¿Es necesaria la corrección política en el cine? (pequeño ensayo)

in #ocd4 years ago

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Las redes sociales pasan a convertirse en espacios de debates para muchas personas todos los días. A algunas les funciona como manera de reforzar sus propios argumentos y prejuicios en tanto reciban aprobación de los demás; es como entrar a una habitación, hacer ruido y disfrutar del eco. En la cultura de masas es ya un imperativo categórico hablar de «inclusión» y de «lenguajes y actos "no ofensivos"». Y ciertamente, el arte recibe ataques constantes de estas sectas de lo políticamente correcto que, como Ned Flanders luego de quedar viudo y de que su personaje se convirtiera en una parodia de sí mismo, se ocupan de revisar material de contenido de cualquier índole que nunca han consumido para encontrar lo que ellos denominan como «problemas», casi anatemas que algún alma del pasado plasmó en algún libro, o película que desde la óptica del hombre posmoderno, perdido de cualquier identidad, juzga desde el presentismo, y tiene la desfachatez de acusar al pasado de siempre anacrónico, machista, obtusos, homofóbico, casi como si el pasado de la humanidad fuera un error para lo que está presto lo políticamente la censura y lo políticamente correcto para «corregir la historia».

Se entiende en el contexto del cine como políticamente correcto a: «seguir las órdenes de un grupo de poder», es decir, a una agenda política que debe imponerse, en este caso a los cánones estéticos, de producción y hasta de valoración del cine que está siendo creado ahora mismo.

Cuando se debate de si el cine debe ser políticamente correcto o no, se está hablando de que este medio, y también todo el arte sea hegemónico o no, ha de obedecer y de responder a una ideología o alguna agenda. Por supuesto que la meta del cine hegemónico es vender, ese es el espectáculo y ese es el fin al que monopolios culturales como Disney apuntan durante todo el año en que dominan na cartelera con diferentes películas con cualquiera de los miles de rostros de la rata. El problema de esto es su «corrección política», manto que cubre a las grandes películas de cualquier productora rival y que se traduce, nuevamente, como inclusión de minorías raciales y sexuales. Por esta razón es que vemos cómo las películas se publicitan subliminalmente con «contiene un personaje minoritario u homosexual»,
y siendo en el caso de la comunidad LGBT, estos personajes no son más que un fondo de extras que no llegamos a conocer pero que hacen algo gay como besarse en un frame preciso para que así la censura china y rusa puedan cortarlo, y al final Disney no se pierda de una enorme tajada de ingresos en ambos mercados como en el caso de la última película de las secuelas de Star Wars.

Se le exigen a directores de cine que tengan comportamientos intachables, sino las hordas de internet vendrán a quemar sus casas; lo mismo se le pide a escritores y a retratistas, por supuesto. Eso significa que se le exige al artista que tenga alguna adscripción ética y política con su arte y a la vez una deuda con la sociedad.

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Oscar Wilde, en la introducción a «El retrato de Dorian Gray» decía: « La vida moral del hombre forma parte de los temas del artista, pero la moralidad del arte consiste en hacer un uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Incluso las cosas que son verdad se pueden probar. El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo». Esta necesidad del público porque los directores y demás
caras importantes dentro de un film tengan un historial pulcro, llevó al propio director de «Guardianes de la galaxia», James Gunn, una de las pocas películas de Marvel que se pueden disfrutar, a recibir las hordas de los Social Justice Warriors que exigían una especie de justicia o nepente, más el arrepentimiento de Gunn de sus pecados por haber hecho chistes obscuros y humor negro sobre bebés a través de Twitter, años antes de involucrarse en el Universo
Cinematográfico de Marvel (MCU). Sin duda no fue más que la movida de un sujeto que buscando «palabras claves» más el usuario de James Gunn en Twitter dio con esos viejos tuits (escritos entre 2008 y 2009) los cuales sirvieron como combustible para todos los justicieros de internet en ese momento. Por supuesto, tal movida le costó en ese
momento a James Gunn su trabajo como el director de «Guardianes de la galaxia» en el año 2018, ya que Disney debe cuidar la pulcritud de su imagen family friendly. Si Disney le cierra a alguien las puertas del mundo del entretenimiento y el arte, gracias al monopolio que son, le estarán cerrando el 49 % de la industrial la cual está en manos de la rata Mickey, que no es para nada diferente a su parodia en South Park, show de televisión que todavía no es nuestro.

