasillo / @jcalero*


No hay nuevas historias, solo distintas maneras de contarlas. Desde Homero hasta su servidor, la humanidad ha contado siempre las mismas historias, ajustándolas a su contexto histórico y cultural.

La originalidad no es crear algo totalmente nuevo, cosa prácticamente imposible. La originalidad nace de lo que cada autor toma de su esencia y vuelca en la página, es su intelecto buscando nuevas maneras de contar cosas, es su estilo y su voz, es no seguir fórmulas o patrones supuestamente exitosos. Ser original no significa contar nuevas historias, es contar las mismas antiguas historias de una manera distinta.

Dicho esto, cuando me pidieron colaborar con la Revista Periplos no dudé en aceptar la propuesta; es sin duda alguna una gran iniciativa respaldada por grandes autores que hacen vida en Steemit y participar en ella es para mí, un gran honor. Pero tenía un pequeño problema, una fecha tope y un pequeño gran bloqueo de escritor.

Pero no iba a perder la oportunidad de participar en Periplos, así que hice trampa. Como sabrán, la inspiración viene de muchas maneras y la mayoría de las veces no sabemos de dónde sale. Mi pequeña trampa fue que tomé conscientemente una idea prestada, usé una imagen de un genial cuento para contar una historia distinta. Hice lo que se llama un “ejercicio narrativo” que no es más que tomar una anécdota, idea, y reescribirla para darle un nuevo sentido.

Cuando leí “El Deseo” de Roalh Dalh me maravilló la manera en que usó una imagen simple para narrar una historia que es mucho más de lo que aparenta. La imagen se me quedó grabada en la mente y escribí en base a ella mi propia historia, una historia sencilla y sin pretensiones, uno de mis “cuentitos simpáticos” (como me gusta llamarlos), escrito sin más intención que la de entretener. Espero les guste este cuento, tanto como a mí escribirlo.


Fuente


La puerta al final del pasillo


El niño saltaba cayendo siempre en el mismo color. Con sumo cuidado, su cara reflejaba concentración mientras calculaba el próximo salto. Debía aterrizar en la zona negra, caer sobre cualquier otro color significaría una muerte tan cierta como dolorosa.

Saltó, su pie enfundado en zapatos deportivos cayó justo en medio del cuadro negro y respiró aliviado. Recién empezaba su camino, si lograba llegar al final, habría escapado del pasillo plagado de trampas, de hojas filosas que podrían partirlo a la mitad, de dardos envenenados que saldrían de las paredes matándolo sin duda instantes después de rozar el inseguro piso. Se dijo que el riesgo valía la pena, al final del pasillo, la puerta guardaba tesoros por los que valía la pena morir, o al menos eso pensó cuando se decidió a atravesar el traicionero pasillo.

Respiró, calmándose. Con cuidado, apoyó ambos pies sobre el suelo, tomándose un momento para estudiar su próximo salto. Miró a su meta, una enorme puerta de madera antigua, tallada con miles de arabescos, tachonada de metal acá y allá, una puerta antigua, pesada e intimidante hecha para proteger un gran tesoro. Parecía cerrada y no sabía cómo abrirla, pero aún estaba lejos y el niño se dijo que una vez frente a ella encontraría la manera de entrar.

El niño reunió de nuevo todo su valor, saltando con agilidad un par de veces, primero aterrizó con el pie derecho a centímetros del borde, aprovechando el impulso para continuar el salto, aterrizando con el pie izquierdo un metro y algo más allá. Mientras volaba, sintió como un ligero soplo de aire movió su cabello negro y una gota de sudor frío bajó por su frente, sabiendo que el viento bien pudo ser causado por una hoz que lo habría decapitado sin duda.

El miedo amenazaba con inmovilizarlo, supo lo cerca que estuvo de morir de una manera terrible y su respiración se agitó de nuevo. El sudor bajaba por su frente en pesadas gotas, las piernas se le pusieron rígidas y el temblor se apoderaba de su cuerpo. Parecía indefenso y derrotado ahí en medio de su camino; aún lejos de la gran puerta.

Pero continuó, decidido a no arriesgar su vida en vano; sería cuidadoso y paciente. Respiró profundo, lento, una y otra vez para obligar a su cuerpo a tranquilizarse. Con el dorso de su mano limpió su frente y poco a poco la expresión de su cara cambió del miedo a la decisión. Otro salto y otro, y otro.

Ya estaba muy cerca de su meta, podía distinguir los dibujos de la puerta. Vio atrás y se sorprendió lo mucho que había avanzado en ese pasillo plagado de muerte. Se tomó un momento para estudiar la gran puerta.

Era enorme, ya eso lo dije. De madera antigua, pesada, con enormes bisagras de metal antiguo corroído por el tiempo, toda la superficie cubierta de minúsculos y delicados dibujos que recordaban antiguas civilizaciones. Acá y allá, tachones del mismo metal viejo distribuidos de manera uniforme por toda su superficie, tachones que para el niño no eran más que cabezas de lanzas dispuestas para empalar a quien osara violentar la puerta.

Miró la cerradura, intentando descifrar como abrir la gran puerta una vez estuviera frente a ella. Notó que no había ojo en la cerradura, “así que no necesito llave”, pensó. Eso le dio esperanzas.

Otro salto, esta vez resbaló al aterrizar y poco faltó para pisar fuera del cuadrado negro. Cuando miró abajo vio el borde de su zapato a milímetros de la línea; lo retiró inmediatamente, cerró los ojos con fuerza y esperó la muerte en forma de un tronco cayendo desde el techo. No sucedió. El niño levantó la mirada y agradeció al cielo por ayudarlo esta vez.

