Capítulo 42 El profesorado joven de los años ochenta

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42
(Béla Bartok.)
EN EL APARTAMENTO DE DARÍO.
—¡Buenas noches, caballeros! —dijo Roberto al entrar.
—Acomódate donde más te agrade y sírvete algo. Si no, ve al frigorífico, que algo encontrarás a punto —le contestó Darío cerrando la puerta de la casa.
—Parece que estáis celebrando las «Bodas de Camacho» en vez de una despedida de solteros. Yo creo que sobra con lo que tienes en la bandeja. ¿No ha llegado Nacho?

—De un momento a otro vendrá, porque la reunión de su seminario habrá terminado hará un cuarto de hora.
En la terraza contigua al salón mantenían una conversación muy animada el resto de los amigos-compañeros que asiduamente se reunían en el apartamento de Darío compartido con Nachi desde hacía algún tiempo.
Detrás de los cristales de la puerta corredera, levantó la cabeza Damián, y estirando los brazos exclamó:
—¡Me parece que estás perdido! ¡En tres jugadas te doy jaque mate!
Miguel seguía enfrascado en el tablero. Roberto interrumpió:
—¡Ajedrecistas, vais a secar la substancia gris!
—¡El hombre de los refranes! —voceó Miguel— menos mal que el piscolabis es de canapés fríos, de lo contrario, te imprecaríamos por tu tardanza.
—No me digas que soy el hombre de los refranes, porque solamente me has oído uno; y no negarás que vino muy a punto. Además, ¡hombre refranero, hombre majadero!
Las carcajadas arreciaron bruscamente.
De un modo espontáneo, entre comentarios banales y jocosos, fueron pasando al salón los contertulios.
Suena incesante el timbre de la puerta. Darío se levanta como impulsado por un resorte eléctrico. Tropezó con la mesa y dio con la copa en el suelo, que se hizo añicos.
—¡Me «cagüen» diez! —fueron todas las palabras con las que expresó su ira.
—Trae una fregona, que nos inundamos de vino —dijo Miguel al mismo tiempo que, haciendo un aspaviento, separó rápidamente las piernas; a pesar de lo cual, dos gotazas mancharon el dobladillo de sus pantalones claros.
El timbre seguía sonando nervioso, incesantemente. Abrió Darío la puerta y entró Nachi diciendo:
—¡Eres un gilipollas!
Darío enmudeció. Se mostraba confuso y aturdido ante la entrada violenta de la que sería su legal esposa al cabo de una semana, que seguía riñendo:
—Cogiste las llaves de mi bolso, y yo, venga a buscar. Y las llaves, nada, que el gilipollas de Darío las ha cogido. Has tenido tiempo, todo el día, de hacer copias en cualquier ferretería. Tú las has perdido, pues hazlas tú. No voy a ser yo la que las tenga que hacer. ¡Ah! y mi coche tiene una luz de cruce fundida…
Los que no conocían suficientemente a Nachi seguían su parloteo haciendo ver que no oían nada. Los que la conocían pensaban para sí: ¡cosas de Nachi!
—¡Para el carro, mujer, que la cosa no es para tanto! —trató de conciliar Román.
Algo más calmada, simulaba Nachi un enojo, mitad ficticio, mitad real:
—¿Qué dices tú, calvito lindo?
Acercándose a la espalda del sofá donde se sentaba Román, le hizo un par de caricias en la calva y algunas carantoñas improvisadas en la barba. Román es tímido, de pocas palabras con los amigos, aunque no deja de explicar ni un sólo segundo en sus clases de matemáticas; algo regordete, bajito; reconoce, alardeando de sinceridad, que sí ha sufrido algún complejo en su infancia. No ha conocido mujer y una leve excitación le sacudió la médula espinal cuando Nachi insistió en darle dos pellizquitos al vello que asomaba entre el primer y segundo botón de la camisa.
Darío, hacendoso, con una escoba y recogedor en la diestra y la fregona en la izquierda, se disponía a recoger los restos de la catástrofe. Al fin y al cabo, estaba en su casa, pues todavía no regían los bienes gananciales.
