Una isla para siempre (segunda entrega)

in spanish •  last year 

  Compañeros de Steemit, aquí les dejo la segunda entrega de Una isla para siempre y, para quienes se hayan enterado tarde, pueden ir, desde aquí mismo, a la primera entrega.  

 

Fotografía: Luis Alejandro Contreras


Volví a la terraza de la azotea, pero en esa oportunidad sin pasar por el casino. Fue por otra puerta, grande, de dos hojas, de madera tallada con la representación de leones y toros enfurecidos y hombres temerosos. Caminé hasta el pretil colindante con la oscuridad cerrada. Una cabeza de león rugiendo, tallada en piedra, corona el centro de la terraza. Estuve detallándola por un rato: me inspiró miedo y me aparté de ella. Entonces apareció la Señora, como la llaman todos aquí. No me pareció hermosa, pero sí muy atractiva: algo en ella seduce y encanta, pero infunde un respeto temible. 

-El frente de La Herradura, la curva, da hacia el norte. Sus brazos apuntan hacia el sur. Y hacia el sur está el voladero donde deambulan los ruines, esos que algunas veces intentan entrar aquí y arrasarnos, pero nunca lo lograrán. Por esos los tres leones, dos hembras y un macho, fuertes y fieros, custodian nuestro límite con el voladero. Los tres leones, de vez en cuando, eso es impredecible, entran al patio central de La Herradura saltando la cerca que nos protege. No sé cómo, pero lo hacen. Rondan cuanto se les antoje por allí –señaló hacia el centro oscuro de La Herradura-, incluso se pasean por el pasillo externo de la planta baja y así como vienen, vuelven a su territorio, cuya extensión nadie conoce. 

Me extendió la mano izquierda y la tomé con mi derecha. Caminamos muy juntos hasta el extremo del brazo este de La Herradura, después de atravesar un umbral insospechado en el rectángulo de la terraza. 

-Se supone que del este siempre viene la luz- dijo, señalando con la derecha hacia esa dirección. Aún seguíamos tomados de las manos. Muchas preguntas me asediaban, pero no me atrevía a pronunciarlas: me sentía lleno de miedo y devoción por ella. Su rostro cobrizo, delineado en medio de su largo cabello negro y lacio, sólo pude mirarlo por segundos. 

-Cándida Hesperia puede alumbrarte si sabes cómo ganarte su afecto. Ella nunca te buscará. De ti depende encontrarla- me soltó la mano y se fue. 

Regresé al centro de la terraza. Pude ver algunas luces vertiginosas en el voladero. Seguí hasta el casino y me planté junto a la Pepa, casi rozando su brazo. Míster Queen me miró de mala gana y me pidió un trago del aguardiente raro. Se lo serví con estudiada cortesía y me planté de nuevo junto a la Pepa. Ella volteó a mirarme y me sonrió y con los labios me hizo un gesto de sensualidad cómplice y más atrás, sin mediar palabras, el puño enorme de míster Queen se estrelló justo debajo de mi oreja derecha y caí de largo a largo en el piso inmundo. 

Desperté en el regazo de la gorda Nubia. Me besaba la frente y me acariciaba la cabeza. Cuando abrí los ojos me besó en los labios. Me consentía. Nubia es dulce, simpática e inagotable. Es la única persona en esta isla con alma de gente. No se altera ni se ofende por tonterías. Da lo que es a corazón abierto. 

-No repitas esa estupidez. Míster Queen es un enfermo celoso. La Pepa es su diosa… ¿y cómo te atreves a estar junto a ella con tu virilidad alborotada?- eso me dijo la gorda Nubia después de besarme una y otra vez en la frente. 

