Soledad

in #spanish2 years ago


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¿Conoces la desdicha de estar solo? Si la respuesta es sí, creo que estás equivocado, creo que realmente no sabes lo que es estar solo. Muchas personas piensan que lo están cada día que pasa, lloran, se afligen y se siente en completa soledad. Pero no están solos.

En cambio yo si lo estoy. No es por sonar melodramático, ni en búsqueda de atención, pero yo sí sé que es soledad. No espero miradas de tristeza o compasión hacia mí, solo quiero contar mi historia y hacerte ver que el mundo no es tan malo para ti.

Mi nombre no importa conocer, solo es relevante entender que el destino me ha hecho una persona maltratada sin aspiraciones, sin sueños. No es como que haya sido siempre así. Hace muchos años mi cuerpo era fuerte, me permitía trabajar, me permitía ser valiente. Tenía salud, tenía una buena vida.

Amé con locura, debo aclarar, pues no siempre estuve solo. Sin embargo fue ese amor que desdicho mi vida. Conocí esa hermosa mujer en las playas de mi pueblo. La cálida brisa de verano le movía su hermosa cabellera negra en todas direcciones, pero ella sonreía, su sonrisa era preciosa. Tendríamos unos diecisiete años, quizás menos, no recuerdo bien, solo sé que desde ese momento me decidí a conquistarla.

Como todo joven de la época, yo pasaba todo el día en la playa, charlaba con amigos y vecinos, me reía mientras caía en picada al agua desde el muelle y me arrojaba arena con los que me acompañaban, luego cuando caía la tarde y el sol nos regalaba el resplandor de su atardecer caminábamos descalzos y mojados hacia nuestras casas. Quizás donde tu hayas nacido no sea así, pero donde yo crecí sí. Aquí nuestros días eran placenteros en todos los sentidos.

Ese día hice todo eso, pero siempre viéndola desde la distancia, sus caderas se contorneaban debajo de su ropa mojada, sus curvas eran preciosas, cada vez que salía del agua me sorprendía aún más y no podía dejar de pensar que era una sirena que piso la tierra solo para atormentarme. Me tomó muchos años para descubrir que no era maravillosa.

Pero ese día, ese preciso día la seguí a casa, me alejé de mis amigos con quienes compartía destino y me fui por el camino contrario, viendo como reía y charlaba con sus amigas mientras caminaba a su casa. Siempre mantuve mi distancia prudente, no quería que notara mi presencia, aunque quizás no fui muy meticuloso, debido a que en una esquina me esperó con los brazos cruzados. Sus amigas rieron al ver mi expresión de sorpresa y miedo. Fue la primera vez que me dirigió la palabra. Luego de eso la acompañaba cada día a su casa.

Nos dimos nuestro primer beso frente a un bello atardecer y pasado algún tiempo nos casamos. Me hice pescador y ella me recibía cada día con cariño y mucho amor. Nuestra casa estaba llena de risas y felicidad. Tuvimos tres hijos, varones todos, y en esas cuatro personas veía mi vida.

Abrimos un negocio, un pequeño abasto local y nuestros amigos de infancia celebraban cada día con nosotros nuestros triunfos, era feliz. Mi vida entera era feliz. Hasta que mi cuerpo falló.

No era algo conocido para las personas de mi pueblo, pero fue algo que poco a poco me fue consumiendo, mi sangre tenía algo mal y poco a poco me fui deteriorando. Ya mi cuerpo no era fuerte, mi piel parecía a punto de romperse, no tenía fuerza para nada. Así que dejé de trabajar, dejé de ser productivo, me volví un estorbo.

Cada día veía en la mirada de mi esposa el dolor y miedo. Poco a poco se fue convirtiendo en pesar, luego en lástima hasta que al final solo había odio e ira.

De alguna manera poco a poco dejó de hablarme, no hubo más palabras para mí. Quería muchas cosas, decía que no merecía a alguien enfermo, a alguien débil, alguien que no le fuese de ayuda. Fue un golpe duro, me destrozó pero no tanto como lo que sucedió a continuación.

En mis días no podía hacer mucho, así que solo caminaba a mi ritmo lento hacia la plaza de mi pueblo, me sentaba a rememorar mis días con mi chica, como reíamos compartiendo un raspado, o danzando a la luz de la luna en las noches de fiesta. En mis pensamientos la recordaba dando vueltas a mí alrededor con su vestido amarillo de flores y su radiante sonrisa pintada de rojo que me daba paz. Me gustaba recordarlo así, cuando me veía así.

Mis amigos no podían estar conmigo en mis paseos diarios, todos trabajaban, todos tenían una vida. Creo que perdí la noción del tiempo de cuándo fue la última vez que los vi. No sé si se hayan creído el cuento que corría en la ciudad en la cual decían que mi enfermedad se trasmitía con solo hablarme y mirarme. No quería ni pensar que mis amigos creyeran dichas atrocidades; con el tiempo comprendí que la gente de pueblo no poseen raciocinio propio y yo solo fui abandonado y dejado de lado, quizás para todos ellos yo había muerto.

Una tarde, luego de mis paseos lentos y que me tomaban todo el día regresaba con mis pesados pies por la calzada de la acera cuando vi como unos hombres cargaban pesados muebles al interior de mi casa y de mi negocio. Pensando que se trataba de una remodelación de mi esposa me acerqué buscándola pero ella se había marchado.

A mi espalda había vendido todo lo que era nuestro, me había dejado en la calle y se había marchado con mis hijos, dejándome solo un mensaje en una maleta con mi ropa que decía "ya no puedo más". No quería creer que me hubiesen echado de mi casa, pero así era. No tenía donde vivir, no tenía amigos que me recibieran, no tenía una vida. Deambulé y lloré. Creo que fue la primera vez que lloré tanto, me sentía roto, no sabía que tanto mal pude haber hecho, no sabía porque me abandonaban de esa manera.

Aunque creo que sí sé porque, por el hecho de no ser útil. Solo que no esperé que ella pudiese ser capaz de hacer tal acto de maldad. Pasé días sin comer, solo durmiendo en el borde de una banca donde tantas noches me senté con ella. Seguía viéndola en mis pensamientos, así que no pude más, decidí marcharme de ese lugar. Ya no tenía nada para considerarlo mi pueblo.

Caminé durante días, buscando un refugio que nunca conseguí. Me mojé con la lluvia, sentí moria de hambre, hasta que extraños arrojaban una hogaza de pan duro. No tenía nada.

No sé cuánto ha avanzado mi enfermedad, pero ya no tengo fuerzas ni de mover mis pies, no puedo levantarme, nado en mi propio excremento. Mi alma está destruida y sí, estoy solo, roto y vacío. Viví una vida con amigos, una vida con personas que creí me amaban y a quienes amé con el corazón. Quizás todo esto haya sido el precio de una vida tan feliz antes de todo este mal... no puedo saberlo. Solo sé una cosa y es que estoy muriendo, siento como mi alma poco a poco se aleja de mi cuerpo, ya no siento frío, ya no siento calor, ni miedo, ni dolor...



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