UN BESO EN SAN VALENTÍN | Novela romántica. Parte 7

in #spanish4 months ago

Febrero es un mes ideal para las bodas y las fiestas gracias a la magia que aporta el día de San Valentín, pero también puede ser un mes lleno de estrés y preocupaciones. Disfruta de esta romántica historia de amor que estuvo a punto de morir por culpa de San Valentín.

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Foto propia

Capítulo 7.

La noche anterior había sido dura para ambos. Jessie casi no pudo dormir luego de la discusión con su hermana, estaba dispuesta a ayudarla, pero no podía aceptar que transformara su departamento en un motel de carretera.

Las emociones de Marie eran muy inestables. No sabía si amaba u odiaba, si sentía miedo o inseguridad, ni siquiera era consciente de lo que deseaba en la vida y, aunque Jessie se enfocara en servirle de guía, la chica debía superar muchos traumas y ella no tenía suficiente tiempo para dedicárselo.

Pensar en la situación de su hermana le impidió que se ocupara de otras cosas, por eso le costó culminar el diseño del arte para la fiesta de despedida de soltera. Estuvo casi toda la noche frente al computador, en una batalla campal con el programa de diseño. A pesar de ser un trabajo de poca exigencia le consumió muchas horas, al final, no quedó satisfecha con el resultado, pero Ethan le había asegurado que había quedado genial cuando ella se lo consultó por Whatsapp.

Él también estuvo casi toda la noche apoyando a los empleados con la preparación de los pasteles, luego, conversando por videollamada con la joven que realizaba los artilugios en madera para el Candy Bar. Le fue imposible regresar con Jessie, aunque se sintió tranquilo de que la pelea con Marie no había terminado en más dramas.

A primera hora de la mañana, Jessie le envió por correo electrónico el diseño final de los artes, algo frustrada por no haber dado más de sí. Ethan quería animarla de alguna manera, estaba inquieto por todos los problemas que de nuevo los arropaban. Sabía lo que le sucedía a su novia cuando las complicaciones la asfixiaban demasiado: se dejaba llevar por la depresión.

Ya habían atravesado una crisis por culpa de los inconvenientes, no deseaba que aquello se repitiera.

Conversaron por teléfono y se citaron para esa noche, así compartían una cenaban juntos mientras hablaban de los conflictos que los agobiaban. Ambos necesitaban sacar de adentro sus frustraciones. Luego le prometió que la llevaría a bailar, así expulsaban energías y podrían sentirse más livianos. Finalmente, y si sus departamentos estaban ocupados por sus inquilinos imprevistos, se irían a un hotel. Le dejó en claro que esa noche dormiría entre sus brazos y que su cara sería lo primero que viera al despertar. Necesitaba embriagarse de ella.

Se despidieron de manera romántica antes de enfrentar el duro día que tenían por delante. Ethan debía imprimir los artes, recibir los artilugios del Candy Bar y supervisar la decoración final de los pasteles, además, asegurarse del correcto funcionamiento de la cafetería.

Aunque Gary lo acompañaba, anímicamente su hermano parecía vagar por otros rumbos. Su postura derrotada y silenciosa intimidaba a todos. Hasta los empleados evitaban acercarse para no incordiarlo, dejando más carga sobre los hombros de Ethan, que ese día estaba saturado.

Durante la tarde se ocupó de realizar todas las entregas, evaluando con ojo clínico el pedido. La calidad y buen servicio le aportaría unos beneficios insuperables. Cuando creyó que todo estaba listo y que podía encargarse únicamente de la cafetería antes de su cita con su novia, lo llamaron del evento rogándole por unos postres fríos adicionales. La cantidad de invitados aumentó a última hora y sus productos serían los más apreciados. Eso, en parte, lo llenó de alegrías.

A pesar de que aquello le costaría un esfuerzo extremo, lo conversó con el cocinero y este aceptó el reto. Tenían los recursos y Theresa se ocupó en distribuir el personal para que todas las tareas se cumplieran, tanto la preparación de los postres, como la atención de la cafetería en horas de mayor proliferación de clientes.

Ethan estaba animado. Aquel inconveniente podría significar un gran peso en su causa de dar más visibilidad a su nuevo emprendimiento. Se ocupó de que todo quedara perfecto, incluso, mejor que el pedido inicial. Hasta decidió adicionar unos pasteles exclusivos que ya tenían listos como premio por la confianza.

