Festín de Primavera
Las camisas sudadas, con manchas siluetadas de rojo viejo, parecían tan raras en aquel sillón del salón de la casa de Martina. Te lo juro que en la casa nadie hablaba de aquel militar retirado que había acabado con un sinnúmero de personas un domingo, recuerdo que era primavera. Todos en el pueblo del festín, habían disfrutado dos días seguidos en aquel vasto jardín natural, a sólo 30 minutos del caserío.
Los adultos bebían vino y los niños; cócteles naturales de frutas. Martina, la Profesora de Inglés del único colegio del pueblo, miraba plácidamente el exquisito cuadro natural. Recuerdo, claramente que eran las seis de la mañana. Su mente se detuvo por un instante. Todo olía a felicidad pura.
Pero el festín se convirtió en algo efímero. Al voltear, la imagen que vio, la aniquiló, porque los acompañantes del inolvidable momento tristemente yacían en la alfombra natural de aquel ensombrecido contexto. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no a mí?- Gritó horrorizada, la educadora. De inmediato se dio cuenta que su vestido blanco de gasa, ahora era rosa pálido. Lo extraño era que sus delicadas manos olían a sangre de muerto. Pero lo más inesperado fue que ella, al parecer no sintió nada.
Los niños de su curso rodeaban sus pies, formaban casi un ramo de rosas tristes. Soltó un gemido entrañable y cayó de rodillas en el fino pasto. Su delgada figura, no soportó, tanta desgracia... Despertó en una colchoneta desgastada de un cuarto oscuro no conocido. Un ruido la puso en vilo. Eran pasos presurosos. Temblorosa levantó la mirada y vio la imagen de un varón fornido, recién bañado. ¿Quién es Usted? - preguntó entrecortada la maestra.
¡El que aniquiló tu alegría! Respondió con voz hiriente, el enigmático ser. Su mirada desprendía hostilidad... Pero logró aniquilar, cual inyección letal a la plaga. Bastó un descuido y la sagacidad de la mujer.
Desde ese momento, nada le aturde. Ahora comparte con su hijo un delicioso desayuno... La gente del pueblo aún no entiende que ocurrió aquel día festivo.

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Las camisas sudadas, con manchas siluetadas de rojo viejo, parecían tan raras en aquel sillón del salón de la casa de Martina. Te lo juro que en la casa nadie hablaba de aquel militar retirado que había acabado con un sinnúmero de personas un domingo, recuerdo que era primavera. Todos en el pueblo del festín, habían disfrutado dos días seguidos en aquel vasto jardín natural, a sólo 30 minutos del caserío.
Los adultos bebían vino y los niños; cócteles naturales de frutas. Martina, la Profesora de Inglés del único colegio del pueblo, miraba plácidamente el exquisito cuadro natural. Recuerdo, claramente que eran las seis de la mañana. Su mente se detuvo por un instante. Todo olía a felicidad pura.
Pero el festín se convirtió en algo efímero. Al voltear, la imagen que vio, la aniquiló, porque los acompañantes del inolvidable momento tristemente yacían en la alfombra natural de aquel ensombrecido contexto. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no a mí?- Gritó horrorizada, la educadora. De inmediato se dio cuenta que su vestido blanco de gasa, ahora era rosa pálido. Lo extraño era que sus delicadas manos olían a sangre de muerto. Pero lo más inesperado fue que ella, al parecer no sintió nada.
Los niños de su curso rodeaban sus pies, formaban casi un ramo de rosas tristes. Soltó un gemido entrañable y cayó de rodillas en el fino pasto. Su delgada figura, no soportó, tanta desgracia... Despertó en una colchoneta desgastada de un cuarto oscuro no conocido. Un ruido la puso en vilo. Eran pasos presurosos. Temblorosa levantó la mirada y vio la imagen de un varón fornido, recién bañado. ¿Quién es Usted? - preguntó entrecortada la maestra.
¡El que aniquiló tu alegría! Respondió con voz hiriente, el enigmático ser. Su mirada desprendía hostilidad... Pero logró aniquilar, cual inyección letal a la plaga. Bastó un descuido y la sagacidad de la mujer.
Desde ese momento, nada le aturde. Ahora comparte con su hijo un delicioso desayuno... La gente del pueblo aún no entiende que ocurrió aquel día festivo.