El enigma de Baphomet (195) (Sigue la novela)

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“...nomme Roderico...”
Al cabo de unos días, mendigando unas veces un medio de transporte sobre carretas de los campesinos, y otras consiguiendo un trozo de pan con tocino de limosna, fui saltando de pueblo en pueblo, de charco en charco, y de puente en puente, hasta que me hallé desamparado y solitario en un cruce de caminos a la salida de un pueblo esperando horas y horas sin ver pasar a nadie. No encontré más lecho que pajares al lado de los establos, donde pude dormir al calor de las vacas.
Se me ofreció, al fin, otro labriego para avanzar hasta su huerta un poco más adelante y rechacé su ofrecimiento deseando que se alejara con aquel chirrido insoportable. Hay algo que no soporto porque me saca de mis casillas: la estridencia de los ejes de madera de las carretas y ver a alguien que muerda un hilo.
Al verme con el hábito puesto, la gente se compadecía de mi humildad y pobreza, y, efectivamente, todos me ofrecían un trozo de pan con tocino, pero ya tenía ganas de comer otra cosa porque parecía que tenía la barriga llena de piedras. Astorga ya no estaba muy lejos. Me habían dicho que subiendo las próximas montañas ya podía divisarla a lo lejos.
Al cabo de un rato, por fin, pasó un arriero camino de Medina del Campo y aceptó dos pepiones por llevarme sentadote y arrepanchinguao —me decía— sobre unos almohadones rellenos de lana, dentro de la tartana, descansando el espinazo, que ya me dolía un poco.
Le ofrecí un pepión más —qué razón tenía Martín—, y me llevó hasta la misma puerta de la casa de Rechivaldo.
Tuve suerte. Si hubiera llegado un día antes, hubiera tenido que esperarlo a la intemperie, porque acababa de llegar de la ciudad de Alba de Tormes, de cantar la misa en la boda de gentes de la casa de Alfonso de la Cerda, allegadas a los monarcas, a la que había asistido la Reina María de Molina.
Rechivaldo me recibió con alegría y alborozo. Estuvimos comiendo. Él venía con hambre de lobo después de no haber comido nada durante el largo viaje. “Tanto despilfarro en las bodas de los nobles —se lamentaba— y al cabo de dos días pasando hambre...”
Yo no tenía más ganas que de un caldo suave de gallina con berzas y un poco de ensalada. Me encontraba algo enfermo, a pesar de lo cual se nos hizo de noche contándome su nueva vida:
—La Reina, María de Molina —me narraba entusiasmado— es mi madrina y bienhechora. Desde que me oyó cantar en la consagración del Obispo de Ávila, quiere oírme cantar en todas las ceremonias de la corte: bodas, funerales y bautizos; por eso ando últimamente de catedral en catedral y de palacio en palacio. En Ávila me trataron a cuerpo de rey en las estancias reales. La reina madre no cesaba de mirarme durante la larga ceremonia y permaneció de pie embelesada con mi canto y no sé si también con mi persona. Tantos años viuda y sin haber entrado de monja en un convento... No sé, no sé... Y esas confidencias que ha llegado a tener conmigo...
—¿Qué confidencias? ¿Es que has sido tú el confesor de la Reina?

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