El coágulo

in #entropia7 years ago

—¡Pucha! ¿Otro piquete?, ¿a esta hora? —se quejó Armando Solano.


Miró su reloj, eran las once de la noche, ya llevaba nueve horas seguidas arriba del taxi y lo que había recaudado no le alcanzaba ni para pagar el alquiler del vehículo. Su impaciencia se convirtió en indignación y furia cuando vio que lo que cortaba la avenida era una masa de ciclistas que en ese momento la cruzaba. «Yo rompiéndome el lomo para vivir —pensó— y estos están paseando». Esperó un momento, pero la caravana era interminable y transitaba muy lentamente; muchos ni siquiera pedaleaban, sino que caminaban al lado de la bicicleta que hacían rodar sosteniéndola por el manillar.

—¿Qué hacen? —le espetó asomándose por la ventanilla a un adolescente que entonces pasaba por delante—. ¡Déjenme laburar!

El muchacho lo miró y se sonrió. Solano sintió entonces que su cabeza se le comprimía, le sobrevino una fuerte opresión en la parte posterior del cráneo. Tocando la bocina adelantó el taxi hasta casi tocar con su paragolpe al joven ciclista. El muchacho reaccionó golpeando con su puño en el capó. Entonces, un coágulo de ira roja que se le había formado al taxista en el cerebelo brotó por su nariz. Su cabeza experimentó cierto desahogo, pero aquella bola sanguinolenta se expandió a la velocidad del rayo y en un abrir y cerrar de ojos había invadido por completo el interior del coche.

No había ya lugar para Armando Solano, para el hombre que definía y defendía aquel nombre; el inmenso coágulo había tomado el gobierno del taxi. Entonces aceleró, ciegamente, llevándose por delante cuanta bicicleta y ciclista se interponía en su camino. Tras franquear esa barrera de hierro, caucho y carne, el coche siguió a toda velocidad, sin detener su loca carrera ni siquiera ante los semáforos que en rojo así lo exigían. El coágulo se regocijaba. No le competía a él pensar en recaudaciones y alquileres, ni tampoco recapacitar en aquello de que toda acción tiene sus consecuencias; pues no hay lugar para cavilaciones y juicios en la inmanente y efímera existencia de un coágulo colérico. Con la misma espontaneidad con que había surgido se contrajo hasta volverse una simple gota de sangre que ensuciaba el tapizado.

El taxi entonces se detuvo. Solano, con obsecuente calma, tomó un trapo de la guantera y quitó con él la mancha roja.

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A veces siento que en mi país hay muchos coágulos, solo explotan y hacen daño, sin pensar en consecuencias.

Esto debería hacerse en un cortometraje, es genial.

Gracias, Marpa.
Mirá si no habrá coágulos acá que el relato lo escribí a partir de un caso real: https://www.clarin.com/sociedad/atropello-ciclista-participaba-caravana-palermo_0_r13eLnKswme.html

Oh, por si acaso, mejor no salgas en bicicleta...
Terrible situación, ¿dónde quedó la tolerancia?

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