Existencia y destino: ¿Determinismo o libre albedrío?

in #spanish9 months ago

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No han sido pocas ocasiones en las me he sorprendido entreteniendo la idea de destino. ¿Estará el destino ya escrito o somos nosotros quienes decidimos nuestro futuro?.

La búsqueda de una respuesta a semejante cuestión, me ha llevado durante el transcurso de mi vida y en base a mis propias experiencias, a la conclusión de que efectivamente, el futuro está ya escrito y que también, efectivamente, nosotros somos los dueños de nuestro destino.

Esta aparente contradicción, como dialéctica y tal y como ya propusiera Hegel, contendría el germen de su propia síntesis: Nuestro destino se conformaría a partes iguales de un componente determinista y de un componente de libre albedrío.

Ahora, si nos dispusiéramos a estudiar dichos componentes y de forma aislada, sería necesario el contemplar como punto de partida, los conceptos de por una parte, propósito y arquetipo y por la otra los de propiedad y coherencia.

Sobre el propósito

Existencia y propósito serían conceptos en relación de simbiosis. En toda existencia y más allá de la encarnación, se desprendería la presencia de un propósito y de igual forma, la presencia de un propósito llevaría implícita la existencia.

Este tipo de fenómeno sería de fácil observación en nuestro medio donde cada planta, insecto o animal presente en la naturaleza proyectaría la vida hacía su propio destino a través de un propósito. La cadena trófica sería un claro ejemplo. En dicho sistema, cada miembro integrante contribuye mediante el despliegue de su propio destino (prosperar en el medio, reproducirse, etc...) hacía el propósito de sustentar la vida del siguiente escalafón de dicho sistema. El destino particular sería el cómo y el propósito nos hablaría del por qué.

En este orden de cosas, el ser humano, por ser él mismo parte de la naturaleza no estaría excluido de dicho sistema ni de su propósito. La diferencia principal con el resto de seres vivos del planeta y más allá de un enfoque meramente darwinista sería que, en nuestro caso, el propósito al que estaríamos contribuyendo con el despliegue de nuestro propio destino es el hacer evolucionar la consciencia planetaria.

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La constante evolución de la consciencia, como fin último y propósito de la vida, sería en realidad compartido por todos los seres que habitan nuestro planeta, aunque en nuestro caso, como seres humanos y al estar dotados de la capacidad de ser conscientes de nosotros mismos, seríamos responsables de contribuir al propósito en mayores cuotas que el resto de entidades que no dispongan de esa capacidad. Este hecho es lo que en terminología metafísica relacionaría al ser humano con la idea de microcosmos o fractal del propio universo (macrocosmos).

El tipo de implicación en la que los diferentes seres vivos contribuyen al propósito vendría en función de su masa cerebral y en consecuencia, de la capacidad de conectar con la consciencia que habita dicha entidad así como en su facultad de intercambiar información con la misma. Esta dinámica de consciencia que situaría a la propia existencia en relación con el propósito, vendría dada en su mayor parte por la capacidad que cada ente establezca a la hora de identificar correctamente y en función de su nivel de consciencia, determinados patrones energéticos denominados arquetipos.

Sobre los arquetipos

Los arquetipos y parafraseando a Platón y su “mundo de las ideas” serían pensamientos primordiales surgidos de la mente de Dios. Por Dios podríamos entender el universo o la sopa energética que lo conforma y en la que estamos sumidos. Por pensamientos primordiales podríamos entender patrones de funcionamiento intrínsecos a la propia existencia que se encontrarían ya presentes en el universo desde su nacimiento y que propiciarían o darían dinamismo a la consecución del propósito (la evolución de la consciencia).

En su esencia, la naturaleza del arquetipo sería eminentemente dual y se podría clasificar como de carácter positivo o negativo. Presencia o ausencia de energía. En cierta forma el lenguaje arquetípico se asemejaría al lenguaje binario de la computación moderna donde en su más bajo nivel se compone meramente de unos y ceros pero que, en sus manifestaciones más complejas, daría lugar a estructuras con un alto grado de especialización tales como los sistemas operativos que hacen funcionar nuestros gadgets tecnológicos y que nos permiten escuchar música, ver videos y todo un sinfín de actividades, todas ellas sobre un mismo soporte, así también como la posibilidad de generar más entropía en el proceso pudiendo llegar al punto de resultar ininteligibles en su diferenciación.

