Calles oscuras en mi vecindario

in #spanish2 years ago

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El sonido de la constante fiesta me aturde, me atormenta. Vivo en un pueblo donde el respeto por las demás personas es inexistente. Cada noche hay fiesta en el departamento de al lado. Su música retumba en mis oídos evitando que pueda dormir.

Así es hasta el amanecer, cuando, luego de que por algún motivo deciden apagar el estruendo, logro dormir durante al menos media hora para dirigirme a mi trabajo. Cada amanecer es el mismo.

Mis ojeras marcan mi rostro, cada día más demacrada y cansada. He intentado hablar con ellos en un principio, pero los modales nunca estuvieron presente en su educación, o por lo visto no tuvieron educación alguna. Así que solo me cerraron la puerta de su departamento en la cara dejándome hablando sola.

Vivo en un edificio que mi madre denominaría de mala muerte. Las personas que habitan ahí no son prosperas, existe mercado de drogas, prostitución y vandalismo en los pasillos de aquel lugar. Lamentablemente, es lo único que mi sueldo como médico puede permitirse.

Quise independizarme hace un año, luego de graduarme no quería sentirme atascada en casa de mi familia, así que partí. Había tenido paz en ese lugar hasta que dos meses antes, un camión de mudanza llego a la calle y bajo una pareja que al verlos identificabas su falta de valores.

Al principio solo se limitaban a pelear, gritarse. Sus insultos traspasaban las paredes que nos dividían pero todo ello era muy soportable. Luego de quince días iniciaron los espectáculos nocturnos. Personas de todo el edificio, de toda la calle, acudían a ingerir alcohol, drogarse y escuchar música sumamente alto.

Así que por ellos terminaba así, deambulando medio dormida por las calles de la ciudad, dirigiéndome a mi sitio de trabajo donde paso dormitándome la mayor parte del día, por lo que recibo regaños de superiores y por lo que realizo un pésimo trabajo.

Hoy es uno de esos días donde termino llorando. No, tristemente no puedo llamar a la policía.

Quizás estamos acostumbrados a ver en las series policiales policías mafiosos, pues ciertamente aquí he visto demasiados policías de ese tipo, llenos de corrupción y que sin duda son tan maleantes como los que ellos aprenden.
En diversas oportunidades cuando salgo de mi casa apenas sale el sol, he visto como les entregan fajos de billetes a los policías simplemente para que no se entrometan en los asuntos de los inquilinos del lugar. Es patético.

No tengo muchas opciones, simplemente tolerarlo o salir de aquel lugar.

Lo primero lo he intentado, juro que cada día lo intento, pero el cansancio me tiene rota, muerta vacía.

Hoy regreso abatida. Por culpa de mi sueño me quedo dormida en el transporte público y me debo quedar cuatro paradas después de la que me corresponde. El lugar es mucho más sombrío que donde vivo, y el sol ya se ha ocultado por completo. Realmente no tengo mucho que puedan arrebatarme, más que mi propia vida.

Así que rápidamente empiezo a andar por las calles llenas de basura, atestada de moscas y aguas servidas en miedo del asfalto. Rodeo lo máximo que puedo, pero siempre el olor me alcanza y me revuelve el estómago. Todo está en total silencio, es como si hubiese llegado a una ciudad muerta. Pero no quiero meditarlo mucho más, solo quiero apresurarme para llegar a mi casa.

Me abrazo fuertemente a la mochila para sentir un poco de seguridad cuando dentro de un callejón un grito llama mi atención. Está lleno de dolor y sufrimiento, así que me hace detenerme en seco en medio de la calle.

Un hombre, en la puerta del callejón sostiene un bate de beisbol. Es joven, como de mi edad, lleva el cabello por los hombros y fuma un cigarrillo. En cuando lo veo sonríe, lanza el cigarrillo a un pozo de aguas negras que se encuentra frente a él y empieza a caminar hacia donde estoy, dejando tras sí a dos hombres, uno sentado sobre otro que parece más un manojos de carne.

Estoy paralizada, no puedo mover mis piernas y siento como mi cara se ha quedado en blanco. El joven me bloquea la visión y aun sonriendo me toma por el codo

-Lo mejor es que nos vayamos de aquí, princesa ¿no crees?

No reacciono, solo dejo que me arrastre aun cuando mi corazón late deprisa. Luego de alejarnos del estrecho callejón me pregunta

-¿Por qué estás aquí? Dudo que seas de este lugar pequeña.

