SEGUNDA PARTE, El BACO. Capítulo treinta

in spanish •  2 years ago  (edited)


(Las Alpujarras)

Segunda parte:

30

(Leopold Mozart. «Sinfonía de los Juguetes»)

Acontecieron los hechos siguientes en el año mil novecientos cincuenta y cinco con sabor a leche y queso americanos, en un pueblacho de las Alpujarras, que, si bien por su miseria podría ser despreciado, por la belleza de sus paisajes hemos de encumbrar sobremanera.
Emilito era hijo del herrero, hombre sensato, trabajador y hasta me atrevería a decir que, de haber tenido medios, no hubiera hecho mal papel con los libros. Siempre admiró a don Herme el maestro, y al médico don Francisco, a los que, sin otro afán que agradecerles sus servicios, llevaba higos secos después de secarlos en el «tinao».
Don Hermenegildo le decía: «Emilio, este chiquillo tuyo tiene una memoria prodigiosa. Hemos de encauzarlo para que de mayor sea un hombre de ciencia». A lo que solía contestar Emilio que si don Francisco se lo iba sacando hacia adelante, porque el pobre niño ya había nacido «esmirriao», con pelo negro hasta las cejas y unas piernecitas que parecían cañas de bambú, ya sería suficiente.

Día tras día, ganaba el sustento para su familia, mujer y dos hijos, tras largos sudores y miles de martillazos al rojo vivo, junto a la fragua, sin más excesos que pollo el día de la fiesta mayor, cuando, disfrazados todos los vecinos de moros y cristianos, peleaban simulando las gestas de Fernando de Válor.
Cuando era más joven, Emilio se levantaba al amanecer instintivamente; más tarde en invierno, y en verano más temprano, como las aves; pero, a medida que iban pasando los años, unos días por otros, ni él ni su mujer se despertaban, así es que decidieron comprar un reloj despertador.
Dos jornadas enteras saturadas de pequeñas peripecias le costó llegar a Málaga. Aprovechó el viaje para encargar un cojinete y algunas herramientas que le proporcionarían más comodidad en alguno de sus trabajos.
Emilito y su hermano Andrés, tres años más pequeño que él, se consumían durante aquellos dos días de tanta expectación, y cada poco tiempo, como cachorrillos impacientes que iban y venían, entre juegos, del patio de la casa a la herrería, preguntaban a su madre que qué les traería padre de Málaga; a lo que la madre les respondía que nada, hijos, que el horno no estaba para bollos, que menos mal que la herrería iba dando de comer.
Andrés parecía más lucido, incluso algo coloradito en sus mejillas. Emilito, con ceceo cerradísimo, insistía en preguntar ingenuamente:
«Madre, ¿zerá que a padre ze le ha laztimao la mula? ¿Qué noz traerá?»
Sin creer a pies juntillas, se satisfacía con la respuesta de la madre: «Esta noche —les decía— llegará cuando ya estéis dormidos. Os daré la cena y a la cama, que mañana es día de escuela».
A lo lejos se oía ya al padre arrear a la mula y silbar los «cuatro cascabeles» y no doce, porque la mula llevaba solamente dos pares.
La madre, sin dejar de barrer la habitación de terreno, llamó a los niños diciéndoles:
«Ya viene vuestro padre, salid a su encuentro».
Dejando las tablas y botes con los que siempre jugaban, salieron a la calle como codornices de vuelos primerizos.
«¿Qué noz traez?»
Andrés observaba con ojos de pez sin atreverse a entrar, como su hermano, entre las patas de la mula, que nunca le ocasionaron ni siquiera un leve rasguño.


La fragua

CAMBIO EN LA NARRACIÓN: (Capítulo 31)

31
(Beethoven. «Sonata No 5, violín y piano»)
Miraba a hurtadillas en torno y, bamboleando la gran cartera negra de cuero, como con disimulo, gesticulaba con la mano izquierda. Roberto lo escuchaba sorprendido y sonriente. Al llegar al primer escalón superior de la escalinata se detuvieron, y el monólogo se sucedió durante más de una hora. Salían de la primera reunión del claustro del Instituto adonde habían llegado nuevos después del concurso de traslados, reunión celebrada una vez concluida la lección inaugural del curso académico 1982-l983.
Jaime era un cincuentón bien conservado, algo cano y una mirada indefinida; de aspecto impecable, como si tuviera por esposa una marmota educada y dócil, pendiente de su marido hasta en la última mota de polvo en sus zapatos, que parecían de cristal.
El habla pausada, con cadencias larguísimas al terminar cada frase, y carcajadas amplias aunque no estentóreas, parecía lo más notorio y observable en aquel cambio de impresiones.
Roberto escuchaba con mucha atención:
—...Este pájaro es un embustero. ¿A quién se le puede ocurrir, sino a un fascista semejante, decir que hará cumplir las leyes? Su ley es la única: la de la represión. Está acostumbrado a no dejar hablar a nadie. Ya has visto: en la reunión solamente se ha oído su voz. Dice que un claustro no es una asamblea donde más participan los que más gritan o más cualidades oratorias muestran. Pues, ¿habráse visto zopenco mayor? Este pajarraco es el lameculos número uno del Delegado de Educación y de los inspectores. El otro día lo vi en un restaurante de la costa, cenando con el Inspector Jefe, urdiendo alguna de las suyas, seguramente. El año pasado, reprimió, el cabrón, una huelga legítima, y cuando se desbordó el alumnado... Te contaré desde el principio: los alumnos de tercero plantearon muy seriamente sus reivindicaciones estudiantiles, organizaron una sentada delante del Instituto y decidieron cortar la circulación de la avenida, con lo que demostraron gran madurez en sus planteamientos y alto sentido de responsabilidad. El ambiente se puso al rojo... ¿Tú crees que podían consentir la subida de las tasas de matriculación un diecisiete por ciento? Otro motivo de la protesta fue aquello de... ¿qué fue? —se preguntaba—. ¡Ah!, sí, que no dejaron matricularse de C.O.U. con matrícula condicional a los que hubieran suspendido alguna asignatura de tercero. ¡Los burócratas de la administración son la leche! Ya llegará el día en que se van a meter los bolígrafos por donde les quepan. No tienen programa; eso es lo que les falta: programa de gobierno, objetivos políticos. Lo único que los une es el afán de poder. ¡Herederos del franquismo! Pero, si todavía no se han quitado las camisas azules. Pues, lo que te iba contando es que en lo más interesante de las exigencias de los alumnos, a ese cerdo director…

Textos originales de mi propiedad:
http://www.jgcastrillo.com/2016/08/el-baco-cap-30-31-32-33-34-35-36-37-38.html

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