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Los arquetipos impregnarían el cosmos viniendo a dar significado a toda manifestación energética y se irían desplegando desde los niveles más sutiles a los más groseros de la materia añadiendo paulatinamente más diversidad a su esencia primordial (ya sea esta positiva o negativa), diversificándose en significado y haciéndose cada vez más complejos con el objetivo de poder desplegarse adecuadamente en todos y cada unos de los niveles de consciencia “inferiores” y que, por otra parte, actúan paralelamente a la densidad de la materia que se vincula con cada uno de dichos niveles.

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La relación entre consciencia y arquetipo sería de orden exponencial, de forma que a más consciencia, mayor capacidad de entrar en contacto con la forma original del arquetipo en cuestión y de dirimir su significado más fundamental (naturaleza positiva o negativa). En los niveles más sutiles de consciencia es donde el resto de significados presentes en los niveles más densos que le suceden estarían contenidos por provenir todos ellos de la misma fuente.

Sobre lo que nos es propio

Como parte del cosmos y en el momento de la encarnación, el ser humano quedaría impregnado de aquellos arquetipos que se hallaban activos en ese momento en el medio debido a la propia dinámica del proceso que, recordemos, sería constante en su devenir.

Durante la encarnación y en nuestra precipitación como consciencia hacía el mundo de las formas, los arquetipos dejarían una impronta energética que nos acompañaría durante el transcurso de nuestras vidas una vez encapsulada nuestra consciencia en un cuerpo físico. El momento y lugar de nuestro nacimiento sería previamente reconocido y elegido por la consciencia que nos habita como el más propicio para encarnar en aras de contribuir, con nuestra existencia y mediante el despliegue de nuestro propio destino, al propósito.

De nuevo, el propósito sería el por qué, mientras que los arquetipos serían ahora, y en el nivel de consciencia en el que operamos como seres humanos, el cómo. Observamos pues como destino y arquetipo se enmarcarían dentro de la misma categoría pudiendo así empezar a relacionarlos. Esta relación, fundamentada en aquello que nos es propio, se desarrollaría a través de la coherencia.

Sobre la coherencia en el ser

La coherencia sería en este caso, la capacidad que tiene el ser humano de identificar lo propio.
Supongamos que disponemos de una persona de baja estatura, digamos de 1’60 cm. Esta persona, en función de su libre albedrío y en base a sus anhelos, ya fueran estos propios o adquiridos, se ha propuesto como destino el jugar profesionalmente al baloncesto como pivot. O el caso contrario, supongamos el de una persona de 2’10cm que quisiera a su vez jugar de delantero centro en un equipo profesional de fútbol.

El contemplar estos ejemplos, absurdos como son, servirían para darnos medida del componente determinista de la existencia en base a los arquetipos. En este caso entendiendo una altura física concreta como la manifestación arquetípica de expansión o contracción de las formas sobre una existencia individual.

Lo que nos aporta el componente determinista de la encarnación es que, debido a los arquetipos a los que estamos sujetos, no es factible el llegar a realizar determinadas cosas de determinada manera. Sencillamente un manzano no podrá jamás dar cerezas por mucho que éste se empeñe en que así sea.

Sin embargo y siguiendo con nuestro ejemplo basado en la altura, ello no quiere decir que tanto en el caso de la persona más baja como de la más alta, no puedan llegar a ser grandes deportistas e incluso en los deportes que desde su libre albedrío han elegido. Para llegar a desarrollarse en el mundo del deporte sencillamente bastaría con identificar el arquetipo con el que ya se cuenta a un nivel más grosero (la voluntad de ser un deportista de élite / componente libre albedrío) para hacer un buen uso del mismo aun nivel más sutil (aprovechar la altura con la que ya se cuenta para tal fin / componente determinista). En nuestros ejemplos y siendo extremadamente consecuentes, la correcta identificación del arquetipo desembocaría en la persona más baja jugando de base (en lugar de pivot) y la persona más alta de portero (en lugar de delantero centro).

El componente de libre albedrío vendría pues a incentivarnos a encontrar nuestro propio camino de destino en función de la disponibilidad de arquetipos, pudiendo navegar, previa identificación de los mismos, de forma mucha más autónoma durante el transcurso de nuestras vidas y permitiéndonos aportar una faceta más personal e intransferible al propósito.

