Hollywood y Ulpiano Checa
Recomendaba a los artistas, ese gran cínico y vividor, que en el fondo fue nuestro portento de Cadaqués, Salvador Dalí, que no se preocuparan por la perfección, porque nunca la alcanzarían. Muchos de ellos, además, se quedaron a las puertas, o en su defecto, a mitad de camino, de ese metafórico Olimpo, que es la Fama y en el menor de los casos, incluso hubo aquéllos otros que nacieron inmunes a los achaques de la ambición y dejándose llevar por una corriente de romántica productividad, se olvidaron voluntariamente de ella, cualquiera diría que felizmente poseídos por esa lamia que en ocasiones llegar a ser la Musa, quien no llega a escatimar fiebres de laboriosidad a aquellos que por alguna incomprendida razón o circunstancia, consiente en señalar con su volátil dedo.
Pienso que Ulpiano Checa, fue uno de tales artistas, que aun habiendo accedido a ese fábrica de sueños pero también de ultrajes, como a día de hoy se viene descubriendo que fue y que continúa siendo Hollywood, nunca se preocupó por alcanzar esos laureles de olímpica perfección a los que aludía maliciosamente Dalí, pasando por la Historia del Arte, como un vientecillo de primavera que apenas alcanza a acariciar suavemente las corolas de las amapolas en el campo.
Lo cierto, es que lejos de lo que fue su ambiente, es decir, su lugar de nacimiento y donde realizó la mayor parte de su monumental obra, Colmenar de Oreja –un bonito pueblo, perteneciente a la Comunidad Autónoma de Madrid- apenas se conoce a este genuino artista, que paradójicamente, realizó una variada y prolífica obra.
Cierto debe de ser, así mismo y a mi modo particular de ver el tema, el refrán popular que dice que no hay mal que por bien no venga y si se vio privado de los reconocimientos suficientes allende su tierra, la Justicia –al menos la poética, que créanlo, existe- tuvo a bien inclinar una balanza a su favor cuando sus convecinos, sin duda orgullosos de él y sobre todo agradecidos a los magníficos frescos –entre ellos, una curiosa Anunciación- que realizó en la cabecera de la iglesia-fortaleza levantada por los caballeros de la Orden de Santiago cuando el lugar fue reconquistado a los musulmanes, le honró, dedicándole un museo que recoge lo más importante de su extensa obra artística.
Una colección realmente impresionante, que reúne diseños, bocetos, esculturas –entre las que no falta una singular referencia a nuestro caballero más universal, el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza- y cerca de un centenar de pinturas de la más diversa índole, entre las que no faltan referencias a ese melancólico tema del paso del tiempo –que el poeta Luis Cernuda definió como el ‘el síndrome de Bizancio’ y posiblemente fuera ese también el sentido que Gustavo Adolfo Bécquer quiso dar a entender en su poema cuando hablaba de aquéllas golondrinas que nunca volverían a Sevilla- que a mí, particularmente, me recuerda esa carrera desaforada entre un carro cuyos caballos corren al límite de sus posibilidades y un ferrocarril, que aunque alimentadas sus calderas con un carbón extraído de las heridas de la tierra, auguraba la victoria del progreso –evidentemente, con todas sus consecuencias- sobre la irremediable decadencia del pasado.
Pero la parte de la obra que acercó al prolífico Ulpiano a ese ‘boulevard de los sueños rotos’ que es Hollywood –como diría el cantante Joaquín Sabina- fueron sus extraordinarias composiciones, en las que se basaron los guionistas y decoradores de tal multinacional del espectáculo, para realizar, cuando menos, dos superproducciones: Ben-Hur y Los últimos días de Pompeya.
Si de la primera destacan esos chispazos de fastuosidad en las representaciones de la carrera de caballos –escena donde el traidor Mesala muerde el polvo y aun así, entrega su alma poseída por el odio y la soberbia- o esa magnífica simulación de la batalla naval que se realizaba en el Coliseum –nada que ver, hay que reconocerlo, con la que nosotros, tradicionalmente, celebramos en el Puente de Vallecas cada 16 de julio, coincidiendo con la festividad de la Virgen del Carmen- de la segunda, estremece el dramatismo implícito en el estallido del Vesubio, cuya lava y cuyas cenizas ardientes se convirtieron en el inesperado ángel de la muerte que se abatió –y al hacerlo, paradójicamente, llegó a conceder inmortalidades- sobre las ciudades de Pompeya y Herculano, como brillantemente describiera Sir Henry Ridder-Haggard en su novela.
Escena, por otra parte, que pone de manifiesto la gran visión psicológica del artista, situando frente al espectador, actitudes humanas tan variopintas como la nobleza –los que intentan poner a salvo a la mujer, a los hijos, a los padres o incluso al animal de compañía- o la estúpida avaricia, como aquél que no está dispuesto a perder sus joyas y carga con un cofre lleno hasta los topes, que finalmente será tan pesado y sólido como la lava hirviendo que está a punto de convertirlo en una irremediable estatua para toda la eternidad.
[Hospital de la Fuenfría, Cercedilla, Madrid, sábado 4 de agosto de 2018]
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hola buenos dias.
si te digo la verdad, no me sonaba par nada, pero me gustan esas pinceladas, sueltas y con la fuerza de sus colores .
las escenas son grandiosas.
gracias por hacer que pekeñas cosas, grandes cosas lleguen a mi mente
feliz domingo
Yo tampoco lo conocía...hasta que me lo presentaron. Quiero decir, hasta que me presentaron su prolífica obra. Una obra llena de colorido, de detalles, de toques y llamadas de atención al espectador. Merece la pena conocer los tesoros que se guardan por nuestros pueblecillos. Me alegro que te haya gustado. Un abrazo y feliz domingo