Odisea colposcópica
A mediados del año 2018, acudí al hospital público universitario en el que siempre procuro atenderme a hacerme una colposcopía y un papanicolau, dos estudios ginecológicos que toda mujer debe —o debería— realizarse con una periodicidad anual.
La médica residente de la que sería paciente solo por aquella vez, me solicitó permiso explícito para tomarme una muestra paralela que sería sometida a una prueba de VPH (Virus del Papiloma Humano) diseñada en el marco de un proyecto de investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) y que estaban testeando, a lo que accedí inmediatamente sin ningún reparo ya que me parece más que importante colaborar en la medida de lo que unx pueda en el desarrollo médico y científico, y más cuando este es auspiciado por una institución pública (que así debería ser siempre para evitar a toda costa la intromisión de intereses económicos —sobre todo privados— capaces de anular total o parcialmente cualquier pretensión de objetividad).
Antes de proceder al mencionado estudio, la doctora completó el cuestionario requerido en la investigación, utilizando para ello —como debe ser— las respuestas que yo le proporcionaba, lo cual se llevó a cabo con una normalidad esperable para tal asunto, hasta que llegó una pregunta que no me sentí capaz de contestar.
"Cantidad de parejas sexuales".
Me daba vergüenza, no porque sintiera vergüenza de mi vida sexual (para nada), sino porque sé de sobra —y en carne propia— cuán juzgadas somos las mujeres en este rubro, y preveía que cualquier número que lanzara (si bien ya había perdido la cuenta hacía rato, mas cierta idea tenía) no dejaría indiferente a la joven médica, no sería un dato más entre cientos y miles.
¿Y por qué habría de importarme eso a mí, si al fin y al cabo su reacción a ello sería problema exclusivo de ella?
Porque podría derivar en un maltrato, deliberado o sutil, de su parte hacia mí. Y yo soy la típica paciente que, si se siente maltratada aunque sea ínfimamente, no vuelve: ni a-l(a) profesional en cuestión, ni al centro de salud en el que tuvo lugar el incidente, ni a las manos de cualquier otrx representante de la especialidad.
Y ese rechazo radicalizado hacia la atención médica, que sin lugar a dudas atenta contra mi salud, se alimenta peligrosamente de la paja que me genera el levantarme temprano, tener que salir de mi casa, viajar en el transporte público para no llegar toda chivada y mal-olorosa y que sea un asco y un bajón para lxs doctorxs que me revisen, entrar en contacto con otras personas y —consecuentemente— con mi infinita intolerancia, etc... Lo que puede estirar indefinidamente mi aversión hacia la atención médica y prolongar mi auto-despojo de, lo que no es más que una negligente auto-complacencia que busca en los fundamentos aparentemente razonables (pero a duras penas... o no) de dicho repudio una base medianamente sólida y lógica para sostener a largo plazo aquel subproducto de la holgazanería y desactivar de raíz la proliferación de toda clase de culpa por quedarme durmiendo hasta tarde en lugar de controlar —y preservar— mi salud.
Así que cualquier situación que me hiciera ruido era capaz de: 1) poner en jaque todos los esfuerzos cotidianos (nimios para muchxs, pero enormes para mí) que venía haciendo para accionar en pos de mi bienestar físico, mental y espiritual, y 2) arrojarme otra vez al abandono. Había pues, en juego, muchísimo más de lo que cualquiera podría percibir.
—No sé —manifesté con pudor.
—¿Cómo no sabés? —replicó, y empezó a insistirme para que deslizara alguna cifra que pudiera dejar asentada en la hoja cuyos campos vacíos venía rellenando.
Tampoco quería mentir: soy malísima mintiendo, no me gusta ni me interesa hacerlo, no me parece correcto ni ético, y menos que menos si ello puede alterar de alguna manera los resultados arrojados por un trabajo de investigación con nobles propósitos.
Hice un silencioso recuento mental de mis cazadores y de mis presas, y me digné finalmente a revelar la cifra de dos dígitos que incluía las tres cuartas partes de la primera de tres, y "que sea lo que el universo disponga".
—¡¿Eh?! —soltó, escandalizada.
Permanecí callada, aguardando resignada que su incipiente hostilidad adquiriera mayores dimensiones; también tuve ganas de decirle "Y bueno, querida, si a vos no te cogió nadie, ¿yo qué culpa tengo?", pero sería contraproducente y no llevaría a ningún —y menos buen— puerto.
Pronto fui conducida a través del pasillo principal del servicio hacia una puerta detrás de la que se extendía brevemente otro corredor que finalizaba en una bifurcación que daba lugar a una T, como un DIU al abrir sus astas dentro del útero. La doctora encabezó la marcha hacia el extremo derecho, en cuyo final fui instada a quitarme toda la parte de abajo de la ropa, y recostarme sobre una camilla con el culo lo más cerca posible al límite inferior, y las piernas abiertas en un ángulo no mayor a cuarenta y cinco grados, con los pies apoyados sobre unos sostenes metálicos que sobresalían diagonalmente a ambos lados de los confines meridionales de aquel catre hospitalario.
Yuxtapuesta al cabezal, una pantalla plana enorme era encendida al tiempo que la médica anunciaba, con un dejo de emoción, que allí podría ver mi cuello uterino en tres dimensiones. "¿Qué tendrá de emocionante?" pensaba yo, y menos si tenía que andar estirando mi cuello al máximo para ello; pero mientras ella abría el envoltorio del espéculo para colocarme este último en —y así abrir— la vagina (cosa molesta e incluso dolorosa), yo recapacitaba sobre aquel cuestionamiento: para mí no sería emocionante, pero tal vez sí para alguien que quizá está esperando encontrar alguna anomalía o enfermedad con la que el universo me castigue por ser una mujer de "mala vida" y todas esas cosas típicas de católicxs y evangélicxs enfermxs de estupidez, y de gente nacida durante el siglo anterior.
Una cámara colocada al pie de la camilla, justo frente a mi entrepierna, filmaba e iluminaba el carnoso abismo que se abría al interior de la cavidad franqueada por las labios vaginales superiores o inferiores, y lo reproducía en la pantalla, en la que pude ver cómo un hisopo era introducido y embebido en la secreción por excelencia de aquella zona para luego ser retirado y confinado al interior de una especie de bolsa hermética encargada de mantener intacta la muestra hasta su análisis en laboratorio. El procedimiento fue repetido mientras oía una y otra vez el relato de las recientes vacaciones en las Islas Galápagos de una médica de avanzada edad deseosa de compartirlo —junto a las fotos que lo acreditaban y cuya explicación no mezquinaba— con todo aquel que se cruzara en el pasillo.
—¡A ver si dejan de masturbarse por los rincones y se ponen a trabajar! —irrumpió, en el recinto contiguo, una voz masculina indudablemente perteneciente a un señor mayor, y la médica probablemente contemporánea a este reanudó, por vez no-sé-cuánta, la narración de su viaje y la exhibición de las imágenes, por ella capturadas, de las tortugas.
Observé en la pantalla que en una de las paredes de mi cuello uterino había como una especie de lastimadura de un rojo mucho más intenso que el de la carne circundante, pero como la doctora —que enseguida desapareció, dejándome allí sola— no dijo nada al respecto, asumí que carecía de importancia.
Varios minutos que se hicieron eternos —en los que nuevamente fui testigo auditiva de posteriores ediciones orales de las vacaciones en Galápagos y de la muestra fotográfica de las tortugas— transcurrieron previamente a que la médica que me atendía regresara y sucediera lo que menos quería en aquel momento: que un viejo choto me viera la vagina.