Ahora se arrepentía de haber empezado. Miró atrás y supo que no podía volver, debía continuar o morir ahí, solo en el pasillo de las trampas. Por momentos parecía que no era capaz de reunir el valor para continuar pero nuestro niño no era un cobarde. Se sobrepuso otra vez a su miedo y avanzó, salto a salto hasta el final.

Al fin estaba ahí, frente a la gran puerta. Miraba la madera pulida y los extravagantes dibujos que la cubrían. Miró los tachones que creía herrumbrosos pero que a esa distancia no quedaba duda de estar cubiertos sangre seca. Instintivamente, miró atrás y distinguió entre el polvo del piso un esqueleto reseco cubierto de telarañas. El niño supo entonces que de equivocarse al abrir la puerta, los tachones saldrían disparados, atravesándolo y empujándolo sobre el piso traicionero que pensó dejar atrás.

Pero detrás de la puerta estaba el gran premio. Tanto trabajo, tanto riesgo tendría recompensa se dijo. Tardó una eternidad en decidirse, respiró profundo y alargó la manita hacia la enorme perilla. La posó con delicadeza e intentó girarla con sumo cuidado. No cedió, la antigua puerta era enorme y apenas podía aferrar la perilla con su mano infantil. Estiró la siniestra, uniéndose con la diestra. Aferró la manilla con ambas manos, y con una respiración profunda se dispuso a girarla.

Cedió. El niño sintió bajo sus manos un pequeño clic y se detuvo inmóvil. No había sido atravesado por las lanzas ocultas bajo los tachones. Dejó escapar el aire en un largo suspiro. Continuó girando la perilla hasta que sintió como la puerta se abría. La haló, la puerta giró sobre sus goznes sin un sonido, deslizándose en silencio a pesar de su tamaño y antigüedad. El niño miraba los fantásticos tesoros ocultos que ahora se revelaban ante sus ojos, estiró la manita para tomar el más valioso que estaba a su alcance cuando dio un respingo al escuchar un sonido macabro a sus espaldas. Supo que estaba muerto cuando escuchó: 

─¡Alejandro, deja las galletas!  

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*@jcalero. Nacido en Valencia, Venezuela, en el año 1982. Egresado de la Universidad José Antonio Páez como Licenciado en Mercadeo. Ensayista, articulista y escritor aficionado a los géneros terror, ciencia ficción, realismo sucio y humor. Hace vida en Steemit desde finales del año 2017, siendo participante recurrente y ganador en varias ocasiones de concursos literarios. Ganador de la Temporada Peret 2017-2018 del Concurso de Microrrelatos de Terror #MicroTerror256 organizado por @trenZ.

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Después de tanta tensión me hiciste reír. Qué buen relato @jcalero. Un gusto verte por aquí. Saludos

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¡Gracias! ¡Me alegro lo hayas disfrutado!

Haces justicia a la introducción sobre la originalidad, @jcalero, la trampa no la vi o la hiciste muy bien. Hermoso cuento de un niño imaginativo. Me recuerda algo... a un dibujante que hacía la escena que tenia un niño en mente y luego su realidad sin imaginación. uhmmm! si lo recuerdo te lo cuento. Un gusto leerte, aquí en Periplos.

Un final inexperado, sorprendente y simpático. Bien lograda la tensión a lo largo del relato. Te felicito. Gracias por tu aporte a la revista. Un abrazo.

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Fue un placer y un honor participar.

Muy buen relato. Todo un misterio. Y un Alejandro rodeado de aventuras para conseguir galletas :D ... Felicidades al equipo Cardumen por esta iniciativa. Saludos

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Me gustó mucho su relato, @jcalero. Está trabajado con una tensión particular, para desembocar en un final donde hace gala de la ironía sorpresiva. Este recurso -transvase entre lo irreal y lo real- me parece que lo manejó muy bien. Gracias por darnos la oportunidad de leerlo en Periplos. Saludos.

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Hmmm, si supiera que no tenía idea que usé recursos con nombres formales, en cierta manera soy bastante ignorante porque soy autodidacta, mis maestros han sido las lecturas que he acumulado y para ser honesto, nunca le presté demasiada atención a las clases de castellano y literatura (no me interesaba en su momento).
Pero es bueno saberlo, quizá debería dejar la pereza y leer un poquito al respecto, mal no me hará.
Gracias por leer, es un placer y honor participar en Periplos.

La imaginación infantil no tiene límites (bueno, la limitan los adultos)!
Excelente relato, @jcalero. Más sorpresivo que la historia de Dalh (que en el inicio nos revela la "fantasía" infantil).
Toda una maraña de aventuras a la Indiana Jones, sin el final posiblemente más grotesco que la historia de Dalh.

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Así funciona la creatividad, leí a Dalh, me recordó a Indiana Jones y a Tomb Raider y me dije ¿Que podría estar haciendo un niño para imaginarse que estaba saqueando reliquias antiguas? La solución... saqueando la despensa (yo también lo hice) y voalá, ahí estaba el germen del cuentito; uno simpático, entretenido y que a todos (o la mayoría) les haría recordar su infancia y sonreír. El resto, fue buscar la manera de meter al lector en la historia, hacerla interesante y por qué no, engañar al lector para que se identificara y temiera por el niño sin revelar hasta el final lo que estaba pasando en realidad.
El de Dalh es genial, no es para menos, pero mi intención no era competir con él si no tomar su idea (el niño jugando) y hacer algo mio, distinto y entretenido. ¡Creo que lo logré!, ¡gracias por leer!