El colectivo de Corino. Cap.2

in #art8 years ago


En la guerra urbana, no existe un frente definido y las fuerzas no son uniformes

2

El señor Sifontes, de 54 años de edad es el dueño de la estación de servicio y ha venido a toda prisa tan pronto le dijeron lo que pasó. Al llegar se presenta a los CICPC y comienza abrir las puertas del local, en busca de la oficina, donde está el equipo que registra las grabaciones de la cámara de seguridad. — ¿usted cree que puedan terminar su trabajo antes del amanecer? Mire, no quiero ser insensible; pero esto se tranca por la mañana y si ustedes están aquí, ¡imagínese! Por eso estoy aquí, para ayudar —pregunta el señor, con tacto. Después de todo, ese es su trabajo y no quiere pararlo. — ¡claro señor! Ya llegaron los forenses y estamos recabando toda la información. Ya estamos por levantar el cadáver y remolcaremos el carro. Con la cinta, ya tendremos lo que necesitamos y no será necesario mantener cerrado el lugar. Ahora, ¿si me permite la cinta?— dice Salazar, para agilizar más las cosas.

Entonces comienzan a retroceder la grabación y llegan justo al momento de los sucesos. Observa cuando llega el inspector (el que resultó muerto) a la estación de servicio y le pide al bombero que le llene el tanque de gasolina, entonces mientras espera que el tanque se llene, se pudo ver que llegó otro vehículo y allí sale una persona efectuándole el disparo desde otro vehículo, recoge algo del vehículo, posiblemente los artículos robados luego del homicidio.

Entonces, ya tienen todo lo que necesitan y esperan a que lleguen la ambulancia y la grúa. Finalmente, no esperan mucho ya que a los cinco minutos llegan y trabajan con rapidez, total, nadie quiere estar a esa hora en la calle y menos haciendo ese tipo de trabajos. El inspector, que entonces ya no tiene sueño, avisa al comando del CICPC que irá a comenzar las averiguaciones pertinentes del caso.

Pero antes, se detiene en una arepera y compra dos arepas de pernil con queso amarillo y además, 6 Soleras verdes. Cuando va saliendo, le impresionan dos indigentes que están a los lados del local, durmiendo y un muchacho que limpia vidrios diciéndole que le dé dinero.
— yo no te voy a dar plata. Si quieres, te compro una arepa. ¿Quieres? —le dice Salazar, sabiendo que si le da la plata él la va a usar para comprar drogas, crack, específicamente.
— ¡no joda, no me des un coño! —contesta el chamo y se va rápidamente. Esto indigna a Salazar. Le da lástima la situación en que están miles de jóvenes venezolanos cuyo futuro está marcado por la droga. Le parte el corazón verlos reducidos a tal estado de miseria, el usa esa energía para combatir el crimen con fiereza y efectividad. Se encamina a la comisaría, en Bello Monte y mientras se va tomando las cervezas. Antes de llegar repone en un bar que está abierto las que se ha bebido, que son dos.

Prosigue su camino y se sorprende viendo la gente que anda en carro por la calle. Todo el mundo se queja de la delincuencia, pero en un viernes por la noche las calles están tan transitadas como un lunes por la mañana.
Solo que en este caso la gente no va pendiente de trabajar; sino de rumbear. “la prensa exagera mucho; aunque de todas maneras, las calles son muy peligrosas” con esta idea llega a la sede y en la alcabala le sorprende ver a un comando de acciones especiales haciendo guardia.

Una vez que se estaciona, saca sus arepas y sus cervezas. Va a la sala de investigación y llama al forense y a los nuevos asignados al caso. Mientras, comienza a devorar una de las arepas, y las empuja con la cerveza. Llegan las fotos.
— ¡coye, goloso! ¡Dame un mordisco! —dice el fotógrafo que está de guardia. Y le ofrece, el compañero prueba y aprueba la calidad de la arepa.
— coye, gracias por la rapidez con las fotos. ¡Volaste! Mira, agarra una birra. ¿Quieres?— ofrece Salazar, agradecido.
— no mano, ahorita voy saliendo para el junquito. Dos muertos. — dice el fotógrafo mientras se retira.
Llegan unos nuevos, quienes rechazan los ofrecimientos de cerveza de Salazar. Tampoco quieren comer, dicen que se compraron un pollo asado y están full.
— ¡hagan café, que se van a dormir! —dice Salazar, pero advierte que los nuevos andan con dos tazas. Por un lado le fastidia esos nuevos que llegan enérgicos y muy pilas y atentos. Pero se siente aliviado porque cuenta con gente capacitada y dispuesta a trabajar. Entonces pide el informe preliminar y si ya tienen información sobre el agente. Le dicen que ya tienen el número de la familia… el agente estaba casado y tenía dos hijos. Uno de los nuevos se encarga de llamar a los superiores del inspector fallecido, pero también necesitan averiguar el itinerario.

Pasa un rato y luego de llamar a varios conocidos de la víctima obtienen que la información precisada sobre el recorrido que vino realizando el inspector hasta llegar al lugar donde fue localizado, después de haber compartido con compañeros de estudio y trabajo, en horas de la madrugada se dirigía a su residencia ubicada en Maracay.

