Un día de trabajo, una vida entre licores (Relato)

in spanish •  2 years ago  (edited)

Un día de trabajo, una vida entre licores

El sábado 20 de abril del año 2018 pasé un día de trabajo con Hector Caya, quien se encarga de mantener y administrar un depósito de licores en la localidad de Valle Frío. En el siguiente texto relataré, de forma resumida, los acontecimientos más importantes de aquel día.


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Bajo el sol marabino de las nueve de la mañana, caminé hacia el local que lleva por nombre Unilicores para encontrarme allí con Héctor Caya, un hombre de 37 años de edad y tez morena que mide entre un metro setenta y cinco y un metro ochenta y que evidencia un claro sobrepeso gracias a sus aproximadamente entre 100 a 120 kilogramos de lo que él, quizá en plan de broma, llamó "unos poquitos kilos extra".

Llegué al pequeño establecimiento que desde afuera parecía de unos treinta metros cuadrados y posee solo una puerta como entrada y salida y un par de pequeñas ventanillas; una por donde van y vienen las cajas de cerveza y el hielo y la otra por donde Héctor se asoma para verificar quien llega al lugar.

Toqué la puerta y de inmediato un par de ojos se vieron desde la ventanilla. "Dame un momento, ya abriré" dijo Héctor desde dentro del negocio. Pasó un minuto en el que no escuché ningún sonido y no obtuve ningún tipo de respuesta. De pronto, comencé a oír como quitaba una cadena con un candado para abrir la reja protectora. "¿Vienes solo? Abriré la puerta rápido. Ni bien termine de abrirse tú entras, ¿Ok?" Me dijo con un tono de nerviosismo. Abrió la reja y antes de seguir con la puerta, observó de izquierda a derecha reiteradamente, como si temiese que alguien le acechara. En ese momento ya me arrepentía de quedar con aquel paranoico.

Conozco a Héctor desde hace cuatro años, si bien, hasta el momento, no mantuve con él ningún tipo de conversación fuera del contexto de cliente y vendedor. Dos días atrás le comenté que necesitaba pasar un día de trabajo con alguien y él accedió a recibirme.

Desde hace veinte años que trabaja en licorerías, "He pasado por 16 o 18 depósitos, ahorita no lo recuerdo, pero yo sé que aún no llego a los 20 y espero no llegar nunca". Hace siete años que tomó el trabajo de administrador y vendedor (ya que no contrata a nadie como empleado) en Unilicores. A raíz de esto se trasladó desde su natal Villa del Rosario hasta Maracaibo y mantiene una jornada laboral que, dependiendo del día, varía de 9 a 14 horas.

Como padre soltero de un niño de seis años que lleva su nombre, generalmente carece de tiempo para hacer otra cosa más que trabajar, así lo evidencian su expresión de agotamiento y sus pronunciadas ojeras.

—¿Alguna vez entraste a una licorería? — Me preguntó ni bien terminé de poner un pie en el lugar.

—Trabajé en una, todavía me duele la espalda por cargar tantas cajas. —Respondí mientras observaba el montón de chapas de cerveza que reposaban en el suelo. De reojo divise al menos unas doscientas.

—¡Dímelo a mí! Pero normal, cuando llevas tanto tiempo como yo en esto, te acostumbras. —Mientras decía eso sus ojos se entrecerraban, vacilando con quedarse dormido en el acto.

Las primeras cinco horas del día Héctor limpió el local que, por dentro se apreciaba mucho más amplio que desde afuera. Escondidos tras un muro improvisado por tres docenas de cajas vacías de cerveza polar de color azul, contaba con una cocina eléctrica, un horno, un cuarto-congelador inmenso, de diez metros de ancho por diez de largo, con dos metros de altura (para mantener frías las cervezas que contenía) y un baño sencillo con sanitario y regadera.

