La soledad de Lucho y la visita del Presidente (relato-crónica)

in venezuela •  last year 

  La ciudad es simo y verde oliva: el color que ostentan los militantes del partido de gobierno y el color de los que defienden al gobierno, que protegen al único jefe del gobierno. La ciudad está trancada por todos lados, por todos lados hay militares y policías; raudos aviones de combate y helicópteros sobrevuelan la ciudad; ríos de gentes con sus franelas, gorras y banderas color simo; gentes de todas las edades, entusiasmadas, exaltadas, con sus cavas portátiles llenas de cerveza y hielo, ostentan botellas de anís o ron o cocuy; ríos de gentes de la misma ciudad y de tantas otras partes del país, transportadas en largas filas de autobuses de instituciones del estado o alquilados a líneas de transporte privado; ríos de gentes quieren ver al presidente, quieren oír al presidente, quieren pedirle algo al presidente. Viene el Presidente, no se sabe a qué hora llega, tal vez al final de la tarde, nunca se sabe la hora exacta en qué aparecerá; tal vez aparezca bajándose de un helicóptero a pocos metros de la tarima desde la que le hablará a su amado pueblo, la única razón de su existencia y de sus desvelos. Viene el Presidente y la ciudad estará vigilada, custodiada, protegida, amparada por cientos de militares y policías; hay trancas de carros por todas las calles, las aceras están abarrotadas de peatones que no consiguen un carro por puesto o un taxi para llegar a sus casas; pero, sobre todo, las calles están llenas de simos eufóricos, bebiendo y cantando canciones de Alí Primera, de Silvio Rodríguez o el reciente himno del partido; la ciudad es un mar simo, es el encuentro de agitados ríos simos avanzando hacia una ancha avenida del norte de la ciudad donde, desde hace dos días, está instalada la tarima con un podio alto en el centro desde el cual Presidente le hablará al pueblo, a todo el país porque todas las estaciones de radio y televisión estarán encadenadas para multiplicar esa voz única y predestinada. Viene el Presidente y toda la ciudad es su apellido, sólo se habla de él y la ciudad es una fiesta, la fiesta de las proclamas y los dicterios gloriosos del presidente, la fiesta de su presencia avasallante en el aire, en las palabras, en el predominante color de sus partidarios y en el otro color, imponente, de los militares. Así será en cada ciudad y pueblo que visite durante la campaña electoral, el presidente aspira a su… ¿cuarta o quinta reelección?, ya no importa recordar cuántas veces ha sido reelecto, sólo importa que el presidente parece inmutable, vitalicio, tal vez imperecedero, quizás sea presidente por siempre y llegará el día en que nadie sabrá cuándo llegó al poder, si por las armas o por el voto o por la providencia; quizás se vuelva una leyenda, un héroe salido de un mito, y sólo un puntual libro de historia escrito para su gloria inmarcesible fijará la fecha en que comenzó su mandato y dará cuenta de sus hazañas, que cada niño del país deberá aprender apenas sepa leer y escribir, o tal vez antes, porque no necesitarán libros para saberlo, bastará con la palabra fascinada y fascinante de sus padres y de los representantes o jefes del partido simo en cada rincón del país. 

