La Muerte del Payaso - Cuento de mi autoría

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-¡PATRÓN, llegaron los leones!

El par de fieras atemorizaban con sus salvajes rugidos a los empleados que manipulaban las maderas que contenían a los zarandeados hierros que les aprisionaban.
Un grupo de curiosos, además del empresario del circo, lograron ver las heridas infringidas entre sí mismos por estos colosales animales, estando claramente azotados por el hambre y quien sabrá cuantas penurias durante su largo recorrido a través del atlántico.

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-¿Son tan feroces cómo parecen? – preguntó el empresario, ahora amo de las bestias.
-¡Ya lo creo, jefe! Murieron cuatro de mis hombres antes de poder meterlos en esa jaula.
-Me lo imagino, me lo imagino – se regodeaba el codicioso dueño del circo al pasear por su perversa mente el horror que vivieron los cazadores furtivos bajo las garras y fauces de esos reyes de la selva -. De verdad lucen unas imponentes melenas.
-Tal como lo pidió, Sr. Sikes – se adelantó orgullosamente el encargado de entregar la encomienda -Aquí lo tiene, dos ejemplares salvajes, nacidos y criados en pleno corazón del África ecuatorial.
-¿Cazados en Kenya?
-Exactamente. Ya cumplí mi parte, ahora pague; ya me quiero largar de aquí.
-¡Cuidado con echarle carne a esos leones! – ordenó el empresario a unos curiosos empleados.
-Dele de comer – le detuvo el encargado antes de continuar hacia la oficina del circo, al darse cuenta en que manos habían caído los animales -, llevan días sin probar bocado.
-Quiero ver qué tal se las arregla Jeremías, mi domador, con estos hambrientos gatitos.
-Ni por un millón me gustaría estar en el pellejo de este fulano amansa bestias – masculló al seguir al Sr. Sikes.

Haciendo uso de pocas palabras, el pago fue dado en efectivo, yéndose sin titubeos la cuadrilla que importó la nueva adquisición del circo. Despertando al domador, sin respetar su sueño de madrugada, le ordenó comenzar con el entrenamiento.
A regañadientes, con látigo en mano, los leones fueron ubicados en una jaula mucho más grande, idónea para el trabajo que les esperaba.

-Están muy nerviosos – observó preocupado Jeremías antes de meterse con los leones -. Deberíamos permitir que descansen y se acostumbrasen un poco.
-¡Cobarde! ¡Te metes y los sometes para mañana, o serás su próxima comida!

Sintiendo el férreo peso de la orden del patrón, con un taburete en mano y el mismo látigo antes mencionado, valientemente sus pies se empolvaron con las mismas arenas que eran sacudidas por las feroces zarpas.
El calor del hombre alteró los instintos de los ajetreados animales, pudiendo advertir en sus miradas el reflejo del hambre al identificarle cómo su próxima presa.
Cuidando su cuerpo junto a la reja, las patas del taburete y el habilidoso chasquido del viejo látigo, confundían a los felinos lo suficiente, logrando así mantenerles a una prudente distancia. Aprovechándose de que estos mostraban desconcierto al tener tantas inesperadas experiencias, el domador logró al menos, salir ileso, una vez que el Sr. Sikes le permitió la salida cuando después de casi una hora de frenético encuentro, el domador suplicaba auxilio al ya no poder por el agotamiento mantener el mordido taburete frente a sus predadores.

-No lo hiciste tan mal, nada mal – le felicitó su patrón.
-Si descansan y llenan su panza, podré hacerlo mejor.

Llamando con brutalidad al uno de los enanos del circo, ese obedeció ante la dictatorial palabra del Sr. Sikes, llevándole trozos de carne y agua a los desesperados animales una vez que recibe un puntapié de su patrón.