Estábamos en un pasillo de La Herradura, apenas alumbrados por las quietas llamas de unos velones negros, como los hay a mitad de pared sobre angostas repisas, en todo el interior de La Herradura. La miré con cariño y agradecimiento. Me levantó y nos fuimos al Paseo de las Escaleras. Ella seguía besándome en el cuello y me susurraba palabras amorosas al oído. Bajábamos y bajábamos por escalones de mármol, de blanco y negro intercalados, como si el mundo fuera nuevo y lo descubríamos con nuestros limitados sentidos. A uno y otro lado se oían gritos de gente, no sé si eufórica o torturada o desesperada, pero tomado de la mano con ella era como avanzar en un prado benévolo y generoso con la alegría de vivir. Seguimos con pasos firmes bajando esas amplias escaleras y, al fondo, en un aire apenumbrado, como un recuerdo lejano, había huellas exactas de grandes seres sobre la tierra seca y, a los lados, lápidas irregulares en granito y mármol, se extendían como monumentos a ídolos inmemoriales: eran, quizás, tumbas sin nombres, sin dedicatorias de sus dolientes. Me sentí en un mundo donde nunca quise estar, mientras la gorda Nubia me besaba el cuello con fruición y como único destino. 

Más allá de mi pobre vista, bajo una oscuridad indecisa, se abrían campos en formas irregulares, pero delimitados en perfección geométrica, y ya no podía más ante tan calculadas maneras de ver el mundo y pensé: este es el único mundo en el cual ya sólo sé estar y ver, sin afirmar nada ni rebotar preguntas. Sólo sé de la heteróclita hermosura de ese recorrido y de esas impresiones sugestivas a cada paso. Y así anduve con el cariño de la gorda Nubia y los ojos más abiertos que nunca ante la realidad de esos momentos raros. 

-Aquí estamos, en el punto de partida- dijo ella.  

Y los ciento cuarenta y siete escalones que descendí complacido con la gorda Nubia fueron un episodio repetido una y otra vez. Aún no comprendo por qué al caminar unos doscientos metros de vuelta, estamos en el punto de partida sin subir ni un metro. Pero aquí, en esta isla, todo es así. Las preguntas sobran y las respuestas faltan. No hay respuestas para las preguntas. 

Creo que la gorda Nubia está enamorada de mí, pero yo sólo tengo cuerpo y pensamientos para Sonia. La Pepa de Billie Queen me alborota la virilidad, pero eso no es amor. Es la pura lujuria, el deseo que su ser de ricura alebresta. Ni siquiera sé cómo llamar a Sonia: decirle que no me olvide, que estoy en este mundo amándola; pero no sé cómo volver a sus brazos, a su lunar subyugante, a su boca posesiva… a eso tan suyo, cálido y absorbente. Quiero tenerla a mi lado, ratificarle mi amor y mi deseo; al menos espero que nuestros anhelos coincidan en el espacio que nos separa, en el amor cuyas barreras casi nadie conoce.               

Fotografía: Luis Alejandro Contreras


Alguna vez me elevé sobre el mar abierto y pude divisar, desde lo alto, archipiélagos, penínsulas y bahías escondidas. Recorrí con pasos ligerísimos campos que se extendían a lo largo y ancho, conforme yo avanzaba; pero eso fue en otro tiempo, cuando aún me complacía en jugar bajo la lluvia, revolcarme en los barriales y algunas tardes inspiraban la certeza de ser interminables. 

También fue el tiempo en que mi tía Ada, la hermana menor de mi mamá, me llevó a un río. Llegamos después de un largo y alegre recorrido en un viejo autobús lleno de gente de todas las edades. Ella y yo nos separamos de los demás pasajeros y caminamos río arriba, hasta un pozo llano. En una de las piedras que lo circundaban, la más plana, estaba sentada una señora que nos recibió con mucha cordialidad y cariño. Mi tía me mandó a bañarme en el pozo, mientras ella conversaba con Julia (jamás olvidaré su nombre), y en cierto momento advertí que mi tía Ada sollozaba abrazando a Julia. Meses después, no muchos, mi tía Ada murió, apenas cumplidos treinta años. Siempre supe, sin que nadie me lo dijera o en aquel momento escuchara alguna palabra, que aquella conversación entre ellas era una despedida para siempre. 

