El enigma de Baphomet (209)

in spanish •  3 months ago

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“...Roderico. XII, sol seu nomne...”
Al fin, el Alcalde no tuvo más remedio que aceptar la entrada libre de Gelvira a la cárcel, sacándole la máxima punta al escrito de la reina, que le dio pie a poner una condición: “Siempre que entrara Gelvira a la ergástula, iría acompañada de Rechivaldo”.
Rechivaldo me dijo que, durante la última entrevista mantenida con Martín en la ergástula, le rogó encarecidamente que cuando viniera Gelvira lo dejara a solas con ella; por lo que se complicaba la existencia, ya que el alcalde no lo permitía, y si se enteraba, por los carceleros, de que Rechivaldo dejaba a Gelvira sola dentro, podría volver atrás todas las concesiones dejando a Martín en el más absoluto de los abandonos sin permitir que nadie más entrara, y que, si alguien desobedecía al alcalde, haría borrar su rúbrica del escrito de la reina y se rebelaría contra María de Molina, apoyado por muchos caballeros y ricos hombres de todo el reino, que habían querido destronarla a ella y a su joven hijo Fernando IV ya muerto.
El encuentro de Gelvira y Martín fue trágico, tremendo. Ni Sófocles tendría palabras para describirlo. Rechivaldo no podía resistirlo porque se le encogían las tripas —me decía.
Mientras Rechivaldo se apartaba a un lado, Gelvira se quedó sin voz como si le hubiera salido un lobo en el monte. Sólo conseguía balbucear entre sollozos.
Al verlo en aquel estado miserable, le dijo conteniendo el llanto:
—“¡Amor mío... Amor mío! ¿Qué te han hecho en la cara?
Martín rompió la bóveda de la ergástula con un desgarrador grito de impotencia, sin poder acercarse a los barrotes con las espinas de hierro que le clavaban la cara y sin poder contener el llanto más triste.
Desde fuera, Gelvira pudo meter el brazo entre los barrotes y llegar con la punta de los dedos a acariciarle la cara preguntándole:
—¿De qué te acusan, amor mío? —le dijo esto por decirle algo.
Martín abrió los ojos diciéndole:
—De robar monedas.
Resquebrajada por dentro, gritó Gelvira con el semblante desencajado, alarmando a los carceleros que se habían retirado hacia la entrada:
—¡Eso es mentira!¡Eso es mentira!¡Son mías! Eran de mi marido el molinero y yo te las di sin coacción alguna.
Interrumpió Martín el llanto de Gelvira sacando fuerzas de la impotencia al ser calumniado:
—Pero no consta en ningún sitio por escrito. También me acusan de intentar sacar monedas del reino y de no haber mandado fundir las monedas de oro romanas y moras que llevaba conmigo.
Martín dijo a Gelvira, en la cárcel, que escribiera un pergamino y que se lo guardara Rechivaldo en la catedral de Santa María, “para que el rey Alfonso XI, cuando fuera mayor, supiera quién había sido su padre.” Pero de esto no recordaba Rechivaldo, al contármelo, las palabras exactas. Lo que sí recordaba con minuciosidad era lo que Gelvira le contestaba:
—No digas eso. ¡No pueden matarte! No te matarán, amor mío.
Al terminar de pronunciar esas palabras, prorrumpió en sollozos y cayó al suelo como si las piernas se le hubieran derretido.
Llegó a oídos del alcalde que el reo había recibido las monedas de la hija del cura Deán de Santa María: bien pudieron ser los carceleros o cualquier otro eclesiástico que hubiera espiado a las puertas de la ergástula, con lo que aumentaron las habladurías en torno a todo el cabildo catedralicio.
Rechivaldo, a pesar de haber vivido momentos dramáticos, con los que debiera haberse curtido, se asombraba de las hablillas y susurros al doblar las esquinas, y se escandalizaba del azote verbal que las vecinas daban a todo lo que oliera a autoridades eclesiásticas. Y me decía preocupado: el pueblo más dolido y miserable no nos quiere aunque le demos limosna todos los días y la lleven a la boca para seguir viviendo. La promesa de la vida eterna le importa una pepita. Sin embargo, “a natura” —me explicaba—, que quiere decir: “sin que nadie se lo enseñe”, el pueblo es compasivo con las calamidades ajenas y se olvida de sí mismo cuando tiene que socorrer a un semejante. Por eso siempre hay héroes que arriesgan la propia vida para salvar a otros.
Parecía que me estaba dando una sesión de catequesis; y terminó diciéndome que llegaron a atribuir uno y dos hijos a cada canónigo.

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