—Ya me tocaba limpiar hace rato, sinceramente no limpié antes porque como aquí no entra nadie, no me pareció necesario. —Mientras hablaba, intentaba, inútilmente, agacharse para recoger un juguete de Max Steel que supuse pertenecería a Héctor Jr. — ¡Bah!, que se quede ahí, Héctor David siempre deja sus juguetes tirados por todo el lugar.

—¿Y tu hijo se queda aquí mientras trabajas?

—Entre semana. En las tardes va a la escuela y los fines de semana lo dejo con mi hermana como precaución. Esos días llegan muchos ebrios y dementes a acá, gente mala, en fin.

Si bien Héctor no vive en la licorería, él y su hijo pasan más horas allí que en su propia casa. Según su palabra, incluso en un centenar de ocasiones durmió en el establecimiento.

Para las tres de la tarde ya ambos barríamos en el lugar y terminábamos la limpieza en general. En ese momento, el primer posible cliente del día avisó su llegada con un par de golpes a la reja de la entrada, a lo que Héctor se asomó por la ventanilla.

—¿Qué quieres, Ramiro? — Dijo con un tono que denotaba cierto enojo, obviamente conocía al sujeto y no era de su agrado.

—Mira mi pana, ¿Qué bebida buena, bonita y barata me puedes vender? —Preguntaba el sujeto que, aunque no logré observar porque Héctor ocupaba toda la vista de la ventanilla, por su tono de voz, noté ebrio.

—¿Barata? Eso no existe en Venezuela compadre... Te ofrezco Moneda de Oro en 300.000 Bolívares.

El hombre no dijo nada por quince segundos y luego aceptó. Héctor tomó la botella de setecientos mililitros con un estampado de "Moneda de Oro" junto a la ilustración de una moneda dorada con la cara de un indio, desde la repisa detrás suyo, que contaba con otras quince marcas diferentes de rones. Así concretó la venta con el individuo que se fue tan rápido como llegó.

Las seis horas siguientes a la retirada del presunto ebrio, un centenar de personas se acercaron a comprar en la licorería. Las repisas, que al principio del día lucían abarrotadas con, por lo menos, cincuenta botellas de ron, vodka y whisky de diferentes marcas y presentaciones, además de una docena de bebidas anisadas, ya poseían menos de la mitad de la mercancía. Mientras que el congelador, que en la mañana y tarde mantuvo frías unas doscientas cajas de cerveza, para ese momento quedó vacío.

Héctor, agotado y sucio, principalmente por el trajín de llevar y traer cajas de cerveza llenas y vacías, aprovechó un momento de calma para sentarse. Su rostro se apreciaba demacrado, las ojeras le rozaban los pómulos, parecía ahogarse o próximo a sufrir un paro cardíaco y sus palmas se veían rojizas. Dudo que pudiera levantarse del banco donde se recargaba, aunque quisiera.

—Bueno, gran día el de hoy. —Dijo mientras prolongaba un suspiro.

—¿Cerrarás temprano?

—Sí, ya casi no me quedan botellas

—¿Todos los días te esfuerzas así?

—No, no, no. No creas. Hoy presenciaste un día activo de trabajo — Su cansado rostro esbozo un intento de sonrisa. —, un día excelente.

Al momento, sacó de su cartera y me mostró una foto tipo carnet de un niño sonriente, con una franela de los Power Rangers, menudo y caucásico.

—¿Es tu hijo? — Yo ya conocía la respuesta, pero quería escuchar que diría él.

—Sí, este es mi chamo, mi hijo. Por él me esfuerzo todos los días, por él todo lo que hago a diario vale la pena.


¡Steemiano! El relato que acabas de leer es completamente de mi autoría. Espero que te haya gustado :D.

Como siempre, me ayudaría muchísimo si dejas un comentario sobre qué te gustó y qué no de este breve texto y, si te gustó, un voto positivo tampoco me vendría mal. ¡Gracias de antemano!

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