Una disputa. Cuento

in #spanish8 years ago


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Los lunes eran días atractivos. Mi condición de escolar era demasiados reciente para sentirme aburrido en la escuela; esta todavía se presentaba como un lugar amable, soleado, un espacio privilegiado para encontrarse con los amigos. Yo asistía a preparatoria y no tenía los pesados deberes que comenzarían a agobiarme en los años siguientes. Sentado en mi pequeña silla contemplaba el patio central, cubierto de grama, y más allá los salones de primer grado, donde se encontraban mis superiores. Los envidiaba por ser más grandes, pero sobre todo por tener verdaderos pupitres, individuales, cada quien en el suyo y no en otro; mientras nosotros debíamos conformarnos con sillas azules, intercambiables, y mesitas también azules sobre las que desparramábamos dibujos con creyones de cera.

Estaba bastante orgulloso de haber comenzado a escribir. Pero no fue en la escuela donde adquirí el conocimiento, sino a través de mi hermana que, algunas noches atrás, me había enseñado la forma correcta de escribir mi nombre. Al principio fue sólo intentar dibujar las letras lo más parecidas a las de mi hermana. Pero esos trazos se negaban a tener una presentación digna y armoniosa. No lograba producir más que un garabato serpenteante. Luego, a fuerza de constancia y paciencia pude terminar un reconocible RUBEN; cierto que con debilidades evidentes en las partes ascendentes de la R y la B, y una marcada tendencia depresiva en el trazo final de la N; pero allí estaba y cualquier versado en las escrituras sagradas o profanas lo hubiera encontrado irreprochable.

Es curiosa la forma en que nuestro nombre se nos impone. Simple sonido, indiferenciado ruido de los muchos que llenan el mundo, pronto, en los primeros meses de existencia, aprendemos a reconocernos en él, aun antes de aprender a designar las cosas que nos rodean ni mucho menos designarnos nosotros mismos; pero basta que la madre, el padre, o cualquier otro individuo que alcance una estatura superior al medio metro pronuncie las silabas mágicas –en este caso: RU-BEN-CI-TO– para desencadenar una serie de complicadas reacciones biopsicomotrices, como agitar manos y pies, reír, salivar en abundancia y emitir confusos murmullos animales. Es bastante después, al acceder a la palabra escrita, cuando nos toca el horror sagrado.

A pesar de mis escasos años yo lo sentí: un escalofrió en la nuca, una agitación del corazón. Mi nombre. Tinta azul sobre fondo de papel blanco, a rayas. Cinco letras desiguales y feas que concretaban, sin embargo, de una forma definitiva, mi personalidad, una marca propia que podía dejar sobre cuadernos, paredes, cemento, roca de las cavernas, papiro, cuero de cabra, tablillas de arcilla o madera, caparazón de tortugas, metales y cualquier otra superficie que se me pusiera a mano. La palabra cobraba autonomía y ya no me pertenecía, se multiplicaba en el papel, se extendía en el tiempo abarcando toda mi vida pasada y futura. Al instante siguiente la conocía como algo tan mío que ninguna otra cosa pudiera llegara a serlo tanto.

Lejana y propia, como esas viejas fotografías que, un día, buscando en un cajón una factura extraviada, encontramos mezcladas con invitaciones a bautizos y funerales, y que, en un principio, no sabemos a quién representan, confundidos por las ropas de una moda ya fenecida y por la mirada de perfecto estúpido que se nos regala a través del tiempo, para terminar reconociéndonos luego de algunos segundos de estudio, recordando la camisa de cowboy que nos regalaron en un cumpleaños, los zapatos chuecos y desajustados, los pantalones demasiado cortos, y el cuerpo como hecho a los golpes, ladeado, torcido, sometido y casi vencido por las presiones externas e internas de un crecimiento acelerado, y decimos: ese soy yo; sin creerlo por completo.

