Show us your talent contest | Ror y el Pistolero escrito por @niklaus22

in showusyourtalent •  3 months ago  (edited)
La energía no puede crearse ni destruirse…sólo transformarse.

La criatura miró a Lucian con sus cuencas vacías. Las llamas amarillas que flotaban en cada una parecieron dar un chispazo. Sus labios se retrajeron, dejando ver encías rojas y ensangrentados dientes serrados.

El pistolero mantuvo el contacto visual. Sus manos se aferraron fuertemente a la cuerda que mantenía la pata derecha de la criatura amarrada. Esta jalaba con fuerza, tensando la cuerda. Lucian no cedió ni un poco, poniendo toda su fuerza en mantener a la bestia sometida.

La noche era fría. La luna brillaba con intensidad, su luz parecía concentrarse en ellos. El pistolero sabía que lo observaban. Por un momento solo se escuchó al viento haciendo crujir las ramas de los árboles a su alrededor. La tierra se levantaba, formando una nube de partículas que bailaban en la noche.

El animal estaba agazapado, con sus garras incrustadas en la tierra. Gruñía de una forma antinatural. Las venas que cubrían su cuerpo lampiño se brotaron, hinchadas con su oscura sangre. Su piel pálida se hizo casi fantasmal con la luz plateada de la luna. Su aspecto era de un perro infernal.

Hombre y bestia cruzaron miradas, midiéndose mutuamente, esperando el siguiente movimiento del otro. El hombre sabía que tenía la ventaja, pero no podía confiarse, la bestia era capaz de matarlo. Su sombrero parecía pesar una tonelada sobre su cabeza.

Pero él no iba a arruinarlo, no luego de todo el tiempo de planificación, ni de los recursos que ha tenido que usar a su favor. Ellos le dieron una oportunidad, y buscaría la forma de aprovecharla. Estaba solo a un paso, a un tiro de distancia de iniciar su último viaje.

La bestia perdió la paciencia, sus músculos se tensaron, se agazapó más, y finalmente se abalanzó hacia Lucian. El pistolero soltó la cuerda y llevó su mano izquierda a la cintura. Su mano se cerró sobre el revólver, lo desenfundó y apuntó.

Se jaló el gatillo y el sonido de un disparo hizo eco en la oscuridad.

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Lucian abrió los ojos de golpe al escuchar lo que pareció un disparo. Al instante se llevó la mano al cinturón. Su corazón se aceleró tanto que podría haberlo visto saltar. Solo cuando estuvo realmente consciente de donde estaba, y lo que hacía antes de haber cerrado los ojos, fue cuando retiró la mano del revólver, se levantó de un salto. A su derecha, el caballo, amarrado a una rama baja, se removía de manera nerviosa.

Se acercó a la fogata que tenía frente a él, las llamas ardían con intensidad, emanando calor que calentaba la piel del pistolero, a pesar de la fría mañana. Un recipiente metálico y abollado, ennegrecido de hollín, colgaba de un palo horizontal a unos diez centímetros del suelo. Las llamas calentaban algo en el recipiente, de color rojo casi negro, que burbujeaba, su olor era increíblemente fuerte.

Al acercarse y observar, el pistolero se vio sorprendido cuando una burbuja del líquido se formó y estalló, emitiendo una explosión pequeña. Gotas de líquido hirviendo se esparcieron en todas las direcciones. Lucian gruñó de dolor cuando una de esas gotas le cayó en la frente. Se dio cuenta de lo que estaba pasando. Rápidamente agarró el recipiente por el aza y lo apartó de las llamas.

Lo colocó en el suelo y lo volteó. El líquido se esparció por la tierra, soltando humo y envenenando el suelo árido. Unas piedras extrañas se dejaron ver, bañadas en el líquido y tenían forma de… balas. Una por una las fue agarrando con un trapo, para colocarlas en otro. Se encontraban sumamente calientes, ya disponían de la esencia suficiente.

Volvió a recostarse en la roca donde estaba durmiendo. Observó detalladamente las balas, encontró fragmentos entre ellas. Por fin pudo caer en cuenta de lo que había pasado. Dos de las balas estallaron debido al calor, la primera lo despertó y la segunda lo salpicó del líquido.

Cuidadosamente separó las doce balas y las dejó secar al sol. Lucian se acomodó en la roca, disfrutando la sombra que el árbol le daba. Este era el último paso, solo quedaba una cosa por hacer.

