El enigma de Baphomet (198)

in spanish •  3 months ago

Yo no quería revelarle todavía a Rechivaldo, por si acaso metía la pata, que Martín había salido a buscar a Gelvira y a su hijo.
Le preguntaba si había visto, aunque fuera de lejos, a un mendigo muy estrafalario con pinta de fraile, y pidiendo por las esquinas, merodeando por el palacio del príncipe, que iba a ser nombrado rey niño: el rey Alfonso XI, hijo de Fernando IV y Constanza de Portugal, nieto del Rey Sancho IV y María de Molina.
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—¿Por qué me preguntas eso? —me contestaba—. Y yo, nada. No soltaba prenda porque comprobé que llevaba una vida de privilegios por lo que no me fiaba de Rechivaldo por más que Martín me había dicho que era un hombre bueno: no las tenía todas conmigo.
Como yo no le contestaba, me miró con desconfianza. Pequé de ingenuo. No tenía que haberle formulado esa pregunta por las esquinas, merodeando por el palacio del príncipe, que acerca del mendigo estrafalario, porque se entabló entre nosotros un hilo de desconfianza que no acarrearía nada bueno. Recuerdo que me dijo estas palabras:
—Yo te estaba hablando de la hermosura sin par de Constanza y tú me preguntas por un mendigo. ¿Qué tiene que ver una mujer bella con un mendigo?
Me puso en tal brete, que no tuve más remedio que decirle que se trataba de Martín que había salido a buscar a Gelvira y a su hijo. Le asomó una lágrima pero yo la interpreté como si fuera de cocodrilo. Entonces fue cuando me dijo que ni lo había visto en Astorga ni en Salamanca ni en Toro ni en Ávila, que eran los últimos lugares en los que había cantado en ceremonias reales y que serían en los que sospecharía Martín que podrían encontrarse Gelvira y el niño.
Creí notar en Rechivaldo, por un gesto casi imperceptible torciendo los labios apretados, un dudar a qué lado inclinarse, si hacia Martín ayudándolo a encontrar a Gelvira y al niño, o al lado de su admirada Reina Madre ayudándola a ocultarlos.
Rechivaldo se fue a dormir porque tendría que madrugar para ir a la catedral temprano: el canto del coro con los canónigos, la misa propia en un altar lateral y la misa pontifical con el Obispo. Yo, a la luz de una vela, quedé escribiendo este pergamino. Me había dicho antes de retirarse que yo durmiera a pata suelta y que, si salía de casa, que dejara la llave debajo de la gatera. Es muy tarde y tengo sueño. Estoy rendido.

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