«La criminalística es algo verdaderamente apasionante» | Entrevista a un exfuncionario de la Policía Técnica Judicial |

in #spanish3 months ago

«La criminalística es algo verdaderamente apasionante»

   


Imagen de Pixabay | Alexas_Fotos

   

    Odward Trujillo es un hombre que, como muchos en la Venezuela de los años 80, abandonó su ciudad natal y llegó a la capital del país en búsqueda de un trabajo. Su camino lo llevó, casi completamente por accidente, a iniciar una carrera en un mundo hasta entonces desconocido para él y que terminó convirtiéndose en su pasión: el mundo de la criminalística.

    Llegué hasta su casa y abrí el portón de entrada. En el porche de la propiedad estaba el exdetective protagonista de la reunión, evitando el sofocante calor que hacía dentro, según comentó, debido a que a todo el sector estaba sin electricidad desde un par de horas atrás. La penumbra hacía casi imposible distinguirle, a excepción de su camisa de un intenso rojo que sobresalía en la oscuridad.

    Con el sonido de un encendedor, el aroma característico del humo de cigarro y la llama de este como única fuente de luz comenzó la entrevista a este señor de 49 años, aunque a simple vista sus rasgos faciales cansados, que se resaltaban ante la luz que proyectaba el cigarro, lo harían parecer mayor.
   

Inicios como detective

    Odward fue funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), que en aquel entonces era conocido como Cuerpo Técnico de la Policía Judicial, o simplemente Policía Técnica Judicial (PTJ). Al preguntarle sobre su carrera detectivesca capté su atención al instante y sonrió, sus dientes eran unas de las pocas cosas que se podían distinguir bien en medio de la noche.

    —¿Cómo fue su experiencia en la PTJ? ¿Cómo decidió que quería ser policía?

    —Pues fíjate que eso es algo gracioso, porque yo no quería serlo —aseguró con su particular acento entre risas, una mezcla entre el hablar caraqueño y marabino, mientras la punta roja del cigarro encendido danzaba entre la oscuridad—. Cuando fui a entrevistarme, yo ni siquiera sabía que eso era una entrevista para la PTJ —afirmó y siguió riendo.

    —¿Y cómo fue eso? ¿Nadie le avisó o le hicieron una broma?

   —No, no. Sé que suena extraño. La cosa es que yo, siendo un muchacho de 18 años, me fui a Caracas con la intención de ingresar a la Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación (EFOFAC), tenía ganas de trabajar —hizo énfasis en ello— y en mi frustración. porque no me admitieron ahí, un día leí un periódico de Últimas Noticias: «se solicitan bachilleres para formar parte de la Policía Científica» así que yo fui a presentarme, pero en ese edifico no decía PTJ por ninguna parte —dijo con la sonrisa en el rostro que aparentemente le causaba aquel recuerdo.

    »Entonces, eso me trajo problemas con la psicólogo que hacía la entrevista. Ya que cuando ella me pregunta: «¿Y por qué quieres ser PTJ?» yo asombrado respondo: «¿Esto es la PTJ?». Ella pensó que me estaba burlando y hasta me dijeron que iban a meterme preso por ello... y yo llorando diciéndoles que no sabía —agregó —. Me tuvieron ahí desde las nueve de las mañana hasta las seis de la tarde sin comer nada en todo el día y con amenaza de cárcel. Al final me hicieron más preguntas y llegaron a la conclusión de que decía la verdad y me aceptaron por haber aprobado el test psicológico previo a todo ese problemón. Así ingresé. Después me enteré de que los maracuchos (nombre que se le da a los nacidos en Maracaibo) tenemos muy mala fama en el resto del país, sobre todo entre los funcionarios, por ser muy echones y burlones.

    Odward entró a la academia, se graduó como detective y le solicitaron para trabajar en Aragua, donde ejerció con el Cuerpo de Policía Técnica Judicial con y alcanzó el rango de subinspector.
   


Imagen de Pixabay | KlausHausmann

Casos más importantes

    —¿En cuántos casos trabajaste?

    Mientras prendía el segundo cigarro y la llama del encendedor volvía a crear un juego de luz y sombra en su cara cansada y una contraluz en la pared detrás de él, aseguró que participó en tantos que perdió la cuenta y que particularmente dos de ellos los recordaba como los más «locos» e «interesantes» en los que estuvo.

    —Muchos casos fueron interesantes, la criminalística es algo verdaderamente apasionante. Uno de los más bonitos en los que trabajé fue el caso Lorena Márquez.

    —El nombre me suena, ¿era famosa?

