Como tu cuerpo también es el pecado, tomo tu cuerpo como la palabra amante, aprieto con mis yemas tu cuerpo y rezo, litigo por tu cuerpo en la frontera, por ti levanto una querella entre la lucidez y la locura. Nazco para ti, allá, donde todo crece afuera y se contraen nupcias entre las venas; donde todo es ilusión de conceptos, de tiempos deshojados, de símbolos pasados. Yo te atraigo hacia mí o llegas hasta mí desde la nada. En átomos arribas a la imaginación con fragancia a cerezas desprendidas, sueltas en las milenramas del pensamiento.
He visto tus huellas partiendo desde tu palacio en el desierto rumbo a las grandes plantaciones de cebada; te veo atizando con el frío mi espera y tu vestido blanco volando, pasando al filo de los fiordos vienes, vienes del páramo derramando sobre la almohada música con flautas precolombinas, con paso sediento te tomas todo el caldo de mi lluvia mientras yo ruedo repetidamente por preguntas de arena, jugando yo a declinar el verbo infinito.
Alargas el brazo. Morfeas. Me das tu número, me entregas tu género durante la concordancia de cada palabra pronunciada desde el sueño. Me atrapas entre tus senos, indecente muñeca abriéndose al alba. Sucio de ti, grosero desde ti, oloroso sobre ti, soy yo, por ti, el nenúfar que surge manchado del fango y del fuego. No importa, nada importa sin ti, contigo sigo la marcha del caos entre tus senos. Me das a migas el pan directo de tus labios, tus labros que envuelven cada timbre, cada tesitura de voz, haciendo énfasis en el aria del universo que es circular, noria, y te vas lejitos como se van las aves y te busco con mis remos allá abajo, adentro del agua ardiente, en el vientre profundo donde trinan, copulan y enloquecen los pájaros.

[Fotografía propia]
Nunca reveles mi nombre, me dices, recuerda “se dice el pecado, no el pecador”, me pronuncias al oído medio bajito, cayendo a mordidas sobre mis lóbulos enrojecidos, y entras tropical, descalza como a una playa, a la recámara, entras con tus agujas a mi agujero, a hacer el traje entero de mi alma, a llevarte lo que no traje cuando encarné en espíritu, costurera de mi alma, carnal de mi carne, hilandera de sueños y pesadillas que taladran mi inconsciente.
Huelo tu cuerpo. Sigo tu compás, tu bitácora, tu camino. Húmedo de siglos, tomo tu vía de estelas aglomeradas en las cuencas de la memoria. Sé flecha, sé génesis, sé sed obsidiana, sé la palabra amante de seda repetida que da cielo a las demás; cúbreme ahora o quedaré devastado para siempre y quedaré sin nada si te vas, te lo juro, si tú no vuelves meteré mi cara en un inframundo de serpientes para que ellas hagan de mi rostro lo que quieran con su picardía.
Apareces y desapareces donde no se atreven las castas, nadas como un pez caribe en mi cama, como el morir, como una enfermedad sagrada que me tumba. Por tus piernas chorrea luz dorada componiendo una oración, corre un líquido ámbar partiendo de los belfos, de tus montañas y de tus olas emerge un olor que subraya el azul marino, que es gualda o es más bien horizonte anaranjado, que enajena fatalmente los sentidos muy cerca de tu costa gramática, que me embriaga y me hace dar vueltas entrando a tus espirales por la palabra compuerta.

[Fotografía propia]
Pocas cosas se requieren para ser ave marina, una de ellas es creer en el vuelo y en el influjo de la luna reflejada en el abismo, ave en avismo, plenitud perenne en el aire, corriente que no cesa en la atmósfera de yodo y en los espejos del océano que el sol parte en más de mil pedazos. Así eres tú, innumerable, inabarcable barca del ponto profundo donde me apremio por desnudarte y ver tu sustancia pura, sin piel, llegar hasta tu semilla que contiene todas las semillas madres del mundo, que contiene todos los mundos que en el cosmos hay; universo continente y contenido en un verso único compuesto por los dos en el silencio.

Todas las fotos son de mi autoría
tomadas con un teléfono Samsung,
modelo Ace2 GT-I8160P
Gracias por leer.
Viva Venezuela.


