Última vigilia. Un relato de Ciencia Ficción.

in #cienciaficcion2 years ago (edited)


Última vigilia



  • Reanimación por asistencia: 1. Personal Médico. ID 0011. Francisco Bok.
  • Decesos confirmados por síndrome criogénico: 2. (D 0001 / Jefa de Unidad Ingeniería Biológica y Exobiología. Causa: Falla multisistémica / ID 0023 / obrero de campo. Causa: Falla multisistémica).
  • Reanimaciones diferidas: 1
  • ID 0001-A / Brigada de jóvenes colonos
  • Cápsula A-03
  • Estado: En espera por sondeo de campo para reanimación de Brigadas Jóvenes.

∞∞∞●∞∞∞

Flotaba sobre el lago, el espejo del agua atrapaba un cielo en llamas. La canoa derivó suavemente hasta la orilla. Un poco de agua fría se le coló dentro de la bota. Afirmó los pies con dificultad en el lodo y una nube marrón borró la visión nítida de las piedrecitas de la orilla. Salió del lago y caminó por la arena hasta encontrar un trecho de agua cristalina; se agachó con cuidado muy cerca del agua. La masa vegetal de la selva era un peso que respiraba a sus espaldas. Ajustó el visor: pequeñas criaturas flotaban en aquel caldo de vida. Una manada microscópica de gran belleza, como flores de cristal que galoparan en un campo azul. Se perdió en aquella visión.

Estaba en el campamento Sur-Amazonia, donde todo comenzó.

Desde hacía meses colaboraba con la Unidad Biológica que dirigía su esposa. Pronto la evidencia abrumadora haría que agregaran el término “Exobiología” al nombre de la unidad. Él siempre formó parte del grupo de apoyo, sólo era oceanógrafo, y sicólogo (y había defendido siempre su derecho a cultivar ambas pasiones, aunque entendía que su diletantismo le había impedido destacar profesionalmente). Mariana siempre había sido la persona genial en el matrimonio: especialista en ingeniería genética y exobiología… Hasta que nació Luna y se convirtió en la persona más genial para ambos. De hecho, viajar con el equipo de apoyo había sido la forma que encontraron de mantener a la familia junta a pesar de las expediciones de campo que copaban la vida de Mariana.

Hasta el momento lo superaban bien. Solo estaban a disgusto algunas veces, cuando el campamento se veía atestado de personal militar. Lo reconvenía. Y le irritaba particularmente la admiración que Mariana profesaba a algunos científicos de la Unidad de Defensa Biológica.

Sí, Mariana había sido la persona genial en el matrimonio y ahora estaba muerta.

∞∞∞●∞∞∞


Lucas se obligó a seguir rellenando la bitácora, una de sus funciones principales como mayordomo de esta etapa de la misión. Le costaba mover los dedos, a pesar de que ya habían transcurrido algunos días desde su reanimación.

Contempló la hilera de cápsulas de su sección. Veinte personas debían dormir, y tal vez estar soñando con hermosos prados. Sin embargo, dos habían muerto en el transcurso de los últimos veinte años… Y, a pesar del sentimiento de vergüenza que le quemaba, debía admitir que a él sólo le importaba una de esas dos muertes. Solo una le hacía sentir que el corazón se le llagaba, y solo una le hacía sentir el cuerpo mezquino por ejecutar tan saludablemente la vida, solo una le hacía posponer la reanimación de Luna. ¿Qué le diría? ¿Cómo justificaría que el futuro luminoso y colorido que le prometieron no sólo era incierto, sino que tendrían que construirlo sin su madre?

En algún momento de los últimos veinte años, los órganos de Mariana dejaron de funcionar y los sistemas de emergencia de las cápsulas no se encendieron. Porque los sistemas podían fallar (y fallaron). Eso lo sabían desde el principio y, sin embargo, se habían lanzado a aquel destino con desesperación hambrienta. Habían arrastrado a Luna a todos aquellos peligros apostando por un futuro que no podían prever, ensoberbecidos de Ciencia. Habían defendido teorías de curación de las aguas y los suelos con una seguridad que sabían, en el fondo de sus almas, que era falsa. Habían integrado las misiones que persuadieron al Consejo de Seguridad de autorizar al Domo Sur-Amazonia a aquella larga expedición en el tiempo. A aquel viaje estacionario. Habían sido como niños aterrorizados por un presente que no sabían cómo enfrentar y habían arrastrado muchas vidas con ellos. Apostaron todo a correr la arruga y habían hecho una apuesta alta.