El circo ya varios días de espectáculo había ofrecido en la pequeña ciudad, que estaba en el camino antes de llegar a la capital, desde aquella húmeda noche que recibieron a los leones. Este poblado mostraba entusiasmo al poder mirar la gran carpa que en poco tiempo erigieron en un terreno baldío. Pequeños desfiles de los consabidos animales, seguidos de los ambulantes anuncios fueron suficientes para animar a los grandes y chicos, pudiendo disfrutar el rompimiento de sus aburridas rutinas de todos los días.
Afiches y anuncios del circo “Los hermanos Landín”, fue el tema preferido entre los chiquillos del pueblo. Los padres habían prometido, vencidos bajo la tenaz insistencia de sus hijos, acudir lo más pronto ante la taquilla que recibía a los espectadores.
Aunque este circo llevaba el nombre de los hermanos, cuyo padre fue el fundador y alguna vez su dueño, estos perdieron sus derechos al morir este, quedando en manos del Sr. Sikes al encontrarse con dos inexpertos en los fangosos asuntos legales. Estos jóvenes llegaron a ser solamente unos simples empleados, obligados a vivir miserablemente en un destartalado remolque, desde donde veían con nostalgia aquellos días que gozaron de fama y generosa popularidad cuando les cobijaba la protección de su padre. El Sr. Sikes, aprovechó con sagacidad la reputación que ofrecía al público el nombre de los hermanos Landín, disfrutando sin disimulada avaricia los frutos de dos generaciones de familia círquense.
Macario era un muchacho que revoltosamente se revelaba ante cualquier disciplina, notándose una malsana conducta tanto en casa como en la escuela. Severas reprimendas de su madre no podían contener las constantes travesuras del mocoso, dudando sobre el futuro de su retoño. Conociendo la pésima conducta del jovencito, es fácil comprender que le estaba siendo negado asistir a la tan querida función de los Hermanos Landín.
Pero una mañana de un nublado domingo, una visita de la abuela fue aprovechada por el pilluelo. Para los ojos de esta anciana, su nieto merecía lo mejor, y con orgullo creía que Macario simplemente era un pequeño incomprendido por su madre y maestros.

-No te preocupes, Macario – le aseguró su abuela -, esta noche nos fugamos al circo.
-¡Viva, abuelita! – vitoreó al ver las ya compradas entradas, en primera fila, además.

Vanagloriándose ante sus amigos, quienes pensaban que le sería imposible acudir a cualquier función, Macario resultó particularmente insoportable ese primer día de la semana, encontrándose severamente castigado. Luego de una buena tunda, fue encerrado en su desordenada alcoba.
Llegada la hora de partir, la abuela, distrayendo a su hija con un trabajo en la cocina, consiguió una oportunidad de la que sacó provecho con desfachatez para fugarse con Macario.
Riéndose de la vencida autoridad, ambos caminaron lo más deprisa que las débiles piernas de la anciana le permitían por la calle que les llevaría hasta la gran carpa.
El impaciente Macario, molesto por la larga cola que debían soportar, intentó escabullirse como un vil polizonte bajo las telas del circo, siendo detenido por la abuela al recordarle que tenían asientos en primera fila.

-A veces - le dijo la anciana -, vale la pena esperar un poco.
-Pero no mucho.

Dejando a su abuela en la fila, el mocoso llenó con pequeños guijarros una alforja que acostumbraba a llevar consigo, y poder entonces con las duras municiones, regodearse con los destrozos de su retorcida tirachinas. Su madre, jamás le hubiese permitido tal juguete, convertido en un arma en sus manos. Prohibido el uso de tal artefacto desde aquel día que recibió de su mismo hijo una muy intencionada rotura en un brazo, al dispararle en medio de burlescas risillas un peligroso clavo, llegando a perforarle profundamente en la delicada carne. La madre sintió rabia y notoria decepción cuando vio como el pilluelo estiraba la liga hasta casi reventarla mientras le apuntaba. Era de suponer que la mencionada abuela, protegía y alababa tales acciones cómo “está disfrutando su niñez, es parte del crecimiento y desarrollo de Macario”, frase que hostigaba la paciencia al resto de la familia. “Si lo hubiera hecho con mala intención, te habría sacado un ojo”. Así respondía la abuela ante los inútiles regaños de la herida madre.
Unos payasos interrumpieron el aburrimiento de Macario al pasearse estos frente a él. Mostrándoles sus eternas sonrisas y redondas narices en un intento por complacer a su público, este pedante pilluelo como respuesta, insolentemente escupió el traje de uno de estos.