— ya le avisaron a la familia y los amigos saben. Tenemos que resolver este caso lo más rápido posible, no vaya a ser que nos culpen de ineficientes. —dice uno de los nuevos y aunque tiene la razón, eso molesta a Salazar.
— lo que quiero que hagan es buscar información sobre el lugar, los delitos cometidos en la zona, las bandas que andan por allí. Luego quiero que llamen a Maracay y pregunten a los superiores si el inspector tenía enemigos. Ah, quiero saber qué dicen sobre las huellas digitales. —dice Salazar, decidido ya en esclarecer el caso en tiempo récord. La mañana avanza y ya se bebió sus cervezas. El comisario de guardia pasa y le dice que le acompañe a beberse unas cuantas.
— bueno, sigan investigando, ¡vamos a ver si al cumplir sus guardias tienen algo bueno! —dice Salazar, procurando retar y a la vez motivar a sus subalternos.
Los agentes salen y van al bar, que aunque son las tres de la mañana, está con una buena afluencia de personas. Se sientan y comienzan hablar. El comisario enciende un cigarrillo y le ofrece a Salazar, pero el rechaza el ofrecimiento.
— ¿estás dejando de fumar?— pregunta Guerrero, el comisario.
— no, simplemente no me provoca fumar. —contesta Salazar, distraído.
— mira, esta noche es una mierda. Hay muertos en toda Caracas. ¿Qué te parece? — pregunta Guerrero, con clara intención de llevar la conversación a un punto en particular.
— me parece que es el cuento de nunca acabar. Tú sabes que yo busco a los organizados y los crímenes mayores. Por ejemplo, el homicidio de esta madrugada. Por eso estoy aquí, no? —dice Salazar, en una maniobra clara de hacer hablar al jefe.
— vi el video de lo que pasó en esa bomba antes que llegaras. Te digo: es una banda. Y son de por ahí. Busca la que esté más activa y ve a haber si hay sospechas en torno a ellos. ¿No se te ocurre nada? —el comisario pregunta animado.
— bueno, tengo en la lista al menos a cinco bandas, que podemos reducir a tres, por el sector donde ocurrieron los hechos. Pero a mí lo que me intriga es que no se llevaron el carro. Digo, cuando vieron la pistola y chapa, se dieron cuenta de que mataron a un CICPC, entonces, si ya te metiste en ese problema, ¿por qué no se llevaron el carro? Al menos le hubieran sacado unos reales en una chivera. Van a necesitar de todo para librarse de nosotros. —dice Salazar.
— sí, pero no te olvides que la ley es igual para todos…—pero es interrumpido.
— no seas ingenuo, tú mismo me enseñaste que estos casos, por el mismo sistema, se resuelven más rápido. Yo también creía lo mismo, pero imagina el caos que se forma si los delincuentes se dan cuenta de que al matar a los agentes de seguridad del estado pueden quedar tan impunes como en otros casos, piénsalo. Además, ellos andan en guerra y son el enemigo. Lo siento, pero yo voy por ellos. —dice resueltamente Salazar.
Piden más cervezas y enciende otro cigarrillo. Además, le da razón sobre lo que hablan y le dice que es cierto, sólo trataba de averiguar lo que está pensando en realidad. Entonces le dice que es mejor que resuelva el caso en tiempo récord, así los agentes se sentirán más seguros, sobre todo los del interior.
— claro que voy a resolver esto, el tema es que yo no sé qué terreno pisamos. En todo caso, sé que es un crimen mayor y organizado, el asesino contó con ayuda de otros, probablemente sus socios. Pero te digo: si es una banda, resolvemos esto —afirma Salazar, tocando madera.
Entonces regresaron a la sede y cada quien a su trabajo, Salazar se dirigió a la sala de investigaciones mientras que Guerrero hizo lo propio al puesto de mando.
Salazar, al regresar, descubre la sorpresa de que los agentes han identificado a una serie de personas que estaba en el lugar. Quienes se encontraban esa madrugada en el sector, eran los operadores de la estación, que estaban jugando domino, taxistas circundantes del lugar, esperando clientes provenientes del Terminal, también había vendedores de café y arepas. También se dieron cuenta que con el hallazgo del Inspector muerto, la Brigada de Investigación de Homicidios del CICPC, llevaba una relación investigativa de doce muertes violentas, en la Gran Caracas por homicidios.
Luego, al revisar el video se dan cuenta de que el vehículo donde huyeron los atacantes era un Ford Fiesta, color azul oscuro. De inmediato, buscaron datos del carro y con las informaciones concernientes a las bandas que operaban en la zona, encontraron a dos sospechosas.

— ¿ven? Les dije que esto se trataba de bandas. Ahora, el carro nos dirá de quiénes se trata. —dice Salazar, confiado ya en que pronto tendrá la verdad en sus manos.
— confiemos, jefe, en que el carro esté vinculado a esas bandas. —dice uno de los nuevos, el otro se le queda viendo, con cara de que dijo algo que no era, pero a Salazar no le importa. Llega un agente con una hoja en la mano y les dice:
— ese carro ha estado involucrado en varios crímenes. Ha sido usado por varios sospechosos y actualmente está solicitado. Dónde lo ubicaron? Hay que detenerlos —y Salazar se dirige al agente y le quita la hoja de la mano ve el nombre: los sospechosos relacionados al vehículo son: Emiliano José Rodríguez Puyando “El Uchire” y William Júnior Páez Escalona “El Williancito”.
— ese apellido… si llega vivo, lo van a puyar en la cárcel. —dice uno de los agentes investigadores, riéndose.
— éstos son socios de Corino. Señores, buscamos a Corino y su colectivo. —sentencia Salazar, triunfalmente. Pero el problema sería atraparlos.

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