En la escuela exhibí mi recién adquirido conocimiento, sembrando la admiración y la confusión no solo entre mis condiscípulos sino también en mi maestra, una criatura joven y pusilánime que me miraba como a un peligroso engendro que debería estar encerrado. Yo, en cambio, era más tolerante: descubría potencialidades que ni ella misma sospechaba poseer. No era bonita, pero sí tenía un rescoldo de sensualidad que sólo esperaba la mano adecuada para ser despertada. Cuando tomaba asiento, abría y cerraba las piernas con movimientos inconscientes harto significativos, y frecuentemente, en mitad de la clase, su mirada se perdía en una languidez preñada de ensoñaciones eróticas. Ella en realidad no me interesaba: yo sabía que cedería en el momento adecuado al ardor de un impulsivo estudiante universitario en vacaciones, de un mecánico de barrio, y hasta es posible que un joven abogado la desflorara en un cuarto de hotel módico y algo sórdido, después de un matrimonio civil. Mi demostración de conocimientos no se dirigía a ella, por más que no dejara de verse afectada.

Yo solía rellenar con mi nombre y alguna que otra palabra aprendida en el transcurso del día la parte inferior de la pizarra, mi propia mesa y algunas vecinas, y si mis compañeros se descuidaban, firmaba con mi nombre sus horrendos dibujos.

Pero mi reinado del saber tuvo escasa duración. Un, hasta el momento, anónimo condiscípulo vino a disputar y luego a acaparar por completo la atención de los demás. Sobre dos hechos fundamentó su veloz carrera. Es cierto que el segundo de ellos, el definitivo, estaba más allá de su control y ni siquiera él podía prevenirlo y posiblemente ni desearlo.

Pero mejor vayamos por partes: un día encontré sobre la pizarra un nombre distinto al mío. El asombro y la indignación no me dejaron aprovechar el espacio que el usurpador había dejado libre ―aún con timidez había estampado sus torpes letras sólo tres veces en el extremo derecho, ocupando una porción mínima de la superficie disponible―; la tiza brillaba, blanca, sobre la pizarra oscura como una afrenta retadora, reclamando una respuesta que el orgullo herido no me dejó encontrar en ese momento.

Me senté. Mis compañeros aguardaron, expectantes, toda la mañana, alguna reacción. Yo guardaba silencio. Realizaba mis deberes. La maestra limpió la fatídica superficie y la rellenó con tiza de colores que querían ser dibujos para uso de mentes infantiles, mientras tartamudeaba contándonos un cuento archiconocido.

A la mañana siguiente contraataqué con “agua”, “cepillo” y “cobija”. Mi contrincante no se quedó a la zaga y en una hoja de papel que circuló por todo el salón escribió: “riel”, “carro” y “bomba”. Estupefacción general. Lo más extraordinario de todo era que, excluyendo a la maestra, que nada tenia que ver con esto ni le interesaba, nadie podía descifrar los misteriosos signos, ni siquiera los protagonistas del acontecimiento sabían lo que el otro quería decir, pudiendo sólo, cada quien, conocer el significado de sus propias palabras aprendidas laboriosamente cada noche, ganándole horas al sueño y al aburrimiento, asombrando a padres y hermanos con ese ataque de explicación extracadémica.

Era poco, sin embargo, lo que se aprovechaba con tal derroche literario, pero justo es reconocer que mi afición por las letras se origina allí. Algunos amigos sugirieron un arreglo a puñetazos, un encuentro a la salida, forma tradicional y respetable de resolver diferencias en la escuela, pero mi natural pacífico y dado a la meditación y la notaria timidez de mi adversario ―silencioso y dotado de la virtud de pasar inadvertido― impidieron que prosperara tal iniciativa.

La cosa hubiera continuado así, indefinidamente, en un eterno empate, si el destino no produce el Acontecimiento Mayor, al cual ya hice mención, de la naturaleza por completo distinta.

