Bella y silenciosa
También vivía solo en un apartamento que había comprado desde muy joven, y que había presenciado ya tres divorcios.
Pero no era fácil encontrar un bar donde no me conocieran, así que me interné en un suburbio de la ciudad, en donde había una casucha de aspecto miserable, en la que me dijeron que vendían cervezas bien frías, Y en donde había chicas muy bellas, que podían hacer el amor con uno, en caso de que les cayéramos bien, en unos apartados diminutos, donde a duras penas cabía la pareja.
Claro que yo no iba por el interés de las chicas, solo por las cervezas bien frías, Y porque estaba seguro de que allí no me conocería nadie.
Y así fue, allí no me conocía nadie, las cervezas eran excelentes, y las chicas atendían con mucha amabilidad.
La luz era muy pobre, amarilla y titilante, y el humo de los cigarrillos le daba a la atmósfera un ambiente fantasmal.
Ya para la medianoche todas las chicas habían encontrado una pareja, y el local lucía solitario, solo así pude notar la presencia de una chica solitaria en el rincón más apartado del cuchitril, una estrella deslumbrante en el lugar menos esperado. Se llamaba Isabel.
Su presencia hizo que desapareciera la soledad en mi vida, ya no salía del trabajo a caminar hacia ninguna parte, pero mis pasos se iban solos hasta la mesa donde siempre me esperaba Isabel, bella y solitaria como yo; ella hablaba poco, dominaba el arte de escuchar, y cuando hablaba parecía que su voz no salía de su boca sino de sus ojos.
Hasta que llegó el día, con unas cervezas de más, le propuse lo más elegantemente que pude que fuéramos a uno de los apartados, me dijo sonriendo, amable y cariñosa, que no podía.
—¿Por qué? —le pregunté extrañado, pues sabía que le simpatizaba.
Se terminó de tomar su cerveza, volvió a sonreír, y luego me respondió:
—Me estoy muriendo.
Pedimos un par de cervezas más. Me tomé la mía casi de un solo trago, estuve callado por un buen rato, y luego le dije:
—Si te estás muriendo, me quiero morir contigo.
Se puso de pie sin decir palabra, me tomó de la mano y me arrastró por una calle angosta y larga que conducía hasta su casa.
—Siéntate —me dijo —y luego se tiró en la cama boca arriba, sacó de debajo de su almohada una jeringa que estaba cargada por un líquido azul y me la entregó.
—¿Para qué es esto? —le pregunté —extrañamente tranquilo.
—Dentro de algunos minutos comenzarán unos dolores tan terribles que me harán gritar con desespero, solo con esta inyección desaparecen por un rato, pero esta situación no la soporto más, con esta dosis mi respiración se irá acortando, y me quedaré dormida para siempre, inyéctame y abrázame, dame el placer de morir en tus brazos.
Sigo siendo eficiente en mi trabajo, de vez en cuando, en las primeras horas de la noche, me encuentro con mis amigos, pero luego, cerca de la medianoche, me acerco a la casucha, pido dos cervezas azules, y me las tomo lentamente, siento su presencia en cada trago, la gente de tanto verme allí en ese rincón ya me ignora, antes de que amanezca me voy camino a casa recordándola tendida boca arriba en aquella cama, bella y silenciosa, como yo.
Imagen del post de @solperez
Me gustaría invitar a @adeljose, @dove11 y @inspiracion. Aquí la información
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En verdad, me fascinó tu relato. Gracias por estar. Un abrazo.
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