    —Lo que se dice "famosa" no. Era una mujer de familia muy adinerada, y esposa de un hombre de familia igual de adinerada, que un día apareció muerta en su casa con un disparo en el pecho.

    —¿Qué hizo ese caso especial ti?

    —Pues en sí lo que lo hizo interesante fue que resultó que en la escena del crimen hubo manipulación y en los hechos consiguientes también —aseguró al tiempo que botaba cenizas en el suelo —. Te lo digo porque cuando se abrió la investigación se tomó el caso como suicidio, pero la familia de ella decía que eso era imposible. Por otro lado, su esposo decía que se mató.

    En 1991, el asesinato de Lorena Márquez terminó convirtiéndose en uno de los crímenes más mediáticos del país. Las averiguaciones consiguientes terminaron destapando un entramado de corrupción y nexos de funcionarios y personajes de farándula, además de un exgobernador de ese estado, con el narcotrafico. El esposo de la víctima era Manasés Capriles, un empresario y narcotraficante vinculado con el Cartel de Maracay.

    —Como la familia de la mujer también tenía "poder", tú sabes, capacidad económica y contactos, hicieron que la Fuerza Armada de Cooperación (hoy Guardia Nacional Bolivariana) abriera una investigación paralela con la PTJ, ya que ellos también tenían un laboratorio de criminalística, y certificaron que fue homicidio.

    »Apenas se dio el resultado, el esposo de Lorena Márquez huyó del país... regresó años después. No sé qué fue de él realmente, pero ese caso lo recuerdo especialmente por cómo ocurrió todo y lo renombrado que fue, incluso hasta le han escrito libros.

    La siguiente historia sobre un asesinato que comentó se trató además de una violación a una madre que estaba en su apartamento con su bebé. Describió, dibujando con las manos en el aire una especie de escenario mental; habló sobre una escena del crimen peculiar: leche derramada en el suelo de la cocina, sábanas tiradas fuera del cuarto, la puerta de entrada y ventanas no estaban forzadas y nadie escuchó nada en un complejo de apartamentos donde cada habitación solo estaba separada por una delgada pared y un portón en el balcón.

    —A la mujer la habían asesinado hacía al menos un día después de que unos vecinos la encontraron —aseguró Odward—, pero en ese lapso de tiempo su hijo no había llorado, ya que ellos no oyeron ningún llanto. ¿Sabes qué es raro? Que un bebé no llore por hambre en todo un día.

    »Inmediatamente sospechamos del vecino del apartamento contiguo porque un colega, muy inteligente por cierto, al que llamábamos Inspector Macizo porque el nos saludaba como "macizo" a todos, notó que el portón que separaba los balcones tenía un candado y, en este caso, ese se veía muy flojo, muy fácil de manipular a pesar de estar tanto tiempo a la intemperie. Eso era una pista de que lo manipularon recientemente.

    Relató con entusiasmo cómo descubrieron finalmente que, en efecto, ese vecino fue el asesino. Restos de leche en sus zapatos, además de pelo del perro del hombre en la habitación de la mujer, fueron evidencia suficiente para descubrirlo. Al final, resultó que el sujeto cruzaba el portón del balcón con frecuencia para espiar a la mujer y premeditar la violación y homicidio. Por otra parte, el bebé no lloró porque él, luego de matar a su madre, estuvo alimentándolo en diferentes horas todo el día. Odward hacía ademanes con las manos mientras contaba cada recuerdo y el punto rojo, que era su cigarro en el negro escenario de la noche, bailaba al son de su boca.

    —Fue un caso muy... bonito —afirmó, aunque con notable duda—. Sé que se oye feo... hasta cruel, porque mataron a una mujer que además fue abusada. Es solo una jerga —rectificó —, así decíamos los funcionarios cuando nos referíamos a que se resolvió bien pues, fue una labor de inteligencia completa.

    Aquello era lo que le gustaba, lo que le apasionaba y sin embargo hacía muchos años ya se había retirado de la profesión. Mientras encendía el tercer cigarro y seguía riéndose de los recuerdos de sus días en el mundo de la criminalística, le pregunté:

    —¿Y por ya no ejerce cómo policía?

    La respuesta tardó en llegar. La noche parecía volverse cada vez más oscura y solo podía ver borrosos movimientos del hombre que estaba sentado hablando de su vida y su seguidilla de cigarros que bamboleaban entre su boca y manos dependiendo del momento.

    Finalmente respondió que, al rededor del 1998, se separó de su esposa y cayó en depresión. Otros «cursos» (funcionarios) le recomendaron que, para evitar más problemas de los que ya estaba teniendo, respecto a su tormentosa separación, en ese momento, dejara la PTJ y se fuera de Aragua.