Lo recuerdo perfectamente. Era una mañana calurosa de mayo. Las primeras lluvias caían aún tímidas y no bastaban para ahuyentar el aire sofocante que nos envolvía. Estaba nublado y por las ventanas entraba una luz gris, que suavizaba las sombras y daba a los rostros un aspecto de fotografía vieja, descolorida. De repente, las nubes desaparecían y la cruda luz recortaba perfiles, iluminaba grietas con una fosforescencia cruel. La maestra joven y pusilánime pero sensual se enredaba explicando la forma correcta de recortar figuritas de papel. Nosotros esperábamos, en suspenso, el momento en que se cortara un dedo, o cuando saliera de sus manos no el anunciado pajarito coloreado sino un ser híbrido y monstruoso de dos cabezas, o sin brazos y cola de escorpión. La operación fue interrumpida por una presencia extraña ajena a nuestro reducido mundo, una presencia que si bien externamente pertenecía al género humano, ciertas cualidades invisibles pero palpables (aura, vibración, magnetismo…) nos señalaban con claridad que se trataba de uno de esos seres mitad benévolos, mitad demonios que moraban en la Dirección. No hubo una suspensión de aliento pero ahora respirábamos de otra manera. Hasta la maestra había palidecido. En voz baja conferenciaron ambas figuras. Luego, la docente, con voz suave pero de tonos sombríos, nueva para nosotros que sólo conocíamos sus registros chillones y desvalidos, llamó a mi contrincante.

¡Ah!, eso era más de lo que todos podíamos creer. Empezando por el interesado que se levantó con piernas débiles, sintiendo sobre sí la presión de tantos ojos, la concentrada atención de tantas mentes. Imagino que todo fue demasiado para él. Antes de llegar a la puerta donde lo esperaran aquellas dos figuras de repente solemnes, sombrías, casi ominosas Parcas, subterráneas Madres, se desató en copiosísimo, abundantísimo, dilúvico llanto, como el que sólo son capaces de producir los niños, con esa falta absoluta de recato, de decoro, de consideración hacia la expresión de los propios sentimientos.

¿Qué hecho fabuloso había provocado tal conmoción? ¿Qué asunto trascendente daba al traste con nuestro debate? No tardamos en tener una respuesta, ese mismo día, durante la media hora de recreo.

La muerte, con su exagerado afán de protagonismo hacía aparición en nuestra domesticada comunidad. Pero ¿por qué tanto escándalo? ¿Acaso no eran nuestros los peces en el río, la fruta de los árboles, el beisbol de los domingos? ¿Estas cosas, no eran más importante que la muerte? ¿Estábamos preparados para el clamor de la sangre, las lágrimas y el dolor? ¡Claro que no! Y, paradoja, esto es lo que convierte un trivial suceso cotidiano, banalizado aún más por los periódicos, en algo abominable y fascinante. De qué otra manera explicar el cosquilleo, el burbujear de la sangre (en las venas, no la derramada), el frenético brillo de los ojos cuando se contempla el espectáculo de un cuerpo en otro tiempo vivaz y ahora yerto.

Y los comentarios, las discusiones, las teorías, las comparaciones, la creciente notoriedad que no aprovecha la persona difunta, sino gente sin ningún mérito propio: anónimos esposos, padres irresponsables, amigos traicioneros, ¡hijos ingratos! Todos encuentran una forma de capitalizar lo que el honesto difunto logro con su solo esfuerzo.

¡Ah, injusticia! Ya veía a mi oponente catapultado a la fama, su relativa celebridad del aula se vería extendida de pronto a todo la escuela y quién sabe si no más allá, abandonando nuestra disputa provincial como se deja un traje demasiado estrecho. Héroe trágico del pueblo. Receptáculo de la compasión de las madres, del asombro y envidia de los niños, de la admiración y espanto de las niñas. Y todo por una madre trastornada que en un instante incierto decidió dar fin a su vida. ¿Qué motivos la impulsaron? Saber eso es tan arduo como descubrir qué canción cantaron las sirenas a Ulises. Todas las suposiciones son posibles, y si este relato fuera el de su historia y no el de la mía, tengan por seguro que alguna razón encontraríamos.

