Teatro de experimentos 3

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Teatro de experimentos 3

(notas, aproximaciones, borradores, en busca de una forma)


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Uno de esos días, luego de otra noche en vela con los sentidos dolorosamente alertas, sale en la mañana a su trabajo. Ha bajado ya el primer tramo de escaleras cuando escucha que, desde arriba, lo llaman. Aquí habría que intentar describir la arquitectura del edificio, o al menos de la escalera, que es en realidad lo que cuenta. La escalera corre por el centro del edificio, que es apenas de cuatro pisos –Medina vive en el último– y en cada piso una verja metálica se abre a la escalera, lo que permite que desde cada piso se puedan observar los escalones que ascienden o descienden según sea la perspectiva del observador. Se necesitaría un dibujo, uno de ésos muy precisos que hacen los arquitectos, para tener una idea cabal del asunto, pero no contamos con ello.

Así que cuando Medina escucha que lo llaman levanta la mirada, y se encuentra que desde la cuarta planta, acodada sobre la parte superior de la reja o verja, lo mira sonriente Hilda, una vecina de dieciséis o diecisiete años, o mejor dicho: la hija de unos vecinos de piso, y lo piensa así: “la hija de los vecinos”, como si no tuviera entidad propia, a pesar de que varias veces la ha ayudado con tareas de literatura y castellano para las que la muchacha está –o parece estar– singularmente poco dotada. No es, entonces, primera vez que hablan ni siquiera primera vez que ella lo llama por su nombre en un gesto de plena confianza. Rápidamente dice lo que necesita: pasará en la noche para que la ayude con una tarea sobre Cien años de soledad. Él asiente, casi sin palabras, porque está perturbado.

¿Qué es lo que lo perturba hasta el punto de sumirlo en el mutismo? Dos cosas: la primera es fácil de explicar: la muchacha tiene puesto el uniforme del liceo (con seguridad se dispone a salir también), del que forma parte una falda que usa bastante corta. Ha adelantado la rodilla izquierda y la ha pasado entre los barrotes de la reja, que están bastante separados, tal vez más de lo que las normas de seguridad de construcción civil permitirían. Desde donde Medina la mira, tiene una visión completa –y privilegiada, diría– de la redonda rodilla y la parte interior del firme muslo que le sigue, de una blancura perlada, y más arriba el triángulo de la pantaleta blanca bajo la que asoma, y esto último Medina está seguro de que se lo está inventando, una sombra húmeda.

Pero nada de esto sería en sí mismo perturbador; acaso excitante y divertido como una travesura, como cuando siendo niño, a los cinco o seis años, se metía bajo la mesa donde su madre recibía a sus amigas para ofrecerles café y trozos de torta, y él espiaba bajo las faldas de las amigas de su madre consciente solo de que eso era algo que no debía hacer y por eso mismo resultaba tan atractivo hacerlo, dominado, sin duda, por ese demonio de la perversidad del que habla Poe. Así que la contemplación excitante y extasiada, que duró apenas unos segundos, no más de medio minuto, se vio acompañada, y se diría que potenciada, por el segundo elemento –que podría considerarse el primero en orden de importancia, ya que sin él el otro (la rodilla, la bella pierna, la promesa implícita del triángulo de tela entrevisto) no tendría trascendencia alguna– que era apenas una sonrisa. La sonrisa. Por supuesto, había visto sonreír muchas veces a Hilda, y siempre había lamentado que sus dientes sobresalieran un poco más de lo conveniente, pero nunca así; nunca con tanta intención. Era una sonrisa que sabía de su condición (de la de Medina), una sonrisa que prometía simpatía, comprensión y pasión; una sonrisa que prometía días y noches de exploración carnal, de desenfreno de los sentidos (y en ese momento Medina pensó en Rimbaud a quien apartó rápidamente de su mente porque lo último que necesitaba eran distracciones literarias cuando estaba frente a una sonrisa verdadera, la verdadera sonrisa de la lujuria).