Su mano se movió automáticamente a su chaleco de piel, de un bolsillo interno sacó un trozo de papel amarillento y arrugado. Estaba doblado a la mitad. Con el pulgar lo abrió y bajó la mirada. Era una nota, escrita hace mucho tiempo con, la tinta negra estaba algo corrida, pero para el pistolero, el mensaje aún era claro:

“Te estaré esperando en el punto más alto de la colina, desde donde podemos ver todo el pueblo.”

Deslizó el pulgar sobre el papel con delicadeza, como si fuera la piel de ella. Un sentimiento de soledad lo invadió, sintió frío, una nube de emociones se apoderó de sus pensamientos. Recuerdos de una vida que ya no sentía como suya se proyectaron en su mente. Una casa de madera a la rivera de un río, rodeada de árboles. Ella en la orilla del arroyo, lavando sus ropas sucias. Su sonrisa cálida cada vez que él se acercaba. Una vista del pueblo desde una colina, con el cielo estrellado sobre ellos. Una masacre, sangre por todos lados. Un rugido gutural. La oscuridad matando. Un disparo. Un último grito de terror. Muerte. Pérdida.

A estos recuerdos le siguieron ira y odio. Un deseo casi antinatural de matar.

Veinte minutos después, las balas se secaron. El líquido parecía una pasta negra que las envolvía. Lucian retiró el exceso, al tacto se sentía grumosa y fría. Luego de terminar, las balas quedaron pintadas de negro. Sacó su revólver y removió las cinco balas que allí tenía. Agarró una de las pintadas y cargó el arma con ella. Puso el cargador en su lugar y le dio vueltas, produciendo un sonido mecánico. Entonces, apuntó a un árbol que estaba a unos cinco metros y disparó. El eco del disparo sobresaltó un poco a su caballo.

La bala generó un agujero en la madera, pero solo eso. El auténtico daño sería provocado solo a algo específico.

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Pasada la media noche, el pueblo dormía plácidamente. Solo unas pocas velas brillaban a fuera de alguna que otra edificación. Los únicos signos de vida los daba la taberna, donde dos borrachos reían escandalosamente, pero nadie se atrevía a decirles nada. Ambos sostenían una pistola cada uno. Dos veces ya se les había escapado un disparo.

A unos cinco kilómetros al sur, en una granja abandonada hace años, el pistolero salió de un granero. La noche era silenciosa y la visibilidad escasa, apenas podía escucharse el canto de los grillos. Era casi como si todos los seres vivos hubieran dejado la zona.

Su vista recorrió todo el lugar. El pistolero casi pudo sentirse como el único ser en el lugar…casi.

Caminó, con la mano sobre su arma. Las escuelas de sus botas de cuero hacían un ligero ruido. Y, luego de varios minutos caminando por la granja, lo sintió. El arma se volvió helada al tacto, su primer reflejo fue apartar la mano, pero lo resistió y aferró la mano al arma.

Las nubes que cubrieron la luna se movieron, y todo el lugar quedó bañado en su luz. La visibilidad de Lucian mejoró, lo suficiente para detectar movimiento por el rabillo del ojo derecho, dentro de una estructura de madera vieja.

Por mero instinto, el pistolero dio un salto hacia atrás, en el mismo instante, una gran masa negra pasó frente a él. Escuchó el chasquido de unos dientes cerrándose. La gran sombra aterrizó pesadamente y se deslizó a varios metros de Lucian. Bajo la luz de la luna se pudo apreciar a la criatura.

Un lobo, tan grande como un gran oso pardo. Sus grandes patas se hundieron en la tierra, el animal miró al hombre con sus intensos ojos rojos, Lucian casi podía sentir su alma quemándose al mirarlo directamente. Gruñó de una forma gutural y escalofriante, mostrando sus grandes colmillos que goteaban sangre. El pelaje de la criatura no solo era negro, sino que parecía absorber toda luz a su alrededor, lo que hacía ver al lobo como una gran sombra viviente, con ojos tan rojos como la sangre y colmillos capaces de partir a un hombre a la mitad.

Cada fibra de cada músculo del cuerpo de Lucian se tensó, sus manos se posicionaron a cada lado de la cadera, listas para desenfundar los dos revólveres (se acomodó el segundo antes del anochecer). La ira que este momento recorría el cuerpo del pistolero era más que su miedo, quemaba toda emoción, dejando solo ira en su estado más puro…pero no se dejó llevar por ella, debía ser inteligente.