En su voz escucho autentica curiosidad. No sé si respondo por el hecho de que no me está agrediendo o porque quiero alargar lo máximo posible aquella charla.

-Pues… no soy de aquí, pero debido a que estoy muy cansada porque mis vecinos no me han dejado dormir en días, me quedé dormida en el autobús y se pasó mi parada.

-Bien, ya por ahí puedes salir a la vía principal, no mires atrás. – me dice señalando un cruce a mi derecha mucho más iluminado que las calles que he dejado atrás. Asiento y sigo andando. Escucho como sus pasos se alejan de mí y respiro aliviada.

El único sonido en aquel lugar son mis pasos, muchas luces se filtran por las ventanas mugrientas de los edificios, veo a distancia la parada en la que tuve que haberme quedado y respiro aliviada, apresuro aún más el paso.

Cuando solo me faltan alrededor de veinte pasos para salir a la calle principal, escucho como unos pasos se suman a los míos, están muy cerca, no había visto a nadie a mí alrededor, pero debió estar ahí esperando porque salió de la nada.

Tal como me aconsejo el joven unos minutos antes, no miro atrás en ningún momento, y sin dudarlo empiezo a correr tratando de llegar a mi salida, a mi lugar seguro, que es la parada. Lo cual es irónico.

Y logro llegar a la luz debajo de la farola de la calle, cuando otro hombre se cruza frente a mí cortando mi camino. Lleva un pasamontaña naranja dejando ver mechones de un cabello decolorado. Va únicamente con franelilla y tiene una mueca en la cara que interpreto como una sonrisa. Sus ojos me aterran, son vacíos, sin vida, me hielan la sangre.

Retrocedo dos pasos, alejando mi cuerpo de aquel hombre que apesta a alcohol y a mala higiene, pero ya el otro está detrás de mí, me toma de los hombros y me aprieta contra sí.

-¿Por qué corres preciosa? – me dice el hombre al odio, su aliento es pestilente, y también detecto los destellos del alcohol. Forcejeo para alejarme pero me tiene sujeta con mucha fuerza tan fuerte que me lastima.

-Estas muy linda muñeca – dice el hombre frente a mí y se acerca mucho más, pegando su pestilencia a mi rostro. Busco en mi mente el recuerdo de las clases de defensa personal que tomé hace cuatro años. Solo recuerdo unos pocos movimientos, pongo toda fuerza en mis piernas, y levanto fuertemente la rodilla derecha, que se clava en la entrepierna del hombre que da un grito de dolor y se cae hacia atrás. Siento como el agarre de mis hombros se suaviza e impulso fuertemente la cabeza hacia atrás, que se estampa en la nariz del hombre que me sostiene. Me suelta y aprovecho para correr.

Solamente doy dos pasos cuando mi cara se estrella contra el asfalto, siento como mi mejilla arde. El hombre que había caído al piso me sostiene por el tobillo, y de inmediato tengo al otro encima de mí. Su nariz está chorreando sangre, sin duda le di un buen golpe, pero no fue suficiente. Me toma por el cabello y me hala obligándome a parar.

Grito, siento miedo y grito como nunca en mi vida, pero no hay nadie que pueda oírme; quizás si lo hay pero simplemente no pueden hacer nada, no se atreven a hacer nada.

Halándome por el pelo me arrastran nuevamente a la calle oscura, sigo gritando en todo momento, nunca intentan callarme simplemente se mantienen riéndose y burlándose de mí. Tropiezo muchas veces, siento como se rompe mi mono en las rodillas, pero inmediatamente me obligan a pararme. Me arrastran a un callejón que no había visto, escondido entre unos grandes pipotes de basura.

Está oscuro todo, intento patalear con todas mis fuerzas pero solo sirve para caer en el piso. Esta vez no intentan levantarme simplemente me arrastran hacia la oscuridad. Siento como mis caderas golpean fuertemente en cada escalón que caigo, hasta que me arrojan en una sala sucia llena de moho y basura. La luz proviene de una sola bombilla en el centro de aquel lugar. Al fondo una chica se encuentra amarrada a una viga de metal. La cara llena de sangre y muchos moretones.

Está desnuda, todo su cuerpo está lleno de arañazos y sus dedos en carne viva. Tiene los pezones mutilados, chorreantes de sangre.

El pánico se desata en mí, siento como ese será mi destino y por más que luche no logro salirme de ello. Insisto en gritar pero sé que no tiene sentido.