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Avanzan apresurados hacia la gran avenida del norte los ríos de simos, cada vez más eufóricos por la caña y las alebrestadas expectativas de ver y oír al presidente, y de de uno de esos ríos se hizo parte, sin quererlo, Lucho Rodríguez al entregar la guardia en la universidad, un poco después de las cuatro de la tarde. Como era evidente que no conseguiría transporte alguno que lo llevara al centro, se confundió con los simos que, aunque no eran muy de su agrado y menos de su parcialidad, al menos en ese momento le parecieron cordiales porque algunos de ellos le dieron de beber anís, otros guarapita y una negra gorda de sonrisa generosa y pícara le brindó una cerveza en lata que a Lucho le cayó como un aguacero en el desierto. Cuadras y más cuadras caminaba Lucho con los simos, tomando un poco de esto, un poco de aquello, más las cervezas que seguía brindándole la negra, todo ello sin que importara que él no vestía ni lucía nada del mismo color de la indumentaria de sus obsequiantes, que no pudo más que pensar que después de todo la revolución se traía sus cosas buenas. Quién sabe desde cuando Lucho no sentía una cordialidad y un compañerismo tan espontáneos, probablemente había olvidado que la gente puede compartir y tratarse bien sin necesidad de conocerse, ni de pertenecer a un grupo de intereses comunes o pareceres afines. No cantó ni gritó consignas con ellos, pero sentía que una barrera o un lindero, hasta ahora existente entre él y ellos, había desaparecido en aquellos momentos; algo diferente, apenas perceptible, daba la pauta de aquella conjunción. Después vendría la embriaguez, la exaltación etílica con su sobreabundancia de expresiones gentiles, pero en ese punto ya Lucho había encontrado una estación para las ganas de seguir trasegando, sin verse obligado a caminar a paso de marcha entusiástica. En esa licorería estaban algunos simos rezagados, sin ganas de apelotonarse ante la tarima presidencial y, sobre todo, había unos cuantos que de toda aquella fiesta política aprovechaban el desmandamiento alcohólico para joder a sus anchas en aquel día de asueto por voluntad del presidente. Por uno de ellos supo Lucho que el presidente estaba en la plaza Bolívar otorgando créditos a cooperativas agrícolas y después encabezaría una caravana que recorrería parte de la ciudad hasta la tarima. Casi a las ocho de la noche pasó por el frente de la licorería la caravana encabezada por el camión 250, con una especie de podio simo erguido en el medio de la plataforma para que el presidente sobresaliera entre sus acompañantes en el camión: con una camisa manga larga color simo, saludaba a uno y otro lado de la calle por donde iba el camión a baja velocidad. A pesar de los muchos militares y escoltas civiles que lo custodiaban, cercaban el camión cantidad de seguidores llevados con artificios, entretenidos con promesas y sustentados con esperanzas

En la siguiente esquina la caravana presidencial dobló a la derecha y volvieron los circunstantes a sus conversaciones y a su joda, Lucho, que ya estaba bastante avanzado en la escala del consumo de etanol, dejó escapar un comentario que desde hacía rato lo tenía atragantado: 

-Lo bueno de todo este circo es que la ciudad está limpia, arreglada y bien cuidada, y de un día de trabajo cualquiera se hace un día de fiesta. 

No tardó en replicarle uno que estaba allí, muy cerca de él, de indudable devoción por el presidente: 

-Nunca falta un esmirriao, como llama el Presidente a quienes no están con él, que tenga que hablar. Y por eso son esmirriaos, porque son pocos y hablan con puro odio y sin razón alguna. 

Lucho lo miró de reojo, con ganas de volver a sus días en que se creía capaz de emular al Morocho Hernández y a Sugar Ray Leonard, pero dejó pasar la réplica a sabiendas de que sus piernas y sus manos no le responderían con la agilidad de unos años atrás, y ya sólo eran alimento de la añoranza. Y fue otro quien le salió al paso por Lucho: 

-Coño camarada, no se tome la vaina a pecho. Aquí todos sabemos que adonde va el presidente todo se lo acomodan y se lo pintan bonito, y apenas se va todo vuelve al mierdero de todos los días. 

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Y Lucho se echó a caminar, tambaleante, ebrio de todo corazón, por calles solitarias, por calles por las que ya había pasado el presidente y ya no había ni soldados ni policías, calles solas como él mismo, calles en las que no había un alma, en las que no había nadie; caminaba como un alma en pena, solo, sabiendo que todo aquello que había bebido y había vivido era la marea de un momento de exaltada demagogia en el país que le tocaba vivir; ya lo sabía desde mucho antes, cuando eran otros los que disfrutaban el poder, porque al fin y al cabo el país era el mismo con otros nombres, con otros protagonistas de una película repetida, pero hecha para el momento actual; nada era distinto, en esencia, sólo un matiz en el discurso y en las intenciones. Iba Lucho caminando, envuelto en una oscuridad que no era la de su alma ni de la noche, era la oscuridad de una ciudad entretenida con la euforia del poder, con la parafernalia del poder, y él ,que seguía esperando el día en que pudiera  su corazón levantarse ante cualquier adversidad y ante cualquier desventura colectiva, se fue solo por esas calles por donde ya no se sentía la gloria del poder, y mucho menos la servidumbre a una causa mil veces proclamada en un país en el que se daban varias realidades: las predicadas, las del día a día y las que no se saben cómo vendrán, pero se prefiguran o se adivinan. 

Se fue Lucho contra el cielo de la noche y lo mejor era el falso cielo de un bar, el cariño interesado de una mesonera, las canciones de una rocola y el simple destino de una borrachera, en el estrecho ámbito del dolor y las decepciones, sin el alarde y el engañoso esplendor de las grandes causas.   

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