Después de tantos meses, la caza había llegado a su confrontación. Por muchas noches el nombre de la criatura se grabó en sus sueños al rojo vivo: Ror. Un nombre que erizaba los vellos de la nuca al decirlo en voz alta.

Ror conocía las intenciones del pistolero. Sabía porque estaba aquí, sabía porqué lo estuvo siguiendo por tanto tiempo. Ror estaba esperando esto, porque en todos sus años, ningún humano le había demostrado tanta determinación. Conocía al pistolero, él estuvo en los últimos pensamientos de ella. Recordó el sabor de su sangre y comenzó a babear, muchas fueron sus víctimas aquella noche, pero nada pudo compararse con la sangre de una virgen.

Y lo más importante de todo, Ror sabía que ellos lo guiaron hasta aquí. Así como sabía que la luna los observaba, los olía a ellos en la ropa de Lucian.

El pistolero desenfundó sus revólveres, apuntó y jaló los gatillos. El eco de los disparos precedió al gruñido de dolor de Ror.

Para cuando Ror percibió el olor en la bala, fue demasiado tarde, el proyectil ya estaba entrado en su omóplato, el otro impactó en su abdomen, pero el dolor fue insignificante. El metal en la primera bala ardía como el ácido. Ror saltó torpemente sobre el techo de un granero, miró a Lucian con ojos asesinos y gruñó más. Se sintió frustrado por haberse confiado tanto.

Lucían observó con mucha satisfacción como la bala, bañada en la sangre de la criatura que cazó anoche, hacía daño en el cuerpo de Ror. De la herida de la bala, no manaba sangre, sino una estela de sombras.

El pistolero volvió a apuntar con el revólver izquierdo, pero antes de jalar del gatillo Ror saltó del techo y aterrizó en los matorrales. Lucian apuntó a todas direcciones, girándose. Intentando cubrir todos los ángulos posibles. A su alrededor escuchaba sonidos en todos lados. La madera de las estructuras crujió, las ramas de los matorrales se partían. Ror estaba en todos lados y en ninguno a la vez, fusionándose con la oscuridad de la noche.

Silencio.

La luz de la luna se concentró en un solo punto, iluminando la entrada de la estructura de dónde salió el lobo. Lucian apuntó con ambas armas…y casi las dejó caer en el suelo. Del umbral de la puerta se asomó la figura esbelta de Anabella. Su cabello negro brilló con la luz plateada de la luna, su rostro redondeado, con rasgos finos y labios gruesos, dibujaron una sonrisa radiante. Los ojos cafés brillaron con intensidad. Vestía un poncho verde, pantalones caqui y botas de cuero. Un sombrero recortado descansaba sobre su cabeza.

Así es como Lucian la vio por última vez. Tan hermosa como un cielo estrellado. Sus manos temblaron. Nuevamente recordó la casa, el río, a Anabella de espaldas lavando ropa.

Se sintió cautivado por la imagen de su prometida, y al mismo tiempo, sintió miedo. Un escalofrío recorrió toda su espina dorsal. Cuando los ojos de Anabella se tornaron rojos como la sangre, su sistema nervioso pareció congelarse. Los labios de la mujer se estiraron en una sonrisa antinatural, mostrando colmillos como agujas cubiertos de sangre.

La mano de la criatura se dejó ver fuera del poncho, sosteniendo un revólver y apuntándolo hacia el pecho de Lucian. El pistolero sentía que sus piernas no respondieron a su voluntad, sintió que su alma era devorada por esos ojos rojos. En ese momento, sintió que la luz de la luna se tornó más cálida, y tan intensa como si del sol se tratará. Este calor fue estimulante, y le dio la fracción de segundo que necesitaba para moverse cuando el revólver se Ror se disparó.

El pistolero apuntó con su revólver izquierdo y disparó dos veces mientras corrió hacia un grueso poste de madera. Las balas fallaron porque Ror/Anabella también se movió. Lucian llevó la cuenta, solo le quedaban siete balas para matarlo. Mientras vio a la criatura esconderse detrás de un barril pudo mirar claramente una herida circular en el omóplato que seguía despidiendo una estela de sombras.

Lucian asomó la cabeza nuevamente y volvió a esconderla cuando el revólver de Ror envió una bala que impactó en la madera del poste, a la altura del ojo.