Si hay que ser inquisitivos con los artistas debería ser con aquellos que se hacen llamar precisamente «artistas» y no son más que productos del marketing, o mejor aún: personas con talento. Sea como sea, lloriquear porque el artista es un cabrón desgraciado que hace sonrojar a Satanás (sea cuales sean sus culpas porque cualquiera puede caer en eso de «ser malo») es sólo lloriqueo infantil e insulso. Para interactuar con el arte se precisa de una mirada sensible, apartada de la idea de «sensibilismo»; preparada para apreciar los detalles, los símbolos, la calidad de la composición de los planos, el subtexto y un buen etcétera.

Después de todo la humanidad ha conocido a varios «monstruos genios» como el Marqués de Sade, un hijo del racionalismo más puro y por ello más ominoso; ya en «El arte de la guerra» se nos daba un gentil aviso: «cuando se admita que la vida humana pueda ser guiada por la razón, toda posibilidad de tener una vida será aniquilada». Por su parte, el Conde de Lautremont en «Los cantos de Maldoror», a través del horror más profundo, de los vicios, del pecado y de la podredumbre logra enfrentar a Dios, algo que a su vez inspiraría más adelante a artistas como a Andre Bretón. Con esto quiero decir, al menos en los tiempos contemporáneos en occidente, una necesidad de regular ni de controlar al arte para convertirlo en sí o sí en una forma de reivindicar a las clases más bajas, fuera de la justicia social y de reivindicaciones constantes a las que la izquierda ha pretendido reducir los medios artísticos. « Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura».

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No se le puede pedir ninguna utilidad al arte. El comunismo soviético comenzó a hacerlo, y para ello empleó la censura y la modificación de obras de teatro para complacer a los ideales del partido. En el caso de otro enorme país comunista: China; la suerte de su cultura también se vio atacada por los ideales maoístas que necesitaban que esta se amoldara a la ideología y a los intereses del partido y del líder, sin importar cuánto hubiera que reescribir y por lo tanto cambiar, o
alterar del pasado de China para controlar el presente de los ciudadanos como sucede en la «Oceanía» de «1984» de George Orwell. A todas estas, ¿cuánto de la cultura china que creemos conocer, no es una modificación del gobierno de Mao? Sí, es cierto que el cine occidental penetra tanto en Rusia como también en China, pero deben adaptarse a sus filtros, o corren el riesgo de quedar censuradas, o de lleno no poder ingresar al mercado de alguno de estos países. En
ninguno de los dos es bien vista la homosexualidad; para el gigante asiático, la religión e incluso los viajes en el tiempo atentan contra los intereses políticos. Los grandes filmes de Hollywood se están produciendo teniendo esto en cuenta. Por otra parte, China también produce su cine pero copiando descaradamente al cine de Hollywood.