-¿Qué te pasa, pequeño? – le reclamó el sorprendido clown, siendo jalado por uno de sus compañeros; conocían de malas maneras las exigencias sobre la puntualidad que les imponía el Sr. Sikes.

Dentro del circo, cuando todavía el público apenas se ubicaba en sus asientos, Jeremías se mostraba muy preocupado por la ferocidad de los leones, agresividad acentuada por el mal trato del Sr. Sikes al mantenerlos con hambre y sin permitirles descansar, siendo molestados por los enanos que trabajaban para él.
Pon-pon, el payaso más querido del circo, aquel mimo que Macario insultó con su escupitajo, confiaba en sus habilidades naturales para divertir a sus admiradores desde la tensa cuerda floja, donde caminaría sin red alguna, cruzando la peligrosa jaula de las fieras.

-Mi amigo, olvídate de ese acto – le aconsejaba Jeremías a Pon-Pon -, si caes entre esas feroces fauces, muy poco podré hacer. Nada he progresado en la doma de tan fieros animales.

-Jamás me he caído ni caeré. Además, debo ensordecerme con tus agradecidas palabras, el dueño está muy entusiasmado con esta primera presentación. ¡Ya veremos que tanto le gusta a mi público las graciosas piruetas que voy hacer en la cuerda floja! ¡Me los imagino con sus nervios de punta cuando escuchen los rugidos de los reyes de la selva acariciando mis pies!
-Recuerda que ya se comieron a un enano.

Los demacrados leones saltaban exhibiendo sin tapujos sus ansias por devorar a cualquier inocente que apenas se acercara a la jaula, aún tras bambalinas. De pronto, un juego de luces, música y la voz del Sr. Sikes dieron comienzo a la esperada función.
Nada novedoso los primeros actos, pero sí divertidos. Payasos correteándose y lanzando papelillos al público, lograban liberar estruendosas algarabías desde las gradas. Acróbatas en el trapecio asombraban a la mayoría; elefantes y refinados corceles deleitaban con sus graciosas luces y obediencia. Todo esto fue inútil para despertar el lánguido entusiasmo que decepcionaba a Macario.

-Abuela, esto es muy fastidioso.
-Ya verás como se mejora, esperemos un poco más.

El orgulloso Sr. Sikes, bajo su reflector, se disponía a presentar el estreno de un nuevo acto, nunca antes visto. Sorprendiendo al público al dirigirse un poderoso reflector a las alturas de la carpa, Macario reconoció al payaso que llegó a insultar.
Todos los ojos del circo se proyectaban en cada movimiento de Pon-pon. Este malabarista, al ser encendidas las luces de las gradas, con desagrado descubrió al mocoso de Macario en primera fila.
Haciendo vista gorda ante la intensa mirada del mal educado muchacho, el payaso esperó la llegada a la pista central a los salvajes leones.

Fin de la Primera parte… Continuará en el próximo post.

Thomas Flores

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Amigo y la segunda parte ? Coming Soon ? jaja. Te felicito, estuve entretenido toda el post esperando el trágico final (si es que existe) solo puedo inferir varios aspectos que deseas demostrar, pero no puedo decirlo hasta que lea el final para no pecar de inocente. Saludos cordiales te sigo para poder ver el desenlace.

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Ya lo voy a publicar... este atento.

Gracias por tu comentario.