Para garantizar que el trabajo no sufriera ningún fallo, fue en persona a entregarlo. Era de noche y, evitando fallarle a Jessie, había acordado con la chica encontrarse en las afueras del lugar donde se llevaba a cabo el evento, así, luego de culminar la negociación, juntos se irían a su cita.

La joven aceptó y quedaron en verse a la salida, pero cuando Ethan llegó al lugar, descubrió que la fiesta era a todo dar y hasta la televisión local se hallaba en los alrededores registrando los hechos. Los invitados formaban parte del círculo social más exclusivo de la ciudad y el ajetreo era tal, que aquello parecía una locura. Le indicaron que llevara los pasteles a la cocina porque el resto del personal estaba ocupado, así que no tuvo otra opción y, con ayuda de un joven empleado, hizo entrar el pedido.

Para recibir la paga debía esperar a la organizadora de la fiesta, la prima de la agasajada, quien tardó más de un cuarto de hora en atenderlo, obligándolo a permanecer dentro de aquella cocina abarrotada mirando su reloj de muñeca con ansiedad. Jessie debía estar por llegar.

La clienta apareció de pronto envuelta en un diminuto corpiño de lentejuelas y con una falda de cuero súper corta, tambaleándose hacia él por la borrachera. Aquel imprevisto lo enfadó.

En el exterior, Jessie bajó del taxy mirando el auto de su novio aparcado cerca del área de servicio, esperó un buen rato mientras le enviaba mensajes de texto para que supiera que estaba afuera, pero él no respondía a ninguno. Ni siquiera, los veía.

Se distrajo detallando la pomposidad del evento. No se trataba de una simple despedida de soltera, era una fiesta grande, con invitados de lujo. La fila de autos de marcas costosas que hacían entrar al estacionamiento lo demostraba.

Comenzó a ponerse ansiosa, así que se acercó a la puerta de la cocina y preguntó a la persona que vigilaba por el dueño de la cafetería Martin’s. Este le notificó que él estaba adentro esperando su pago, pero luego de unos minutos, al ver que el hombre no salía, decidió dejarla pasar.

Jessie atravesó la estancia como si estuviera en medio de una pista de atletismo caminando en sentido contrario a los corredores. Tuvo que esquivar el paso acelerado de los meseros que llevaban bebidas y aperitivos a los invitados, para llegarse hasta el lugar que le habían indicado.

Al encontrar la oficina tocó a la puerta, notando que esta estaba entornada. Al no recibir respuesta, decidió dar un vistazo al interior.

Ethan tuvo que ayudar a la mujer a caminar hasta la oficina porque el vapor del alcohol no le permitía estarse en pie. Ella reía a carcajadas y le contaba anécdotas vergonzosas que habían ocurrido en medio de la celebración.

Guardó las manos en los bolsillos de su pantalón para controlar la rabia mientras veía como la mujer hurgaba con torpeza dentro de los tres bolsos de marca que había llevado buscando su chequera. Apretó la mandíbula sabiendo que quizás tendría que contactarla en otra ocasión, porque su estado no le permitiría elaborar con precisión el pago.

Habló para notificarle que se iría, asegurando que tenía un compromiso, luego se comunicaría con ella para completar la negociación, pero la mujer se angustió. Se lanzó hacia él rogándole que la disculpara, que no se marchara, que ella no deseaba fallarle.

Cuando Jessie asomó su cabeza dentro de la oficina, la mujer estaba colgada del cuello de Ethan y empujaba hacia ella su cabeza para alcanzar sus labios, pues la cercanía del hombre le despertó el apetito por él.

—¡Ethan!

Aquel llamado le congelo la sangre al aludido y lo obligó a tomar a la mujer con firmeza para apartarla de su lado, sin soltarla. Estaba tan borracha que si lo hacía, ella caería al suelo.

Jessie observaba la escena con la amargura y la decepción brillando en sus ojos. La clienta, desconcertada por lo que ocurría, reclamó por la presencia de aquella extraña exigiendo que se marchara.

—¿Acostumbra aprovecharse de todos sus empleados? —rebatió Jessie nublada por la ira.

—Jessie. No —pidió con firmeza Ethan, sin soltar a la mujer que intentaba abrazarse a él para que todo a su alrededor dejara de dar vueltas.

A la chica el pedido de su novio le fragmentó el corazón. Se sintió tan desdichada que, luego de recuperar sus movimientos, salió a toda prisa de aquel lugar esforzándose por no llorar.

Ethan maldijo mientras llevaba a la mujer hasta una silla y la dejaba sentada antes de correr tras ella, con el miedo palpitándole en el pecho.

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