LA VIEJA CABAÑA por Irma Pulido (Capítulo 2)

in #spanish2 years ago


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Durante varios días continuó merodeando la vieja casa, intentando ver a Sofía, pero nunca más la vio, ni se supo de ella, ni del viejo.

Muchos en el pueblo penaron que se habían mudado a otro lugar, más Sebastián sabía que no había ido así, pues a través de la ventana pudo ver en una ocasión que todos los enseres de ellos continuaban allí.
Así, por mucho tiempo siguieron los comentarios respecto a la desaparición de la bella joven y su extraño padre. Desde entonces, hasta ahora, la cabaña permaneció deshabitada y nadie se atrevía a pasar cerca del lugar a que aseguraban los pueblerinos que se oían ruidos extraños y gritos escalofriantes de mujer.

Transcurrieron los años y en la vieja cabaña más nunca se vio señales de vida. Sólo los ruidos y gritos de mujer que solían decir algunos pueblerinos.
Iván continuó recordando: Sin embargo, en ese entonces, de niño, llegué a entrar con mis amigos Yhonatan y Lisa, jugábamos y nos divertíamos y nunca vimos ni sentimos nada extraño, pasábamos gran parte del día dentro de la cabaña. Una paz era lo que se sentía. En una oportunidad se nos hizo de noche. No podíamos salir a causa de una gran tormenta que no cesaba y no nos quedó otra que quedarnos a pasar la noche allí, nada ni nadie nos perturbó el sueño. Todo demasiado tranquilo. A la mañana siguiente nos despertó el trinar de pajaritos y fue una razón más para no creer en esas cosas que decían en el pueblo.
Esa mañana salimos de la cabaña muy temprano pensando que nuestros padres estarían preocupados por haber pasado gran parte del día y toda la noche fuera de la casa. Al llegar a un claro vimos a nuestros padres junto a otras personas. Nos estaban buscando, al vernos nos abrazaron y quisieron saber dónde habíamos pasado la noche. Les dijimos la verdad. Ellos no querían creerlo y nos prohibieron acercarnos más a ese lugar. Sin embargo, no obedecimos y continuamos yendo a la vieja cabaña, pero con prudencia para que ellos no se enojaran. Así estuvimos por mucho tiempo, hasta que crecimos y cada uno de nosotros tomó su propio camino.

Yo, en particular, tuve qué dejar el pueblo para irme a la ciudad a realizar mis estudios de Arquitectura. Recuerdo que cada vez que tenía vacaciones me venía al pueblo visitaba esa vieja cabaña. En muchas ocasiones me llevaba mis libros y estudiaba tranquilo allí sin interrupción alguna y se convirtió en costumbre el realizar mis trabajos en la soledad de la cabaña, quizá era por la paz que allí encontraba.

En realidad, nunca supe con certeza por qué iba a hacer mis trabajos allí, era como si alguien me llamara a se lugar, pero lo que si sabía era que me sentía bien allí.
Ya finalizando mis estudios de Arquitectura, trabajaba afanosamente en mi tesis de grado. Durante ese tiempo decidí quedarme en el pueblo y no regresar por ahora a la ciudad, pero cosa más curiosa que cada vez llevaba mis implementos de trabajo a la vieja cabaña y los dejaba allí como si fuera mi casa. También llevaba algo para comer y beber y permanecí allí sin contratiempo alguno.

Todo marchaba bien hasta que un día, concentrado con mis planos, no me di cuenta del tiempo transcurrido: el sonido de la lluvia me llevó a asomarme por una de las pequeñas ventanas que tenía la vieja casa dándome cuenta que era de noche y no se distinguía el camino.

Se escuchaban trueno con fuerza y los relámpagos iluminaban de manera tenebrosa y amenazante. Sentía un poco de temor y no sabía qué hacer, so regresar a casa o permanecer allí.
La lluvia se intensificó y no tuve más remedio que pensar en la posibilidad de quedarme a menos que escampara. Pero no fue aí: No escampó en toda la noche y no me quedó otra que pernoctar en la vieja cabaña. Por suerte tenía suficientes provisiones. Como iba con frecuencia procuraba que no me faltara nada. Siempre trataba de mantener la casa habitable ya que la tenía como mi refugio favorito.

Sentí frío y hambre, fui a la cocina a prepararme algo caliente pero antes me cercioré de tanto la puerta como la ventana estuvieran bien cerradas. Preparé un termo de café y me senté en el viejo sillón a comerme unas galletas acompañándolas con el café. Poco a poco fue entrando en calor mi cuerpo. No tenía nada de sueño y en vista de que tenía qué quedarme, me pareció mejor continuar con mi trabajo que irme a la cama siendo temprano aún.
Tomé la lámpara de querosene que había encendido y la coloqué sobre la mesa donde tenía mis planos. Olvidándome de la lluvia me senté a trabajar. A lo lejos se podían escuchar los aullidos de los lobos, que junto a la tormenta, hacían de la noche algo espeluznante, pero aún así no sentía miedo.

Pasaron las horas y seguí trabajando: Estaba tan concentrado con mi trabajo que los ruidos del exterior no me perturbaban.

Me pareció oír unos toques en la puerta. Me sobresalté pero luego pensé que eran ideas mías y no presté mucha atención. Los toques en la puerta volvieron escucharse una y otra vez. Era la medianoche y me pregunté “¿Quién podrá ser a estas horas?” Solo a un desquiciado s le ocurriría salir en una noche como esta. Me acerqué con recelo a la ventana sigilosamente y abrí una de sus hojas, asomándome por la rejilla, pero no pude ver nada, estaba muy oscuro.
En ese momento se escucharon de nuevo los toques en la puerta al mismo tiempo que un relámpago alumbró todo y pude ver la silueta de una persona con impermeable negro y sombrero. Vacilé un poco y pregunté

  • ¿Quién anda ahí?

Me aproximé a la puerta y pregunté de nuevo

  • ¿Quién es y qué desea a estas horas de la noche y con ese tiempo tan lluvioso?

La persona al fin respondió con voz muy apagada:

  • Gente de paz. Deseo me permita entrar a esta humilde morada.

Abrí la puerta con algo de desconfianza. Era un hombre. Estaba de pie, con la cabeza baja. Mi mente solo indicaba que era hombre. No podía pensar nada más que eso. Lo raro era que no se dejaba ver la cara. El alto cuello del impermeable y su sombrero se lo impedían.

  • Adelante. –Le indiqué al extraño visitante.

  • Agradezco su hospitalidad. Dijo el hombre al entrar sin levantar el rostro.

Le ofrecí algo caliente tratando de ser amable.

  • ¿Desea tomarse un poco de café caliente?

El extraño me contestó con una voz rara y fría.

  • No tomo ni como nada.

En ningún momento logré verle la cara. Me daba la impresión de que no tuviera.

“Qué tontería estoy pensando“- me dije –.

Continué detallándolo. Noté que traía un saco, el cual no dejaba traslucir su contenido. Yo tampoco le iba a preguntar.


Esta historia continuará




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