Así hay un tiempo para cada uno de nosotros. Así somos, pero llegan los días de las exigencias, las obligaciones y de eso abarcado con un término genérico: la rutina. Y nada de eso sería de lamentar, si no fuese porque nos lleva a otro extremo, olvidando aquello, lo otro, lo de ese otro tiempo: nos quedamos en el extremo árido.  

Algo de eso perdido, difuminado en la cotidianidad, he reconocido en esta isla, aunque no siempre en circunstancias agradables: han sido embates contra un sólido muro de miseria humana. Aquí también me he elevado, en las únicas horas claras en mi cabeza, aunque de cielo nublado: en el apogeo de la elevación comprendí que el disfrute de la altura, el goce de mirar cuanto podía, lo es todo y no importa si alguien más sabe de esa íntima y modesta satisfacción. Por eso, mi permanencia en esta isla no me ha resultado tan pesarosa, aunque el trato de las Morales, el golpe que me propinó míster Queen y el temor a un ataque de los ruines parecieran suficientes para sentirme espantado. Y no puedo negar que el cariño espontáneo e incondicional de la gorda Nubia y la arrobadora hermosura y sensualidad de la Pepa han despertado y elevado mi gratitud. 

Ya en ese punto de compensación, me arriesgué a salir solo de La Herradura. La calle de enfrente no era la misma de otras veces; al menos yo no la recordaba así. Esta no estaba asfaltada y no tenía acera a uno y otro lado. El cruce más cercano estaba a una cuadra a la izquierda y frente a La Herradura no había un parque con árboles y arbustos frondosos, sino un zanjón en cuyo fondo estaba empozada un agua verdosa. Bajo una luz indecisa de amanecer o atardecer caminé hasta el cruce de la izquierda, donde comenzaba una larga calle también sin asfaltar y sin aceras: a la izquierda una fila de bloques de catorce pisos, de dos cuerpos unidos por una escalera central. De cada uno de los apartamentos de esos tantos bloques salía una música distinta a todo volumen; en las plantas bajas y en los estacionamientos quién sabe cuánta gente hablaba o gritaba o cantaba o silbaba. De pronto se oían objetos de vidrio, seguramente botellas de aguardiente o cerveza, estrellarse contra paredes o el piso; se oían disparos, pitas e insultos, pero no tuve miedo: algo me aseguraba que con sólo seguir mi camino y no acercarme a los edificios no correría peligro. 

Sólo sé que iba hacia el norte de la isla, de acuerdo con lo que me había indicado la Señora sobre la posición de La Herradura y según le había escuchado en el casino a unos de sus disparatados huéspedes.  Al final de esa prolongada calle, donde también terminaba la hilera de bloques, al otro lado de una avenida en la que aquélla desembocaba, pude ver, entre altos árboles de follaje oscuro, un edificio de dos plantas abarcando toda una cuadra. En sus ventanales se alternaban resplandores. Al principio me pareció un museo; luego, un palacio de gobierno. No quise, no tuve valor para cruzar la avenida y allegarme hasta alguno de sus pórticos; además, al llegar a ese punto algo negado a mi vista me sujetaba con fuerza el tobillo derecho... una cuerda, una liana, un tentáculo. 

Y volví a La Herradura en menos tiempo del que tardé fuera de ella. 

   Fuente de la imagen

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Woow. de verdad que engancha la lectura aunque hice como los locos leí primera esta y luego fui a la primera parte.. pero realmente muy buena este tipo de lectura inspiran mi proyecto muy pronto saldré de moto viajero por toda Venezuela con el fil de conocer todos sus estados, de cada estado exponerla a todos los lectores de steemit sus culturas sus lugares de interés turísticos como son sus personas y historias, sera un viaje bastante largo pero sera interesante tener una ventana a todas las maravillas que nos regala nuestra Venezuela y no solo ver el lado negativo que vivimos, y sueño que este gran viaje mas que una experiencia para mi sea de motivación para muchos y que sepan que hay lugares por conocer aquí en nuestra Venezuela hermosa

Gracias por tu comentario. Y espero que inspirar tu proyecto y lo lleves a buen puerto. Saludos.

Una historia que atrapa desde el principio. Felicitaciones y espero el resto.

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