Este proceso lejos de ser vivido como una restricción, entraría a formar parte del destino y sus “cómos” y otorgaría a la persona un alto grado de satisfacción interna por el mero hecho de estar respondiendo al arquetipo adecuado que ya se haya presente dentro de sí.

Conclusión: Identificación de Arquetipos (metodología y usos)

El destino pues, y si nos ceñimos al ser humano, sería la combinación de los componentes deterministas y de libre albedrío que se encontrarían presentes en nuestra encarnación en base a los patrones energéticos que habitan en nosotros.

Es por ello que con el objetivo de sacar el máximo partido a nuestra propia existencia, sería deseable el poder ser capaces de hacer un correcto diagnostico de nuestros propios arquetipos. Desafortunadamente, la identificación y buen uso de los mismos se nos revela una tarea bastante más compleja que la de dirimir nuestra vocación meramente en base a nuestra altura...

Sin embargo y gracias precisamente al hecho de encarnar como seres humanos, tenemos a nuestra disposición y gracias a nuestra capacidad de comunicación, una serie de herramientas que, mediante la comprensión intelectual de nuestras propias circunstancias y del registro que de las mismas se ha ido acumulando a través de las generaciones, podemos utilizar a modo de hermenéutica con el objetivo de identificar correctamente los arquetipos a los que estamos sujetos y de los que podemos hacer uso en nuestro beneficio propio a la vez que colaboramos con el propósito.

Tradiciones como la astrología han venido estudiando y dando respuesta a este tipo de complejas dinámicas durante milenios. El motivo por el que la astrología es capaz de dirimir dichas cuestiones con extraordinaria exactitud se nos revela mediante la comprensión de que los planetas que circunvalan (junto con la Tierra) nuestro sistema solar, además de lo que podemos percibir mediante el intelecto, masas de roca o gas en movimiento a través del vacío cósmico, son en realidad también formas de manifestación arquetípica.

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De igual forma que nuestro planeta está vivo, poseyendo consciencia propia de la que formamos parte y teniendo como aparente arquetipo el ser un laboratorio de experiencias en el mundo de las formas, el resto de cuerpos que orbitan alrededor del Sol, tendrían a su vez su propia consciencia que, aún diferente en naturaleza, contribuirían al propósito operando en planos energéticos que se hayarían más allá del mundo físico. Tal y como se ha comentado, al operar en dichos niveles, su manifestación sería mucho más sutil, aglomerando así todos y cada uno de los significados derivados de su propia naturaleza que paulatinamente se irían desplegando hacía los niveles más groseros de la materia.

La Tierra, recibiría así las diferentes influencias arquetípicas que emanan de dichos planos (en los que se ubica nuestro sistema solar) llegando hasta nosotros en todo momento, en mayor medida y sobretodo tras nuestro nacimiento, a través del filtro de nuestro satélite. Nuestra luna, siendo ella misma un receptáculo arquetípico y al estar orbitando constantemente la superficie del planeta, generaría un campo electromagnético en el que, en función de la alineación o no de ésta con las energías provenientes del cosmos, daría paso a las mismas con gran potencia hacía nuestra atmósfera desde diferentes ángulos y que junto a las lunaciones, harían llegar hasta nuestra psique un gran flujo de información arquetipica desde el momento de nuestro alumbramiento y durante el transcurso de nuestras vidas.

Este sistema, que respondería al axioma hermético de correspondencia, operaría de forma similar a lo que la ciencia moderna denomina “entrelazamiento cuántico” y pondría en relación al hombre con el resto del universo mediante el psiquismo por estar dotado el ser humano de la capacidad de ser auto consciente. Esta cualidad, tal y como se ha venido recogiendo incluso en la tradición exotérica, se consideraría divina y nos otorgaría cierto grado de interacción e independencia desde y hacía el fenómeno, llevándonos así más allá de una mera posición pasiva como receptores del proceso (componente determinista + componente libre albedrío).

En cualquier caso, la astrología conformada alrededor de nuestro sistema solar intentaría explicar la relación del hombre con otros planos de consciencia (banda zodiacal / cinturón de Van Halen + estrellas fijas / espacio interestelar) y conformarían el grueso de una tradición que, utilizada en el contexto de las natividades (domificación de las áreas de experiencias / sistema de casas) nos darían una gran cantidad de respuestas y ayudarían al ser humano a navegar a través de su propia existencia con el fin de conciliar al individuo con su propio destino.

Fuentes: Estatua pensante

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