El pistolero evaluó la situación rápidamente. Como sus balas podían dañarlo, Ror iba a guardar distancia, no podía dejar que se acercara lo suficiente. Contaba con que esa cosa no tuviera mucha experiencia usando armas de fuego, mientras que él era un maestro en ello. Ror tampoco sabía cuántas balas tenía exactamente.

Salió de su cobertura y se precipitó hacia una cerca hecha con tablones. Disparó con el revólver derecho. Ror también disparó desde su cobertura. Ninguno avanzó.

Así estuvieron por varios minutos. De repente, una estela de sombras emergió del suelo sobre Lucian. Antes de que pudiera disparar al suelo una fuerza lo lanzó por los aires. Una figura negra cubrió la luna y descendió en picada. Una gran garra se cerró sobre la muñeca izquierda del pistolero, inmovilizando su brazo.

Un enorme cuervo, casi del tamaño de una persona, extendió sus alas de gigantesca envergadura y graznó de una forma horrible. Tenía los mismos ojos rojos, y un plumaje negro. Algunas partes de su cuerpo estaban peladas, lo que le daba un aspecto sarnoso. En ese momento, Lucian se sintió estúpido por intentar comprender el pensamiento de una entidad sin ninguna emoción humana en ella.

Sin poder usar el revólver con balas especiales Lucian estaba indefenso. El pico de la criatura descendió como una aguja, se clavó en la carne suave de la garganta, y arrancó un tajo. La sangre manó del cuello de Lucian.

Pero este no perdió la calma, el dolor no lo distrajo, ni el miedo a morir eliminó su determinación. Desde que emprendió esta misión sabía que podía costarle la vida. Estaba consciente de que la muerte iba a estar un paso atrás, listo para alcanzarlo. Con su mano derecha libre, apuntó a la cabeza de Ror y disparó dos veces. La cabeza de cuervo se deformó, y en seguida empezó a manar un líquido negro. La garra se abrió y su brazo izquierdo era libre de moverse.

El pico, ahora torcido, volvió a descender, al mismo tiempo Lucian alzó la mano izquierda y apuntó. Al momento en el que el pico de Ror volvió a hundirse en el cuello del pistolero, una bala del revólver salió del cañón, entrando directo en su pecho. El monstruoso cuervo graznó de una forma tan horrible, que su alarido se escuchó a kilómetros, todos aquellos que lo escucharon, hombres y animales, no durmieron más aquella noche. Batió las alas desesperadamente y se elevó unos pocos metros, solo para desplomarse en el suelo, a dos metros del cuerpo de Lucian.

El pistolero estaba ahogándose en su propia sangre, con un hoyo de tres centímetros de diámetro en su garganta, la sangre salió a chorros por la herida, la boca y la nariz. Sus últimos pensamientos eran sobre Anabella, ahora su cuerpo podía descansar, y esperaba ver a su prometida una vez más.

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Las Fuerzas Cósmicas siempre buscan el balance. Se mueven al ritmo del tiempo y el espacio. Cuando hay un desequilibro, estas colisionan, y las energías liberadas crean un contrapeso, siempre con el mismo objetivo, mantener el balance. Hace eones, cuando la Oscuridad dio a luz en aquel abismo…el Cosmos retumbó.

Esa noche, las Fuerzas se movieron nuevamente. Por medio de la luna observaron a un mortal y al hijo de la Oscuridad. Por primera vez, en miles de años, una gran cantidad de energía fue liberada a lo largo del Cosmos.

Un contrapeso se creó al unir la fuerza vital de dos seres, uno mortal, y otro hecho de energía pura. El balance debía mantenerse. Ror aún tenía vida, mientras el mortal ya se estaba quedando sin ella. El Universo se aseguraría de mantener prisionero al hijo de la Oscuridad. Ror fue condenado a vagar la Tierra eternamente, sirviendo como ancla.

Cuando Lucian abrió los ojos nuevamente en la mañana, sin un rasguño encima, lo primero que escuchó fueron los graznidos de un cuervo, sobrevolando sobre él.

El eterno viaje por el desierto dio inicio.


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Que grato ver tu participación en este concurso :) muchas gracias por participar. Una de las recomendaciones que había dado en el post de apertura es utilizar herramientas como google doc online para detectar algunos errores ortográficos que siempre se nos escapa y más cuando se trata de un texto extenso.

Muchos éxitos :)

Viejo, gracias por esa observación. Acabo de corregir esos errores con la herramientas... Los cuales sinceramente se me pasaron por algo antes de publicar.