Hilda se despidió prometiendo pasar en la noche por su departamento, y Medina continuó su descenso, escalón a escalón hasta ganar la calle y la parada del autobús. Allí esperó unos minutos y cuando el vehículo se detuvo y subió advirtió con alarma que tenía una erección que amenazaba con rasgar la tela de su pantalón, si se nos permite la licencia hiperbólica. Por suerte, encontró un asiento vacío cerca de la puerta y no tuvo que cruzar toda la extensión del pasillo exhibiendo su grosera masculinidad; así había sido educado él, o así había asimilado la educación que le proporcionó no sabía muy bien quién, porque estos temas no se trataban en su familia.

Del otro lado del pasillo que separaba las filas de asientos, dos muchachas inclinaban sus cabezas sobe un grueso libro de biología o medicina o fisioterapia, a juzgar por las ilustraciones que podía ver cada vez que pasaban las páginas satinadas, e instantáneamente sintió que el deseo que hasta un segundo antes ardía por Hilda se desplazaba hacia sus vecinas de autobús, lo que le hizo comprender que el deseo, aun el más violento y vertiginoso, puede adoptar formas genéricas y hasta impersonales. Estuvo cavilando un largo rato sobre esta idea antes de que la aglomeración de gente en el pasillo le hizo imposible pensar nada más.

La noche no trajo nada definitivo, pero bien pensado no podía ser de otra manera. Su esposa estaba en casa –el ensayo de la obra había sido suspendido por alguna razón que Medina no se ocupó en tratar de entender– y cuando Hilda llegó, cargando con su ejemplar de Cien años de soledad y varios cuadernos y carpetas con hojas sueltas, como si se dispusiera a una vivisección y posterior autopsia del texto, su esposa se esmeró en mostrar lo buena anfitriona que podía ser. Pronto resultó evidente que Hilda sólo había leído las primeras páginas de la novela y no tenía ganas ni intenciones de ir más allá. En otras circunstancias, Medina la habría despachado con la recomendación de que no volviera hasta haber llegado a la última escena, pero no era él quien en ese momento se portaba paciente y comprensivo explicando parentescos, conectando escenas y resumiendo el argumento, sino su pene esperanzado.

Hilda no era especialmente bonita, aunque tampoco era fea. Bajo ciertas circunstancias cualquier hombre la miraría dos veces sin poder explicar qué era lo que resultaba atractivo en ella. Ahora es fácil decir que lo que la hacía especial –aparte de sus maravillosas piernas– era su juventud, el brillo de la juventud, el aura de salud y belleza y fuerza que tiene la juventud. Medina no podía darse cuenta de esto porque él mismo era bastante joven y estaba encerrado en la esfera de su propia edad que de alguna forma mediaba entre él y el mundo. Sin embargo, el influjo de la juventud es poderoso y el deseo de Medina mentalmente gravitaba alrededor de la muchacha –y más que alrededor como un satélite lo haría con respecto a su planeta, lo imaginaba como una nube, una nube de electrones o una lluvia de neutrinos que la circundaba y la penetraba sin que ella se diera cuenta de nada–, aunque en su exterior guardara una decorosa compostura centrada en las virtudes literarias del texto que reposaba en la mesa.

Hilda se marchó con palabras de agradecimiento y alivio y sonrisas normales, cotidianas y corrientes que nada prometían. Su esposa recogió las tazas de café. Medina se dirigió al minúsculo balcón y, acodado contra la baranda metálica cual pasajero o tripulante de un barco de la antigüedad más remota que se asomara al abismo del mar, contempló, sin ganas y con desconsuelo, la avenida. Por la vía corrían veloces autos y camiones, estimulados por la ausencia de semáforos.

Un borracho tempranero (no eran todavía las nueve de la noche) cruzó la isla de tierra y la peligrosa cinta de asfalto sostenido por sus piernas de goma, de agua, de humo. ¿Cómo era posible que no cayera al suelo y fuera aplastado y triturado por las llantas de los vehículos? El suyo era un acto de circo extremo, un artista del trapecio a ras de tierra, un domador de fieras mecánicas, más heroico que cualquier otro pues se cumplía desde la absoluta inconsciencia. Medina lo envidió. Ni siquiera el aturdimiento alcohólico estaba a su alcance, pues apenas si bebía una cerveza de vez en cuando.

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