¿Debo decir que me escapé de la escuela? ¿Debo confesar la baja treta que me permitió abandonar el salón de clases? Simulando una necesidad perentoria de ir al baño, dejé a mis condiscípulos en manos de aquella criatura encargada de darnos las primeras luces y que parecía alelada por las noticias. Sin dificultades salí del edificio. Las calles se mostraron propicias: vientos suaves del oeste me agitaban el pelo sin estorbar la velocidad de mis pasos ―no había piedras en el camino, ni grietas, ni vallas obstaculizadoras, ningún vecino que me pusiera la mano en el hombro y con voz autoritaria aunque paternal dijera “detente”, ni “desiste”.

Aún hoy no sé precisar qué me llevaba hasta allí. Creo que era la necesidad de aspirar el aroma de la tragedia para, tal vez, adquirir las virtudes de mi rival. Pero en la casa no parecía haber nadie. Llegué hasta la sala sin encontrar nada tampoco de la furia y el ruido esperado: no los policías con patrullas de parpadeantes giratorias luces rojas, con ojos investigadores suspicaces, no periodistas con cámaras fotográficas de flashes enceguecedores y minúsculas grabadoras que guardan la voz y el llanto, ausentes las vecinas de batas floridas y olor de guisos en las manos, cacareantes como gallinas, los familiares de ojos llorosos y narices goteantes, ¿dónde estaban? ¿Dónde la-muerte-que-nos-sume-en-el-desconcierto?

La respuesta no flotaba en el aire ni en las paredes mal pintadas, con reproducciones de bodegones y paisajes otoñales. Un ruido como de lavar y restregar, exprimir y fregar, de trapos mojados golpeados contra el piso, de salpicaduras leves, lentas, de agua sucia untuosa corriendo no hacia el mar, sino al redondo desagüe con rejilla metálica donde desaparecía gorgoteante, un ruido tal ―múltiple y uno― atrajo mi atención: caminé por un pasillo hasta la puerta abierta de lo que se evidenciaba como un cuarto de baño: dentro, de rodillas, inclinada sobre el piso, dándome la espalda y la grupa levantada como si me la ofreciese, se encontraba una mujer; más cerca de mí, también de espaldas, un niño de mi estatura y previsiblemente de mi edad, la miraba, y bajo el quicio de la puerta, dándole la espalda a ustedes, yo. Como en un cuadro de Magritte.

El ruido lo hacia la mujer al pasar una toalla mojada sobre las paredes y el piso sucios de sangre, dejando redondeles estriados, rojos, sobre las baldosas blancas, y luego al introducirla en un balde de agua que estaba a su lado; la toalla salía chorreante, más limpia de lo que entró, pero pronto volvía a su condición anterior y los redondeles estriados desaparecían por la acción del agua y la toalla y así corrían juntas, mezcladas, agua y sangre, como una solución sin nobleza ni pureza.

El niño, presintiéndome, dio media vuelta y me miró. Era, por supuesto, mi oponente. Era aquel sabor de la primera frustración, aquella primera pesadilla de la infancia. Hizo un gesto hacia la mujer ocupada en sus actividades sanitarias indicándome que todo eso carecía de importancia. Luego volvió su pequeña cabeza a la derecha y yo también mire en esa dirección. Y allí estaba el espejo, demasiado alto para reflejarnos en el, aunque no para contemplar su argentado frío resplandor; nosotros pobres animales terrestres olvidados de toda rivalidad, hermanados por la incomprensión, no de la muerte, hecho desechable, sino de aquella palabra escrita con sangre sobre la superficie pulida del espejo, palabra de silencio, sospechábamos, pero intraducible, indescifrable y para siempre ignorada.

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