El que tiene la nariz rota me amarra al mismo poste de la chica, como intento zafarme me golpea fuertemente con la mano en puño. Siento como mi rostro empieza a inflamarse. El otro se acerca a mí con cuchillo en mano, pone mi cuerpo pegando la cara del piso y rompe toda mi ropa. Dejándome únicamente con mi ropa interior. Grito, grito con todas mis fuerzas, pataleo con todas mis fuerzas pero solo recibo más y más golpes, cuando siento como todo el peso de su cuerpo cae sobre mí. El olor de sudor y licor se extiende por mi nariz y me asfixia, el peso de su cuerpo sobre mis pulmones evita que pueda respirar.

Pero de pronto ya su peso no está.

-Es hora de irnos princesa- alzo la mirada y lo veo, el chico con el bate y pelo largo está frente a mí, se agacha y corta los amarres de mis muñecas para luego ayudarme a ponerme en mí. Veo como los hombres que me han llevado a aquel lugar están tirados en el piso en un charco de sangre. ¿Estarán muertos?

-¿Cómo te llamas?- pregunto, tratando de alejar de mi mente la pregunta. Sonriendo, siempre sonriendo, se quita la chaqueta y me la da.

-Vamos vístete, hay que salir de aquí. – Responde ignorando mi pregunta, me visto y recuerdo a la chica que vi al llegar.

-¿No deberíamos sacarla también? – también merece ser libre.

-Ya ha muerto- veo como sus ojos se llenan de tristeza al decir aquellas palabras, da la vuelta y me hace señas para que lo siga, ofreciéndome mi bolso, que se encuentra lleno de mugre. Mientras asciendo por aquella escalera solo pienso en aquella chica, todo lo que ha sufrido, todo lo que debió haber gritado. Toda su vida ha terminado ahí, en aquella habitación sucia, siendo torturada quien sabe cuántas veces y sin nadie que escuchara sus lamentos.

Quizás ese hubiese sido mi destino, quizás eso era lo que debía pasarme, si no fuese por él. No sé porque me ha salvado, no sé cómo ha llegado ni cuándo.

Caminamos lo más rápido que podemos. Mis piernas me duelen, siento como todo el esfuerzo que realice agotó mis músculos, por lo que camino más despacio de lo que debería. Él va a mi lado tambaleando su bate mientras mira alrededor, cuando me tambaleo y caigo al piso. Me levanta y me lleva en brazos todo el camino.

No dice nada en ningún momento, pero tengo muchas preguntas que hacerle, aunque no hago ninguna. Simplemente miro al cielo. Todo está en silencio, no transita ningún vehículo y la brisa helada me eriza el pelo de mi nuca.

-Lamento haber llegado tarde. – me dice luego de varios minutos andando.

-Te… te debo agradecer que hayas llegado. Pensé moriría. – Siento como las lágrimas empiezan a correr por mi rostro.

No sé desde cuando las estaba conteniendo, pero exploto. Simplemente exploto en llanto, de ese que te hace emitir sonidos e hipar. Pero aún así, él no hace ningún comentario al respecto.

Escucho la música vibrar en el aire cuando llegamos al edificio. Sé que la fiesta está en todo su esplendor y lamento aún más vivir en aquel lugar. Sin necesidad de decirle cual es mi departamento él marca el número en el ascensor que traquetea con nuestros cuerpos hasta el cuarto piso.

Como me imagine, los borrachos se encuentran tirado en el piso de todo el corredor, algunos berreando incongruencias, otros vomitando y adormilados. Saco la llave de mi bolso y se la tiendo a mi desconocido. Con rapidez abre la puerta y me deposita en el mueble de mi sala de estar.

Estoy agotada, no me importa que pueda hacer, así que cierro mis ojos y me relajo en mi sofá, sintiendo como aquella música atroz me retumba en la cabeza.

Abro los ojos al sentir algo frio. Me ha puesto un paño humedecido con agua en la cara, siento como me arde. Poco a poco limpia mis heridas, y al finalizar solo me ofrece una amplia sonrisa.

-¿Sabes? Deberías marcharte de este lugar.

Es lo último que me dice, de pronto veo como su cuerpo empieza a iluminar el lugar y sin más su presencia se desvanece delante de mí.

No sé qué ha sido, pienso por un minuto que ha sido un sueño, pero veo su chaqueta aún cubriendo mi cuerpo. Nunca he creído en seres mágicos o en ángeles, pero empiezo a creer que él fue mi guardián

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