El enigma de Baphomet (199)

in spanish •  3 months ago

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“...nomme Roderico...”
Al día siguiente me levanté a media mañana. Hacía mucho frío aunque no había nubes en el cielo azul y transparente. La nieve del Teleno se veía como si estuviera a dos pasos.

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Después de la conversación de la noche, había cambiado mi primera intención: iría a Ávila en vez de a Salamanca. A la larga, sería en donde Martín desembocaría, por muchas vueltas que diera buscando a Gelvira y al niño en otros lugares.
Cuando ya tenía la puerta cerrada por fuera y me disponía a meter la llave en la gatera, apareció Rechivaldo galopando entre la arboleda del camino.
—“Espera, no te vayas” —me gritó azorado, confuso, casi sin aliento, sin bajarse del caballo. No le salían las palabras. Cuando logró frenarlo de la veloz carrera, el caballo daba vueltas sobre sí mismo. No lograba dominarlo, se le revolvía como si estuviera contagiado de su agitación interna y rostro angustiado. Mientras intentaba domarlo tirando de las riendas con una mano, y con la otra dándole palmadas en el pescuezo, seguía dándome voces:
—¡No te vayas, Roderico, no te vayas! ¡Martín está preso! ¡Lo han metido en el silo, que ha habilitado el alcalde como cárcel para los condenados a muerte!

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( En esta ergástula romana convertida en silo en la Edad Media se desarrolla la escena de Martín Preso. Hoy es sala de conferencias del Ayuntamiento de Astorga)
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En ese momento, me sentí culpable por no haber insistido, hasta conseguirlo, en que tenía que fugarse por la senda de los templarios vivos. Nunca sabré si mis consejos hubieran servido para algo, pero, por lo menos, no tendría la losa del arrepentimiento en la cabeza. Sólo me atreví a decirle, ya que Martín era un héroe titánico de la fuga y no podía darle lecciones, que el aspecto de pobre mendigo era perfecto, pero tenía que haber escondido la mayor parte del tesoro que llevaba en las alforjas porque, en cualquier momento, alguien podría vérselo; y las leyes últimas del reino era, precisamente, en lo que más incidían, en la posesión y falsificación de monedas, porque había demasiados robos y saqueos, después de los cuales ya habían capturado a muchos ladrones disfrazados de mendigos.
—Tenemos que liberarlo de las cadenas —le dije a Rechivaldo intentando animarlo—; si no podemos con argucias de la mente, tenemos que hacerlo con las dagas. ¿Tú tienes dagas guardadas que estén bien afiladas?
Bajó del caballo, lo ató a una de las argollas de la pared de su casa y se sentó en el poyo de piedra veteada, con los codos en las rodillas y las manos sujetándose la cara, lamentándose en voz baja:
—Es imposible. No podemos hacer nada. No tiene salida, ni puertas ni ventanas. Allí estuve yo sacramentando al último reo que, arrepentido, pidió confesión para salvar su alma antes de ser ahorcado. Está muy oscuro; sólo tiene un resquicio de luz por un lado.
Rechivaldo seguía traspasando el suelo con la mirada fija y perdida, jadeando con la boca abierta y las venas hinchadas. No levantaba la mirada para hablarme con la voz entrecortada. Mientras se recuperaba, traté de convencerlo:
—Hemos de liberarlo como sea —le dije con resolución firme— no tenemos más remedio. Hemos de liberarlo y que renuncie de una vez para siempre a su hijo. No creo que Gelvira lo acoja después de haber tenido la intención de matarla. Todavía... si fueran casados... pero no han sido más que prometidos. Tienes que inspeccionar la cárcel y sus alrededores. Fíjate bien en el edificio para describírmelo con todo detalle. Puedes ir tú a confesarlo si ya lo has hecho con más reos, con la naturalidad de un sacerdote que se interesa por la salud espiritual de las almas ejerciendo las obras de misericordia, doctrina de la Iglesia, de consolar al triste y redimir al cautivo.
Has de decirle al Obispo y al Alcalde, para que se lo trasmitan a los jueces, que a Martín le asiste el derecho sagrado de salvar su alma aunque sea un criminal execrable; y que, antes de que se niegue a recibir el sagrado sacramento de la penitencia, desesperado al verse con la soga al cuello, tienes que intentar salvar su alma. Tienes que decir a las autoridades que Jesucristo lo perdona y no se le puede privar de la Gracia Divina, ahora que está más tranquilo, antes de que la desazón turbe sus facultades mentales. Sobre todo, muéstrate sumiso ante el alcalde.

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