La Silla Rota

in #steempress8 years ago (edited)


 

Cipriano tuvo en su niñez una pequeña silla mecedora mandada a hacer especialmente para él con el mejor carpintero de la ciudad. Era cómoda, mullida y de un hermoso color verde.

 
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Él usaba la silla para jugar, ver televisión, tomar la merienda y sentarse en los días de lluvia a ver a la gente pasar, mientras se mecía, dejaba volar sus sueños. Este mueble representaba confort, calor de hogar, entretenimiento, pero sobre todo amor de madre, ella lo llenaba de ternura y regalos que el aprovechaba para abrir y jugar sentado en su silla.

Con el paso de los años esta se hizo pequeña y ya no pudo usarla más para mecer sus fantasías. Lo agarró la dinámica de vida: estudio, trabajo, hogar y todo lo que ello representaba y no necesitó para nada otra cosa que no fuera a sí mismo, con su deleites y gustos personales.


 
Un día al pasar por una carpintería vio una silla roja y la compró, se le ocurrió que podría sentir el mismo placer de la niñez, pero esta era muy rígida, dura para su espalda y con un chirrido incómodo; la desarmó por su cuenta y después de volver a atornillarla le gustó menos y la dejó de lado, entonces se le sembró la idea de conseguir una mejor.



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Se decidió por un sillón negro de cuero, era cómodo para ver televisión y podía hasta hacer una siesta en él, pero no se mecía y él lo que necesitaba era recrear aquel confort que sintió en sus primeros años.

Siguió buscando y se encontró una silla verde, ancha, acolchada, con pasamanos que se ajustaban exactamente a las medidas de su cuerpo, podía mecerse suavemente y le hacía soñar. Era la silla que estaba buscando, ahora sí se sentía conforme. Llegaba del trabajo y la buscaba y entre somnolencias y vigilia revivía los momentos más felices de su vida.

Un día llegó cansado de la calle, sin ánimo ni para impulsarse por él mismo. Agobiado de problemas le recriminó a la silla: “tu madera no es tan buena como yo creía, tremendo chasco me llevé contigo, ni siquiera eres capaz de moverte por tu cuenta, si no te impulso yo, no sirves para nada”. El mueble indiferente siguió allí, su índole solo le permitía ofrecer el servicio para el cual había sido diseñada.


 
Pasó el tiempo y un día volvió con el mismo reclamo: “yo creí que contigo iba a tener buenos momentos, tú no tienes alma, ni olor, ni sabor, eres un mueble seco, viejo y feo”; la silla inerme quedó en su sitio. La situación se repetía, del rincón del sosiego y el confort se transformó en el lugar de los lamentos, las repeticiones y el mal humor.

 
Un día llegó más molesto que nunca y se dejó caer encima con toda su fuerza, profiriendo amenazas y la silla desvencijada como estaba, se desarmó con estruendo y quedó aplastada bajo su peso. Cada quien siguió según su propia condición y naturaleza. La vida es así.


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