Le increpó Nachi:
—Solamente vales para dar clases o para recoger lo que rompes.
Cambiando el ademán e incluso el tono de voz, murmuró entre dientes con una sonrisa dirigida a los circundantes:
—¡Maridito! ¡Qué barbitas tienes! ¡Vaya maridito patoso que me voy a echar a las costillas!
Se le acercó musitando:
—¡Dame un besito!
Ella seguía mirando a Damián, al que nunca se había atrevido a gastar una broma, como si lo hiciera al tendido y de reojo. Damián es un profesor joven, apuesto, con cierto amaneramiento en su vestimenta. Presume de llevar las prendas con marcas genuinas, el brazo escayolado a consecuencia de una caída en la pista de tenis, ojos verdosos y tez morena.
Seguía Nachi balbuceando con enredo de dedos entre el estropajoso cabello de su prometido, novio, marido o lo que fuera, pues cuando lo presentaba, cada vez lo hacía de manera distinta.
—¡Otro besito, mi amor!…
Sonreía con media boca. Antes de aglutinar los labios carnosos, lo abrazó por la cintura apretando fuertemente.
Darío, inmovilizado por el atenazamiento y los enseres domésticos que traía entre manos, se dejaba llevar en el balanceo que Nachi le proporcionaba.
A Román le comenzaba a bullir el cerebro y no podía disimular la mirada en escorzo que dirigía al escote de Nachi, quien, con un vaso inmóvil en la mano izquierda, se inclinaba para mecer a su Darío. Al compás del movimiento le ascendía el pezón derecho y un moflete se abultaba entre el brazo y el inmenso tirante de la blusa que en la espalda se cruzaba, dejándola prácticamente desnuda.
Damián, Miguel y Juan discutían, sin llegar al acaloramiento, un artículo periodístico sobre el último Congreso de Filósofos Jóvenes.
Dispuesta a poner un disco de Beethoven, ojeaba en el mueble del equipo de música, con el culo empinado y las manos entre las rodillas, María Jesús: un ligue de Juan que trabaja unas horas en una academia privada por un miserable sueldo. María Jesús ha suspendido cuatro veces seguidas las oposiciones.
Román ya mostraba signos externos de padecer alucinaciones y tener delante de sí, huríes o ninfas; permanecía estático, sentado en el borde del sofá y sin nada que decir.
Dándole un azote en el bolsillo de atrás, se desasió Nachi de Darío y tomó un canapé en sus manos para ponerlo en la boca de Román.
—¿Estás hambriento o sediento...? Pues come y bebe que la vida es breve... —alzando la voz dijo—: ¡Oye! ¡Atended un momento!
En vista de que todos seguían ensimismados en sus asuntos, increpó otra vez:
—¡Venga hombre, mirad!
Uno a uno, casi sin ser conscientes, fueron bajando la voz o callando totalmente.
—Ahora que os tengo a todos reunidos en mi próxima casita, con mi futuro maridito, os invito a una copita.
A Román, por un momento, le pareció una sandez, pero inexplicablemente la disculpaba aunque no estaba acostumbrado a soportar estupideces semejantes, conque examinó sus sentimientos hacia Nachi, y no acertaba a darse una solución concluyente: ¡mejor no darle importancia!
—Bueno, ahora, en serio —continuó Nachi—. ¡Atended! A mi Instituto se han incorporado Jaime, el facha de Emilio y una novata que además de tonta es puta. Acaba de llegar, y, al salir de la reunión enganchó a Paco Sendín... y que no tenía coche... y que ha alquilado un apartamento... y que si la llevaba... y al fin fue ella la que lo llevó al huerto.
—¿Quién es? ¿Cómo se llama? Vamos a tener que cambiar de Instituto —voceó con sorna uno cualquiera cercano a la ventana.
—En el nuestro, sólo se ven machos y curas secularizados —irrumpió un voz de bajo en la esquina.
—Lo más gracioso es que su padre se ha presentado a Senador del Congreso de los Senadores —se rió Nachi.
—¡Vaya lapsus! —comentó un tercero atendiendo a tres conversaciones.
—Que no es lapsus, que fue lo que me contó ella al final de la conversación en la que no me dejó intervenir.