    —Me aconsejaron que renunciara y yo no quería, pero tomé su consejo... y me fui con lágrimas en los ojos —confesó.

   


Imagen de Pixabay | markusspiske

Regreso a Maracaibo

    Las respuestas de Odward se mantenían certeras y el calor, que aumentaba progresivamente, no le mitigaba en lo absoluto las ganas de hablar. Parecía mantener un recuerdo fresco de esos tiempos pasados.

    Luego de dejar la profesión que le apasionaba volvió al Zulia, a la Maracaibo que lo vio nacer.

    —¿Qué pasó por su mente al llegar a Maracaibo?

    —A llegar lo primero que hice fue pensar: «¿en qué puede trabajar un policía?». Mis opciones eran ser escolta o vigilante.

    »En sí llegué a LUZ porque resulta que mi hermano Yermin tenía un amigo diputado del consejo legislativo que era amigo del aquel entonces Vicerrector de la universidad, Leonardo Atencio, y él le comentó al que tenía a una persona de alto nivel que podía servirle al profesor como escolta.

    Admitió que, a pesar de que fue escolta de Atencio hasta que este asumió y dejó el cargo de Rector, ese trabajo no le gustó en ningún momento y, poco después de que el sucesor de Atencio, Jorge Palencia ocupara el cargo de Rector él pidió que le transfirieran a otra área.

    —Pasé a la parte de seguridad de la universidad, con la Dirección de Seguridad Integral (DSI), ahí comencé con el cargo de supervisor de seguridad —dijo con un tono de voz desinteresado. Sin duda su experiencia detectivesca le cautivaba más y añadió—: ósea, tenía la función de supervisar el área universitaria.

    »Realmente solo sigo en la universidad porque me falta un año para jubilarme —sentenció.

    —Entonces cambió su estilo de vida por otro más tranquilo, eres un hombre con algo que perder, ¿tienes hijos?

    De antemano sabía que Odward es padre de cinco hijos, los cuales mayormente han vivido con él por intervalos, sin embargo actualmente dos de ellos residen fuera del país y los demás están en Aragua.

    —Sí, cinco hijos de tres administraciones —respondió con una carcajada entra las palabras. Con "administraciones" se refería a mujeres.

    Respecto a dónde estaban y por qué no vivían con él se limitó a responder que «están con sus madres» aunque admitió que quisiera tener a los dos hijos menores de edad que le quedan.
   

Vivir para servir

    Al mismo tiempo que labora el LUZ, Odward también trabaja como enlace con la oficina principal de Caracas en la gerencia de inspección, control y fiscalización del Instituto Nacional de Transporte Terrestre (INTT) en el Terminal de Pasajeros de Marcaibo. Comentó que inició ahí luego de que su excompañero de la PTJ, al que calificó como un «amigo y hermano», Eric Bata se lo propusiera.

    Me observó, terminó su tercer cigarro desde el inicio de nuestra charla, como no encendió más la oscuridad fue total, y continuó diciendo:

    —Bata me llamó para decirme que lo habían asignado como Jefe Integral de los terminales del país y me soltó la propuesta: «necesito que me apoyes». Acepté, pero le sugerí que me dejara aquí en Maracaibo, ya que sus intenciones originales eran que abarcara todos los terminales del occidente —dijo y añadió—: y aquí estoy, aportando mi granito de arena para mejorar los procesos dentro de lo que es el área de transporte.

    —¿Con cuál de esos tres trabajos se ha sentido más cómodo? ¿Con cuál se quedaría?

    —En donde estoy ahora, en el terminal —afirmó sin un atisbo de duda.

    —¿Por qué?

    —La verdad es que le he tomado cariño. ¿Por qué? porque yo creo que, en la vida, quien no vive para servir, simplemente no sirve y, aunque no lo creas, allá se hace mucho trabajo social. ¿En qué sentido? pues a allá llega mucha gente necesitada de cualquier ayuda, algunos están varados y no tienen dinero para trasladarse a uno u otro lugar, a otros les quieren cobrar con sobreprecio. No te imaginas la cantidad de personas que hemos ayudado a llegar a su destino, y pues eso es satisfactorio, te da una buena sensación en el cuerpo, se siente bien.

    »Me gusta debido a que es un trabajo muy dinámico. La PTJ lo fue también, pero es demasiado riesgosa porque, para empezar, uno trata con muchos delincuentes, y esta época la ha hecho más peligrosa aún. Ya el criminal no siente ningún tipo de respeto por nadie. Hoy día un hampón ve a un policía mal parado y lo mata.


Odward junto a sus tres hijos menores | Foto: Instagram | @trujilloodward

   

XXX

   

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