Ciudad entrópica
Caracas es la capital del más vivo, del tracalero, del malintencionado que triunfa. Salir ganando a costa del bienestar de otros, en perjuicio del que le toque, es el premio que muchos persiguen. Gran parte de los integrantes de las últimas generaciones no conocen otra estrategia para sobrevivir, fue tal su crianza y es lo que ponen en práctica para desenvolverse en su entorno. Esta actitud se ha adentrado en todos los ámbitos, a diversas escalas, en mayor o menor grado, sin disculpa ni vergüenza.
Sabiendo que son estos los recodos que se viven, cada vez me extrañan menos las reacciones de mis conciudadanos ante una muestra de cortesía desinteresada. Los dos muchachos de aspecto peligroso que voltean a verme con agresividad cuando me dirijo a uno de ellos para indicarle que tiene el morral abierto, comparten conmigo unos segundos de muda sorpresa ante mi gesto. Noto en sus ojos que examinan la situación igual que yo buscando la razón de la amabilidad, cuál es el truco, por qué costado los van a atacar, cómo arremeter primero. Es un momento de indecisión efímero que se desvanece en desgarrones apenas predomina su (sin)sentido de supervivencia. Salen del paso con un gracias, mi amor dicho con toda maldad, que se me pega a los talones mientras prosigo mi camino, que me tuerce el gesto en una mueca de disgusto y que me hace sentir expuesta y con ganas de huir.
Ésta no es la realidad a la que quiero pertenecer. Es una atmósfera con la cual no siento conexión. Tan sólo diez minutos en contacto con la venezolanidad en metro me contagian un agotamiento que puede durar toda una semana, me hipersensibilizan la piel, el olfato, la mirada, me dejan la sensación de que no hay cómo escapar de la tristeza, el abatimiento, el dolor sordo que se percibe en esta sociedad raída, violenta y desidiosa.
Quisiera poder mostrarles los colores de algunas paredes, el arte de algunas calles, la luz que se cuela entre la naturaleza que comparte espacio con la urbanidad. Quisiera poder comunicarles una materialidad con la cual sí me identifique, de la manera más directa que hay: la fotografía. Esto no es posible, para mi pesar. No cuento con el instrumento para ello porque la viveza no perdona.
¿Cómo sobreponerse? Para mí todos los días son una decisión de mantener la firmeza y la visión, de no dejarme amilanar. Sé que no soy la única que se siente así pero son pocos los que tratan de hacer la diferencia de alguna manera. Sé que debe haber seres humanos que coincidan conmigo en que el más malandro no es el más apto, y que hagan un ejercicio de la ciudadanía consistente y consecuente. Así, me proyecto a mí misma en el futuro como parte de una cultura donde la bondad sea una fortaleza y no una debilidad, una cotidianidad que viva y deje vivir.
Excelente publicación, bendiciones para ti y tu familia.
¡Gracias! :)
Tu poder es tu bondad, recuerda. ¡Dios te bendice!
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