Pero el arte no es sólo entretenimiento ni espectáculo, también es sublimación, épica, pasión; movimientos culturales. Debemos entender que las expresiones artísticas de una era son las expresiones de los anhelos y deseos subconscientes de un país; sin embargo, en la cultura globalizada, estos deseos y anhelos de un país culturalmente más
poderoso envuelven a los más pequeños y débiles, otorgándoles los suyos a estos, pero también les hereda sus propios vicios. Tal vez sea por esta razón que las superproducciones de películas de Superhéroes son grandes éxitos, allende a que ha sido después del «Spiderman» de Sam Raimi, y el «Batman» de Nolan que se llegaron a primero, entender
por fin cómo trasladar un cómic a la gran pantalla, y con Batman en segundo lugar a llegar al pico más alto de calidad narrativa con un personaje de cómic, lo que conforma al MCU, es decir, los superhéroes y el tan trillado «viaje del héroe» que parece no haberse renovado desde «Star Wars», estos héroes de la pantalla no sean más que el anhelo de una sociedad posmoderna llena de ciudadanos que no consiguen un lugar en el mundo y que sólo piden a gritos ser salvados por un poder mucho mayor. Ahora bien, en el caso de «Joker»—que no puede ni debería definirse como películas de superhéroes— Hollywood ha logrado hacer un experimento para sacar películas más profundas y complejas bajo la seguridad que ofrece el marketing de un nombre conocido.

Si se entiende además como «políticamente correcto» a aquel cine que integre minorías de todo tipo en sus películas y que se encargue de «visibilizarlos»—qué palabra más ominosa—, entonces quienes se oponen a la opresión del mercado y a la hegemonía cultural de países más poderosos como Estados Unidos y su Hollywood caen en una profunda contradicción. La industria del espectáculo y el capitalismo pueden convertir hasta a la «más noble» lucha social, o «revolución» cultural en un producto en masas para el mercado. Como señala Mark Fisher en su libro Capitalist realism, el capitalismo es inmune a cualquier clase de crítica y a cualquier clase de ideología. Es como ponerse a pelear contra un agujero negro, en algún momento éste terminará absorbiéndote. Y es por eso que podemos ver cómo las grandes industrias al igual que los partidos de izquierda toman para sí a todos estos movimientos raciales y sexuales, al menos los de Estados Unidos y los terminan convirtiendo en materia prima; por supuesto, la industria siempre gana más que un partido de izquierda que sólo se dedica a escupir bilis como Podemos en España. El mercado puede sacar una edición de un libro muy querido y apreciado y cambiarle las letras «O» e «A» (si hablamos del castellano» y reemplazarlas por «E» porque así «será inclusivo»; así pueden venderte u obligarte a comprarle a tus hijos un libro que ya tienes pero que se le ha sido modificada una letra y que por lo tanto es puramente «bueno» como la neolengua de Orwell. Asimismo sucede con «La sirenita» de la tan mentada Disney. Ariel lleva siendo blanca y peliroja dos décadas, no sólo dentro del film sino también en las experiencias de musicales, parques de entretenimiento, merchandise, etcétera. Contratar a una actriz con un fenotipo africano sólo plantea dos cosas: primero, la más importante, la necesidad de la empresa por mantener los derechos de propiedad, y segundo, pretender vender reivindicación y una «sensación de gloria» racial en un producto que como todos los remakes de los clásicos animados será inferior. En el caso de Mulan terminaron escogiendo a una asiática, esto se debe a que la película original no fue recibida en China, y no quieren que esto vuelva a pasar. En películas como Coco se logra una simulación zalamera de lo que supone ser Mexicano.

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¿Realmente existe una felicidad al verse «simulado» (o reflejado) en un personaje de una película que fue hecha con la intención de hacer creer que esta misma representa a toda una raza o pueblo? ¿O solamente la gente de este mundo tan caótico y perdido de un significado mayor, y de vidas tan prosaicas necesitan que un poder superior les haga saber «tú, existes»? La anunciada muerte de Dios permitió que su imagen sea reemplazada por cualquier cosa.

En este 2020 cumple 100 años «El gabinete del doctor Caligari», la primera película de terror del expresionismo alemán, cine que después de la primera guerra mundial sólo fue acumulando más y más monstruos y panoramas de ciudades retorcidas, ennegrecidas y cada vez más ominosas como el resultado de una guerra. Se dice, en este ensayo sobre «De
Caligari a Hitler» que el cine alemán de aquel entonces, con todos son monstruos llenaba y mostraba el anhelo de los alemanes por la llegada de un líder poderoso y temible como vendría a ser Hitler.


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