—¿Cómo será?
—Me confesó que no entiende nada de nada. Decía: «Demasié que sé francés. En la facultad apenas aprendí lo elemental, pero papá me envió a Narbonne durante dos años. Para aprender una lengua es necesaria la estancia en el país». De Literatura o de Historia de la Lengua, Gramática Histórica... no sabe prácticamente nada.
Interrumpió Román:
—Eso pasa en las lenguas modernas; aprueba la oposición el que sabe hablar la lengua. A los de Letras quisiera yo ver haciendo problemas.
—Os estaba contando que se siente feliz. Su padre vino con ella hasta presentársela a Candi —Candi es la Directora del Instituto de Nachi—, pero no por timidez de la niña sino por inoperancia y costumbre.
A medida que la describía, se iba encendiendo en su mente un sinfín de sentimientos repulsivos. Su subconsciente guardaba resentimientos que nunca podría ordenar. Recordaba su época universitaria como una sucesión de penurias. Recordaba a su padre, conserje de Correos expedientado por un pequeño hurto en la oficina, y a su madre pariendo niño tras niño hasta completar los trece hermanos menores; los nerviosismos familiares acompañados de riñas y voces constantes hasta conseguir una casa barata de las que un ministro del régimen de Franco les adjudicó contando con un enchufe de Honorato, primo de su madre, que servía como cocinero en el palacio de El Pardo. Nunca le ha desmentido Nachi a sus padres que todo fue una farsa, que Honorato fanfarroneaba y se aprovechaba de la ignorancia para someterlos a un agradecimiento perenne y sumiso. El piso de Sindicatos les tocó porque los ingresos económicos eran mínimos y el número de hijos cuantioso. «Sé buena y estudia mucho» —le recomendaba su padre en cada viaje que emprendía a reanudar el curso—. «que si nos quitan la beca salario, no sé que va a ser de nosotros». Durante la dictadura, hay quien sostiene, se institucionalizaron las becas salario para aquellos estudiantes que fueran necesarios a sus familiares, y, de carecer de ella, se verían obligados a dejar los estudios. De una manera fugaz, le pasaban por la mente las alpargatas de lona pintadas con Blanco-España que, con ilusión mítica, llevaba puestas el día de la Primera Comunión, las naranjas y los chorizos que les traía su abuelo del pueblo para Nochebuena y el cochecito que les regalaron en Cáritas cuando nació su hermano pequeño.
Prosiguió diciendo:
—Es medio analfabeta, insulsa, bobona.
—Pero... ¿Está buena o no está buena? —replicó Damián con sorna.
—¡Bah! ¡Hombre! ¿Qué quieres que te diga?... Sí... Pero tiene unas caderas demasiado bajas y las patas algo elefánticas. Cuida mucho su físico, no hay más que observarla. Ella dice que me quiere mucho y me lo muestra con modos afectados y clichés lingüísticos tópicos. La verdad es que me acaba de conocer. Una gilipollas, eso es lo que es, aunque para un fin de semana te pueda valer, Damián. Desde luego, la pinta que tiene es de abundar en dólares, aunque me confidenció que, a partir de este año, su padre ya no le enviaría más giros.
Miguel callaba y aguardaba. Compartía casi todos los extremos que relataba Nachi y dijo:
—Lo más gracioso es que se incorporó a nuestro Instituto por un telefonazo de su papaíto al Delegado.
La más sorprendida de todos fue Nachi después de intervenir Miguel, y con un suspiro largo, cogiendo una carpeta llena de folios, intentó darle un carpetazo diciendo:
—¡Si serás cabrón! No me digas que tú la conocías y estabas más mudo que un muerto.
—¿No la voy a conocer? Su padre es abogado, pero tiene una fábrica de latas y mi padre le lleva la contabilidad. A mí también me ha ofrecido sus recomendaciones. Lo que más le ha preocupado es que a su niña la enviaran al Instituto del barrio de mayor aluvión. Me decía: «Miguelito, échale una mano a mi niña. A ver si la colocamos en tu Instituto, porque le ha tocado ir a una barriada miserable llena de chorizos, gitanos, drogadictos y borrachos; además le quedaría muy lejos. Ya sabes que tengo buena amistad con el Delegado de Educación. Mañana lo llamaré para que me solucione la papeleta. A Loli no le comentes nada, pues se molestaría. Ya me costó Dios y ayuda, convencerla de que favor con favor se paga, cuando se examinó de oposiciones.»