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Cien años; cinco despertares. Hacía veinte años, en la penúltima vigilia, los drones de la avanzadilla de exploración habían traído señales ambiguas. La presencia de los Moly (como comenzaron a llamarlos los noticieros de la época) era evidente. Fuera del domo, las gigantescas ceibas lucían cubiertas de un manto tenue de blancas flores. No hubo observación de vertebrados en el cuadrante, pero sí insectos, y, sorprendentemente, había peces. Las esporas microscópicas estaban en el agua, pero eran muy escasas. Todo parecía indicar que los Moly estaban muriendo. ¿Cuánto quedaría allá afuera del mundo que conocieron? El pulso de las comunicaciones se escuchaba en todos los dispositivos, pero ninguna voz respondía. Ninguna conexión a internet funcionaba.

Hacía cien años, un grupo de transnacional estaba apresurando el abordaje de una estación espacial, ¿lo habrían logrado? Otros domos en otros continentes deberían estar en una situación similar a la del Domo Sur. Rogaba por ello.

Le costaba creer que había visto a Mariana y a Luna solo cuatro veces en los últimos cien años. A pesar de los resultados poco esperanzadores, estar juntos y vivos los había llenado de euforia. El personal del domo y los colonos habían celebrado. Hubo música. Bailaron. Se permitieron ser algo pródigos con las raciones dulces. Habían sido felices por pocos días cada vez antes de volver a dormir (habían hecho el amor con desesperación, torpes, los miembros acalambrados por la prolongada animación suspendida, y, aun así, magníficos, dos llamas perfectas contra los cristales del domo —y la selva atrás con el peso de su respiración tortuosa bajo el manto de los Moly).

Mariana estaba muerta.

Y él sólo sentía como una obligación lo que venía, porque sentía que sus actos ya no estaban movidos por la esperanza. No tenía nada que construir allá afuera. Y lo sentía por Luna, lo sentía en su alma, en el centro de su dolor, no le bastaba con su hija.

Lloró.

∞∞∞●∞∞∞


 

A través del cristal del domo la luz se levantó con furia encendida. Le ardían los ojos. No había dormido. Noche dura.

Se dispuso a seguir rellenando la bitácora:

  • Reanimación por asistencia: 1. Personal Médico. ID 0011. Francisco Bok.
  • Decesos confirmados por síndrome criogénico: 2. (D 0001 / Jefa de Unidad Ingeniería Biológica y Exobiología. Causa: Falla multisistémica / ID 0023 / obrero de campo. Causa: Falla multisistémica).
  • Reanimaciones diferidas: 1
  • ID 0001-A / Brigada de jóvenes colonos
  • Cápsula A-03
  • Estado: En espera por sondeo de campo para reanimación de Brigadas Jóvenes.
 

El sol iluminó las densas copas de las ceibas gigantes. Un manto blanco, algo mustio, como el velo de una novia muerta cubría la majestad de la selva.

Entonces lo vio.

Un pequeño pájaro amarillo, posado en una rama baja, rasgaba el velo de Moly con picoteo nervioso. Tomó una pequeña semilla y la llevó en su pico. Un jirón blanquecino cayó al suelo y se deshizo.

Siguió el vuelo del pequeño pájaro y valoró el milagro de su cuerpo pequeño de pájaro. Su corazón se hizo liviano en el vuelo del ave, ignorante de la trascendencia de su intervención en la salvación de esa tierra.

Sonrió.

Volvió al trabajo. Tachó el diferimiento de la reanimación.

Cien años eran suficientes. Luna vería el mundo que estaban conquistando.

Y lo harían juntos.


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