Educación
Justino era un peón de esos que andaban recorriendo la Patagonia siempre con alguna tropilla de caballos por encargo de algún estanciero, como muchos otros que en esos años del 1900 vivía a los saltos haciendo ese tipo de trabajo u otros más o menos similares. Algunos gauchos preferían la independencia y entonces se dedicaban a la caza, el producto obtenido lo vendían aquí o allá y eso les daba lo suficiente como para vivir pobre pero decentemente, algunos hacían doma de potros salvajes y otros más audaces, traficaban hacienda.
Pero Justino no, no le gustaba la incertidumbre y entonces siempre buscaba contratos largos como peón de estancia. Era hombre de pocas palabras y por lo tanto jamás se metía con nadie, en general se llevaba bien con el resto de la peonada.
Un paisano suyo de nombre Manuel era poseedor de un carácter muy distinto al de Justino, siempre andaba hablando demasiado contando cuentos y derrochando fanfarronadas. Por alguna causa no bien establecida lo tomó de punto al Justino, no desperdiciaba ocasión para hacerlo el blanco de sus burlas y chistes, éste no se daba por aludido y así marchaban más o menos las cosas en el trabajo.
Un día en que todos los peones guiaban una caravana de carretas transportando fardos de lana desde una estancia cercana al Estrecho de Magallanes hasta el pueblo de Río Gallegos, a Justino se le movió la carga con lo cual no le quedó otra que avisar y parar para ajustar los fardos. Todos se ofrecieron a ayudar, incluso Manuel, aunque en verdad no era necesario ya que Justino era un hombre grande y fuerte y podía levantar esos pesados atados de lana con gran facilidad, pero aceptó el ofrecimiento y todos se pusieron a trabajar.
Manuel comenzó bien pero no pudo con su genio, dio vueltas al asunto hasta que logró molestar a Justino quien se encabritó como nunca se lo había visto, sin darle tiempo a nada lo tomó del cuello y lo llevó hasta uno de los grandes fardos donde procedió a atarlo de frente al mismo por lo que quedó con su espalda y trasero descuidados, de un tirón le bajó las bombachas y con una cuerda le dio varios azotes. Manuel gritaba como un cerdo al que están por carnear, entre cada latigazo se tomaba su tiempo, como disfrutando la situación y de paso obligando al desdichado a esperar el próximo con total incertidumbre.
Cuando Justino creyó que ya había sido suficiente se acercó, lo desató, lo dio vuelta y le dijo totalmente calmado: “Usted necesita educación”.
Manuel estuvo varios días con el orgullo y las posaderas heridos pero aprendió la lección, no volvió a molestar más a Justino a quien desde entonces trató con la mayor deferencia y hasta le decía “maestro” cada vez que necesitaba algo de él.
Héctor Gugliermo
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