Miguel había sido testigo presencial de la «noche cartelera», en la que con Carlos, Damián, Pepe y otro profesor de esos que nunca dicen nada, quienes se proclaman militantes de un partido político, antes de cenar, tomaron un cubo, cola, cepillo y carteles y se dispusieron a empapelar las paredes de la urbanización vecina al Instituto.
Loli, apenas sin pensarlo, se sumó al grupo donde fue aceptada inmediatamente.
Para los cuatro, al unísono, en su cerebro, batía el mismo denominador común de una idea: una tía buena nunca ha de ser rechazada. Nadie sabe lo que el destino puede deparar. Para Loli constituyó toda una aventura. Su papá le iba y venía por su imaginación, como si estuviera realizando una proeza o una inmensa fechoría.
Nunca se había encontrado, por la noche, sola con cuatro hombres y pegando carteles para una campaña electoral. Toda una mujer progresista es lo que se sentía. Esta gesta sería su trampolín para autoafirmarse.
Miguel decía que era muy niña, aunque no es el calificativo más correcto; más bien, inexperta podríase designarla y carente de etapas o circunstancias que nunca, aunque pasó por la Universidad, tuvo ocasión de vivir. Aquella noche, una satisfacción inmensa inundó su ser. Carecía de palabras y solamente se decía: ¡Qué bien lo he pasado! ¡Vaya ambiente! ¡Qué compañeros tan entregados! Estaba segura de que había caído en uno de los Institutos con más futuro de España donde la Lengua Francesa se impartiría utilizando lo que ella consideraba como los más innovadores procedimientos didácticos: murales, diapositivas, revistas pornográficas de París, y que los alumnos, a través de conversaciones, votaciones sin cuento, reuniones y críticas a la sociedad, aprendieran a hablar correctamente. Soñaba con viajes a Narbona y otras ciudades. Siempre había sido propensa a mitificar al «progre» de turno, pero en la Facultad fue rechazada y no pasó de etéreos runruneos platónicos. Ahora había encontrado a sus soñados héroes. Su periplo había comenzado y, como un ave parlanchina, repetía las frases sueltas que oía a sus mitificados compañeros. En los claustros se sintió segura, incluso levantó la voz para discutir a Bonifacio, sin tregua y con la fijeza de un terco, el derecho de los alumnos a fumar en la aulas: «Bastante represión tienen en sus casas. La sociedad elimina al individuo y el chico ha de salir de su alienación», repetía sin cesar. Bonifacio, profesor de Literatura, es un hombre sesentón; padece un asma asfixiante, pero sus argumentos no fueron escuchados por Loli en ningún momento; nunca le ha importado proclamar que luchó en las filas de Franco durante su cruzada.
Nachi envidiaba a Loli por su libertad de movimientos, pero la candidez de Loli no le permitía percatarse de tales resquemores y su llaneza le hacía contradecirse constantemente, puesto que no adoptaba jamás un criterio sólido, pensado por propia cuenta. Un día relataba sus andanzas juveniles en un colegio privado de monjas despotricando contra las infelices hermanas a las que llamaba por su nombre con el apelativo de hermana o madre. A todas las acusaba de antídotos del concepto «sexy». Decía: «¡Ah, qué medias! ¡Qué bragas tendidas en el patio de las madres! ¡Qué piel tan seca!»; y se reía zarandeándose de un extremo a otro de la acera, haciendo girar entre sus dedos las gafotas de sol que casi nunca llevaba puestas.
Germán, un profesor de Ciencias Naturales, compañero de seminario de Nachi, que cuenta muchos chistes verdes, se le arrimó en el bar confundiéndola y ella se apartó del viejo con cierto asco. Se puso colorado y salió por la tangente con una broma, dicha, naturalmente, a destiempo

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