El sufrimiento de una inocente

in #spanish2 years ago


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Su corazón latía muy rápido, no entendía que sucedía. Su madre, lloraba, le pedía a alguién que para ella era desconocida que no hiciera daño a sus pequeños. El hombre, muy alto y moreno, le colocaba un objeto similar al juguete de su hermano, que era una pistola de agua, en la cabeza.

Ella solo observaba y se aferraba a la pierna de su mamá. Su nombre era Cinthia.

Todos a su alrededor gritaban, peleaban entre sí, ella solo quería estar con su mamá. Vió como su mamá rápidamente colocaba todo lo que tenían en bolsas negras, su ropa, sus juguetes, los de su hermanito... se llevaban casi todo. Luego, aún entre gritos los introducían en un carro y se marchaban lejos de su hogar.

No hubo un adiós a su abuelita, no estaba en casa, trabajaba mucho... Quizás la abuelita no hubiese dejado que su mamá llorara así, ni que ese señor extraño le hablara feo a su mamá.

Durante mucho tiempo estuvieron dentro de ese vehículo. Tenía sueño, quería estar en su camita. Así que empezó a llorar, le pedía a su mamá desesperadamente que la llevara a su casa. El hombre pasados unos minutos le gritó, ordenándole mantener silencio, lo que solo sirvió para asustar aún más a la pequeña.

Su mamá la abrazaba fuertemente, consolaba sus lágrimas. A su lado su hermanito mayor dormía plácidamente. Cinthia no sintió cuando se quedó dormida.

Despertó en un pequeño cuarto, no era tan bonito como el de su abuelita, en este no estaban sus cosas, ni su manta mágica que le quitaba el calor, ni sus bellos peluches que colgaban de la pared. Escuchó gritos fuertes que venían fuera del pequeño cuarto, su hermano seguía durmiendo, no entendía como dormía con tanto ruido a su alrededor.

Llamó a su mamá, tenía miedo de estar sola, pero nadie acudió. Se levantó de la cama y arrastrando los pies siguió el sonido de la voz de su madre. La encontró fuera de la pequeña habitación, no había sala, no había cocina como en casa de su abuelita, solo había tierra y árboles y el cielo nocturno iluminado con una luna gigante. Vió a su mamá gritar y llorar, tenía la cara roja y solo imploraba una y otra vez a aquel desconocido.

Cuando la vió, se acercó y la abrazó, le dijo que volviera a la cama, pero ella no quería, deseaba estar al lado de su mamá. El hombre se acercó, su cara le aterraba, tenía una gran cicatriz en la mitad de su nariz. Se agachó frente a ella y le dijo no había nada que temer, él era su padre.

Para Cinthia esas palabras no tenían sentido, no sabía que era un padre, no sabía quien era él, solo quería ir con su abuelita, a su cama cómoda, con sus peluches.

La mujer ante la insistencia de la niña caminó con ella a la cama y juntas durmieron abrazadas.

Muchas veces cuando despertamos, seguimos asustados por las pesadillas que atormentan nuestros sueños, pero una vez que amanece y abrimos nuestros ojos éstas han desaparecido. Para Cinthia, su pesadilla no desapareció al amanecer, se perduró e intensificó aunque ella no sabía porqué.

Ese nuevo día muchas personas llegaron al pequeño cuarto. Al parecer vivían ahí en conjunto, había muchos hombres y algunas mujeres, no había otros niños, no había espacio para todos. El día siguiente ya no durmieron en la cama, esa era para otros adultos. Solo tenían un pequeño colchón, delgado y con mal olor. A los pequeños les disgutaba, no querían estar más ahí, solo querían irse a su verdadero hogar.

Pero no podían decir nada más, luego de unos días, el hombre les gritaba más seguido cada vez que preguntaban cuando irían a su casa. La pequeña vio en una oportunidad como golpeaba en el rostro a su querida mamá, no sabía porque seguían ahí, no quería estar más ahí.

Su madre lloraba mucho, solo los abrazaba y les daba calor.

La pequeña se aterraba cuando veía al hombre, siempre que llegaba les hablaba muy feo y golpeaba a su mamá, incluso a ella y a su hermano cuando estaban cerca. Siempre fingían que dormían para evitar verlo.

Aún así, la pesadilla no acababa. Muchas veces fue golpeada, incluso, aunque ella no comprendía que había hecho mal, el hombre tomaba cigarrillos y los pegaba en su cuerpo, en su tórax, en sus brazos. Su madre intervenía pero solamente la golpeaba a ella también, la mayoría de las noches se dormían llorando abrazadas a su hermano, queriendo escapar de ese terrible lugar.

Los tres individuos solo querían que todo acabara, que sus penas se terminaran, pero no sucedía así. Cada día todo empeoraba, cada día sus terrores aumentaban.

Cierta tarde, Cinthia tenía hambre, sus estómago rugía, lloraba de forma inconsolable, solo quería comer. El hombre, lleno de ira y maldad gritaba y gritaba muchas veces a la pequeña quien solo seguía llorando aún más. Su madre, no tenía nada que ofrecerle, sentía su dolor, sentía miedo, aún sin imaginarse lo que podría suceder.

El desconocido, tomó a Cinthia del lado de su mamá, la arrebató de forma abrupta, le gritaba y pegaba, y sin una pizca de humanidad, tomó a la pequeña y se dirigió a la pequeña lumbre que utilizaban para cocinar, colocó sin remordimiento la mano de la niña al fuego.

Sus gritos, y llanto estremeció el corazón de su madre. Imploraba, rogaba y suplicaba, pero el hombre no la soltaba, no despegaba sus pequeñas manos de las llamas ardientes.

Cuando se hubo cansado, la soltó, la arrojó al suelo como un objeto y se marchó del lugar. Toda su mano ardía, Cinthia no había sentido un dolor tan grande antes de eso, solo quería irse con su abuelita.

Su pequeña mano le dolía al moverla, toda la piel era oscura, casi negra, Cinthia no quería que la tocaran, no quería comer, le dolía mucho.

El día donde su suerte mejoró fue solo tres días después del atroz accidente, cuando muchos hombres llegaron, estaban vestidos de negros, tenían el mismo juguete que aquel desconocido que tanto las habían lastimado, aquel malvado ya no estaba en ese lugar.

Fue su abuela su heroína, fue su amada abuelita la que las rescató, las abrazó, las besó y lloró con ellas su terrible padecimiento.


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Muchas veces creemos que las pesadillas como la que describo en mi historia únicamente suceden en los cuentos de terror. Éste caso no tiene la fortuna de ser solo un cuento, es realmente un hecho de la vida real.

Una niña torturada por su propio padre, sufriendo maltratos inimaginables, dolores impensables.

¿Existe maldad en el mundo? historias como ésta nos demuestran que sí, que la sociedad está sumamente destruida y que existen seres que no poseen una pizca de humanidad.

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Fotografía real de la lesión.

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Imágen 2: Autoría propia, 2020
Cámara: Samsung J7 pro, 13 megapíxeles.

Divisor y Banner editados por autor, en programa Photoshop Cs5.

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